Casas de sabina y barro en Calatañazor, en la provincia de Soria.
El pueblo medieval perfecto para recorrer a pie: 43 habitantes, Conjunto Histórico-Artístico y castillo del siglo XIV
Si buscas una escapada donde el tiempo parezca haberse detenido, este encantador rincón rural de la provincia de Soria es la respuesta.
Más información: El pueblo medieval mejor conservado: 1.052 habitantes, Conjunto Histórico-Artístico y una fiesta originaria del s. XIV
Existen lugares donde el reloj no es que se haya parado, es que nunca llegó a hacer falta. Encaramado en un espolón rocoso que domina el agreste valle del río Milanos se esconde Calatañazor, uno de los secretos medievales mejor guardados de la provincia de Soria y de toda la Península.
El censo actual no miente sobre la realidad de la "España vaciada": apenas 43 habitantes custodian de forma fija esta villa amurallada.
Sin embargo, su imponente fisonomía de piedra, barro y madera le valió ser declarada Conjunto Histórico-Artístico ya en el año 1962. Visitarla es, literalmente, protagonizar un viaje directo a la Edad Media.
Restos del Castillo de Calatañazor, en Soria, al atardecer.
Casas de adobe tradicional
Pasear por las calles empedradas de canto rodado de Calatañazor es descubrir una fisonomía urbana única.
A diferencia de otras fortalezas construidas puramente en piedra caliza, la arquitectura popular de esta villa destaca por su ingenioso uso de la sabina albar y el barro.
Las casas lucen entramados de madera entrelazados con mimbre o ramas, revestidos posteriormente con adobe tradicional (una mezcla de barro y paja).
Al levantar la vista hacia los tejados, el protagonismo se lo llevan sus espectaculares chimeneas cónicas, una seña de identidad de la comarca.
Cubiertas de teja, estas estructuras gigantescas no solo evacuaban el humo de las cocinas, sino que eran el núcleo del hogar: alrededor de su lumbre se hacía la vida familiar y se curaba la matanza durante los feroces inviernos castellanos.
Villa medieval de Calatañazor, en Soria.
Coronando el precipicio del pueblo se alzan las ruinas del Castillo de los Padilla, una fortaleza de los siglos XIV y XV que aún conserva su orgullosa Torre del Homenaje.
Desde sus muros se contempla la inmensidad del bautizado como "Valle de la Sangre".
Es ahí donde la leyenda data la célebre Batalla de Calatañazor (año 1002), el lugar exacto donde las tropas cristianas derrotaron por primera vez al temible caudillo musulmán, dejando para el refranero español el mítico dicho de "En Calatañazor perdió Almanzor el tambor".
Como recuerdo de su pasado árabe -el nombre del pueblo proviene de Qal`at an-Nusur o "Castillo de los Buitres"-, un busto del propio Almanzor decora hoy las calles de la localidad.
El recorrido cultural lo completa la iglesia de Nuestra Señora del Castillo, un templo que fusiona su fábrica románica original con un pequeño pero valioso museo de arte sacro.
Vista aérea del pintoresco pueblo medieval de Calatanazor, en Soria.
Tres tesoros naturales
Recorrer las empinadas cuestas de la villa abre el apetito, y la gastronomía local está diseñada para reconfortar el cuerpo con lo mejor del recetario soriano.
El rey indiscutible de las mesas de sus mesones es el Torrezno de Soria, crujiente, dorado y con su correspondiente marca de garantía.
Al estar rodeada de densos bosques, la localidad es también un templo para la micología de temporada, ofreciendo suculentos platos de Boletus edulis, níscalos y setas de cardo en otoño y primavera, bien escoltados por guisos de caza mayor (corzo, jabalí) y el clásico lechazo asado en horno de leña.
Pero el viaje no termina en sus murallas. Los alrededores de Calatañazor concentran tres monumentos naturales de valor ecológico incalculable.
Bosque de enebros en Calatañazor (Soria).
Un bosque, un cañón
Uno de ellos es el Sabinar de Calatañazor. Es uno de los bosques de sabinas albares más antiguos y densos del planeta, con ejemplares que superan los 14 metros de altura y los 2.000 años de edad.
Además, está la Fuentona de Muriel, un monumento natural donde nace el río Abión; un "ojo de agua" de aguas tan cristalinas que parecen irreales, consagrado como un punto de referencia mundial para el espeleobuceo por sus kilométricas galerías subterráneas.
Por último, el Cañón del río Milanos, un desfiladero calizo perfecto para el senderismo, bajo la atenta mirada de los buitres leonados que sobrevuelan las crestas.
Para los futuros visitantes, las reglas de supervivencia son sencillas: el coche se queda fuera, ya que el acceso al casco histórico está restringido para garantizar un turismo respetuoso.
Con un buen calzado cómodo para el suelo empedrado, el único requisito obligatorio es dejarse llevar por el silencio y disfrutar de la desconexión total.