Gianni Infantino, presidente de la FIFA, durante una rueda de prensa.

Gianni Infantino, presidente de la FIFA, durante una rueda de prensa. REUTERS

Fútbol

De vender el Mundial a la rendición de Zúrich: las 80 horas que acorralaron a la FIFA y dejan a Infantino en el abismo

La rebelión del fútbol europeo destruye la privatización del Mundial y despoja al presidente de la FIFA de su aura de invencibilidad.

Más información: Del cheque en blanco al chantaje del boicot: la trastienda de la rebelión que frenó a la FIFA de Infantino

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En la alta política del deporte global no hay peor condena que la pérdida del aura de invencibilidad. Durante una década, Gianni Infantino ha gobernado la FIFA con la estructura implacable de un monarca absoluto.

Apoyado en un rodillo electoral imbatible y en la constante promesa de multiplicar los ingresos de las federaciones humildes, el dirigente suizo ha parecido inmune a cualquier contrapeso.

Su modelo de gobernanza se ha basado en una premisa simple: la expansión comercial infinita como anestesia para amortiguar cualquier reparo ético o institucional.

Sin embargo, el intento de vender el 20% de la gestión comercial de la Copa del Mundo a través de la filial FIFA Forward Enterprise ha roto ese hechizo de forma definitiva. Lo que nació en los despachos de Zúrich como la mayor operación financiera de la historia del fútbol se ha transformado en un naufragio político sin precedentes.

El desenlace de esta crisis no representa un simple tropiezo burocrático ni una rectificación táctica sin consecuencias. Al verse forzado a retirar de forma humillante su proyecto estrella tras un ultimátum desesperado, Infantino ha cruzado el umbral que separa la hegemonía del declive.

Por primera vez en su mandato, el presidente ha quedado expuesto como un líder vulnerable, capaz de infravalorar a sus rivales y de sembrar el pánico entre los propios inversores de Wall Street a los que pretendía seducir.

Infantino y Ceferin posan juntos.

Infantino y Ceferin posan juntos. EFE

Aunque mantenga formalmente las llaves del despacho principal del organismo internacional, la profundidad de la herida política es de tal magnitud que situaría de inmediato cualquier liderazgo al borde del abismo.

El "infantinismo", entendido como un ejercicio del poder omnímodo y sin oposición visible, ha saltado por los aires en tan solo ochenta horas de vértigo institucional.

Cronología del naufragio

Para comprender la magnitud del desastre es necesario reconstruir la velocidad con la que se desmoronó un imperio que parecía inexpugnable. El martes por la tarde, la filtración en la prensa británica del acuerdo secreto con los fondos Thrive Capital y los asesores de JP Morgan destapó una maniobra diseñada a espaldas del mapa futbolístico.

La primera reacción de Zúrich fue la soberbia: acelerar el paso. Infantino envió una carta urgente prometiendo inyecciones inmediatas de más de 40 millones de dólares a cada una de las 211 federaciones a cambio de su voto afirmativo en un plazo de cincuenta días.

Con esa maniobra, la FIFA confiaba en comprar el silencio de la periferia para aplastar el veto de los gigantes.

Aquel cálculo, cimentado en la vieja política del estipendio, cometió el error garrafal de despreciar la capacidad de resistencia del fútbol europeo. En apenas 24 horas, la UEFA articuló un frente común de una dureza inédita.

El jueves, las 55 federaciones del continente activaron la amenaza de un boicot total a las competiciones organizadas por la FIFA si el plan privatizador no se congelaba de inmediato.

La réplica en cadena destruyó el plan de contención de Zúrich. La dimisión fulminante de Carlos Cordeiro, asesor estratega de Infantino, confirmó la existencia de incendios incontrolables en el propio entorno del presidente.

El colapso financiero corrió en paralelo al político. Al percibir que el conflicto amenazaba la participación de selecciones como España, Francia, Inglaterra o Alemania, los analistas de Wall Street comprendieron que el activo objeto de compra podía convertirse de la noche a la mañana en un torneo devaluado y pleiteado.

Acorralado por el riesgo de una desbandada de los mercados financieros y ante el temor a una votación que certificara su minoría, Infantino firmó el viernes por la noche la rendición oficial admitiendo que el proyecto "ha creado divisiones".

En el punto de mira

Las consecuencias de esta marcha atrás colocan a Infantino en una posición de fragilidad extrema.

La diplomacia del deporte no suele perdonar las muestras públicas de debilidad, y el presidente ha incurrido en la mayor falta posible en el ámbito institucional: plantear un envite de máximo nivel y verse obligado a recoger cable antes de llegar a las urnas.

El argumento de que el dirigente conserva el respaldo numérico de África, Asia u Oceanía pierde consistencia cuando se analiza el fondo de la cuestión.

Se puede gobernar la FIFA para la gestión cotidiana sin Europa, pero es absolutamente imposible transformar la estructura económica del fútbol mundial a espaldas del continente que concentra el negocio, la audiencia y las grandes estrellas del juego.

La crisis deja al descubierto fisuras estructurales que amenazan la continuidad del proyecto político de Infantino a largo plazo. La UEFA ha descubierto la fórmula exacta para maniatar al presidente, invalidando su capacidad de imponer grandes reformas mediante la sola fuerza de su mayoría parlamentaria.

Al mismo tiempo, confederaciones tradicionales como la Concacaf y la AFC han tomado nota de la improvisación con la que se gestionó una operación de 20.000 millones de dólares, sembrando dudas razonables sobre la solvencia del equipo directivo de Zúrich.

Infantino ha logrado evitar la caída inmediata retirando el proyecto a tiempo, pero el precio pagado ha sido devastador. Se ha disipado la confianza de los socios comerciales, se ha fracturado la cohesión interna del consejo directivo y se ha demostrado que la chequera del organismo tiene límites infranqueables ante la dignidad de las instituciones.

El presidente sigue habitando el trono de la FIFA, pero la pérdida irreversible de su autoridad moral y el estigma de la claudicación lo dejan caminando sobre un alambre extremadamente fino, con el abismo del descrédito abriéndose directamente bajo sus pies.