Rodri Hernández fuera de los terrenos de juego.

Rodri Hernández fuera de los terrenos de juego. EFE

Fútbol

La vida de Rodri (29) fuera del fútbol: sin redes sociales, un abuelo médico célebre en León y el patinete como transporte

El centrocampista del Manchester City, además de jugador, es licenciado en Administración y Dirección de Empresas.

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La vida de Rodri Hernández fuera del césped es, probablemente, una de las más atípicas que se pueden encontrar en una estrella del fútbol moderno. Mientras muchos compañeros de generación convierten su día a día en un escaparate permanente, él ha optado por desaparecer del ruido.

No tiene redes sociales, no comparte rutinas, ni vestuarios de lujo, ni vacaciones de postal. Lo que para otros es escaparate, para él es distracción.

Rodri ha explicado en más de una ocasión que la fama no le seduce y que prefiere que se hable de su juego antes que de su vida privada. Esa decisión, casi militante, de mantenerse al margen del circo digital encaja con un perfil que se define mejor por la palabra normalidad que por el concepto estrella.

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Esa normalidad tiene raíces familiares muy claras. Aunque nació en Madrid y se formó futbolísticamente entre el Atlético y el Villarreal, parte de la historia de Rodri se entiende mirando hacia León.

Allí, en La Bañeza, se ganó un nombre su abuelo paterno, Noé Hernández, médico muy querido en la zona. El propio futbolista ha reconocido la influencia de ese abuelo en su forma de ver la vida: servicio, discreción, prestigio ganado con trabajo silencioso y no a golpe de foco.

Rodri Hernández, con el título de la Carabao Cup

Rodri Hernández, con el título de la Carabao Cup EFE

Cuando Rodri celebra un título o un reconocimiento individual, en su entorno siempre aparece esa conexión con León y con una familia que le inculcó, casi antes que el amor al balón, la importancia de estudiar, formarse y mantener los pies en el suelo.

Ese mensaje cuajó. Mientras su carrera despegaba, Rodri se empeñó en acabar la universidad. Se licenció en Administración y Dirección de Empresas, compaginando entrenamientos, viajes y exámenes, con vuelos relámpago para presentarse a pruebas en la universidad cuando ya era jugador del Manchester City.

No era un gesto de cara a la galería, sino una especie de promesa íntima: demostrar que se puede ser élite sin renunciar a un futuro más allá del fútbol.

Esa mirada de economista se nota en su forma de expresarse y en cómo habla de contratos, inversiones o carrera deportiva: con una frialdad analítica que encaja más en un directivo que en un centrocampista.

En su vida cotidiana, Rodri ha ido construyendo un refugio hecho de rutinas sencillas, muy alejadas de los tópicos del futbolista millonario. Le gusta estar en casa, el sofá es uno de sus pequeños tesoros y su círculo íntimo es reducido.

Comparte vida con su pareja, Laura, médico en plena formación quirúrgica, con horarios y preocupaciones muy distintas a las del fútbol. Ese contraste -un Balón de Oro y una futura cirujana- refuerza la idea de una pareja que mira más allá del marcador del domingo.

En medio de esa vida aparentemente plana aparece un detalle que rompe el molde y da color al personaje: el patinete eléctrico. Le llegó como un regalo en el contexto de la Eurocopa y terminó convirtiéndose en su medio de transporte fetiche.

En entrevistas ha contado que lo usa para moverse con comodidad, sin llamar la atención, casi como si fuera un estudiante más que se desplaza a clase o al trabajo.

Fuera del fútbol, todo en Rodri apunta a un mismo lugar: la idea de que la carrera deportiva es solo una parte de su vida, no su única identidad.

Su formación universitaria, la influencia de un abuelo médico respetado en León, la elección de una pareja con vocación sanitaria y esa insistencia en moverse en patinete en lugar de exhibir superdeportivos dibujan a un futbolista que ha decidido ser, por encima de todo, una persona normal.

Y justo ahí, en esa normalidad tan poco habitual en la élite, está su verdadera singularidad.