Los ventanales, 1913
Coproducida por el CCCB y el Museo Ordrupgaard de Copenhague, la exposición confronta la obra del pintor Vilhem Hammershøi (1864-1916) y la del cineasta Carl Theodor Dreyer (1889-1968), en un diálogo entre pintura y cine que provoca intercambios de sentido que enriquecen la interpretación de ambos universos.Hammershøi y Dreyer son presentados como las figuras más emblemáticas de la cultura danesa contemporánea. Y sin embargo, más allá de su entorno cultural, Hammershøi no es un nombre especialmente frecuente en las historias que se han escrito del arte moderno. Y si esto es así es porque los centros hegemónicos y los esquemas canónicos han monopolizado una idea de modernidad y una cartografía que ha eclipsado otras experiencias de una particular riqueza. En este sentido, la pintura finisecular escandinava, entre el realismo y el simbolismo, sorprende por su calidad y Hammershøi es uno entre otros muchos pintores de una densa tradición. Los artistas escandinavos poseen una visión austera y límpida de las cosas. La suya es una pintura introvertida, contenida, de una acusada soledad… un arte del silencio.
Dreyer, aunque no es especialmente conocido por el gran público, es uno de los cineastas más considerados de la historia del cine y no requiere presentación. Películas como La pasión de Juana de Arco (1927) Ordet (1955) o Gertrud (1964) figuran siempre en los rankings de las mejores películas de la cinematografía universal. Su obra es de una gran belleza plástica y buena parte de ella aborda una problemática mística y religiosa, pero con una especial capacidad comunicativa.
Se ha afirmado que Hammershøi no tuvo sucesión en el ámbito de la pintura, porque el arte moderno derivaría por derroteros muy distintos. En cambio, su obra tendrá continuidad en Dreyer, que trasladará su universo al cine. Ahora bien, aunque no sea una problemática que podamos desarrollar aquí, me interesa señalar que no se trata de un caso aislado. En términos generales, la cultura figurativa que llega hasta el XIX, el dispositivo visual y narrativo elaborado por la pintura y el teatro, tiene su continuidad y evolución en el cine. Más aún, el cine significa su culminación. Esto implica que los esquemas perspectivos y ficcionales decimonónicos, lejos de quedar anquilosados -como cuestionaron ciertos sectores de la modernidad- demostraron su vitalidad y capacidad de adaptación en el lenguaje más vivo del siglo XX, el cine.
En Copenhague, donde se presentó primero, la exposición seguía un planteamiento tradicional y no por ello falto de interés: situados en paralelo, se buscaban similitudes entre los dos creadores. En Barcelona, la lectura se ha dejado más abierta en términos de sugerencias… El protagonista de la exposición no es ni Hammershøi -aunque de él se presentan 36 pinturas- ni Dreyer -del que se exhiben fragmentos de sus filmes al inicio de la muestra-, sino el montaje. Proyectado por el estudio de arquitectos RCR (Rafael Aranda, Carme Pigem y Ramón Vilalta), éste consiste en un pasillo laberíntico forrado de geotextil, una especie de gasa utilizada en la construcción que matiza la luz. Efectivamente, la intención era controlar y filtrar la iluminación y reproducir (metafóricamente) la luz de la pintura de Hammershøi y de los films de Dreyer. La filosofía del CCCB es la de una apuesta por la maquinaria escénica, independientemente del motivo u objeto exhibido, algo que a veces no se logra controlar del todo. En esta ocasión se trata de un montaje de una gran belleza, aunque posee efectos distorsionadores: no sé si la luz filtrada y los juegos lumínicos con los que se exhiben las obras son los que había previsto el artista, o si se trata de un añadido artificial… En todo caso, como montaje efímero, ofrece una perspectiva suplementaria que tal vez puede enriquecer la obra. Aún más, estas lecturas son posibles porque la pintura de Hammershøi es tan rica y compleja que las puede integrar.