Paco Llansola, socio fundador del proyecto, en Barrita.
El bar de Castellón con uno de los mejores aperitivos y una vitrina de pescado fresco, gildas y bikinis de pollo
Barrita es una oda al 'bar de toda la vida', una reivindicación de las barras y del ambiente que las acompaña.
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Barrita es el nuevo proyecto de los creadores de Barriga, inaugurado a finales de abril junto al Mercado Central, en Castellón de la Plana, para recuperar la cultura del bar de siempre sin convertirla en una caricatura gastronómica.
Han apostado por una fórmula a la que no le falta la barra, ruido, cerveza fría, producto fresco y una carta pensada para compartir sin ceremonias. El tipo de sitio al que uno entra “a tomar algo” y termina enlazando el aperitivo con la sobremesa.
Los responsables del proyecto lo resumen como una reivindicación del picoteo y de la informalidad bien entendida. Un regreso a esa hostelería donde la conversación pesa tanto como el plato y donde el ambiente importa tanto como el producto.
A barra puesta.
“Queríamos recuperar el bar de siempre, ese lugar donde pasan cosas y donde el producto es el centro”, explica Paco Llansola, socio fundador del proyecto, que ha procurado crear un ambiente con movimiento constante, mesas que cambian de ocupantes, cañas que aparecen sin pausa y camareros que trabajan con una energía más cercana a la de una barra clásica que a la de un restaurante de diseño.
La propuesta gastronómica gira alrededor de tres ejes: el aperitivo, el pan y los llamados “platillos de siempre”.
En la primera categoría aparecen gildas, mojama, embutidos y conservas reinterpretadas con guiños mediterráneos, como las papas aliñás acompañadas de mejillones, anchoas o boquerones. También destaca una tabla de quesos de Castellón que reivindica el producto local sin necesidad de convertirlo en discurso.
La gilda sobre steak tartar de Barrita.
Pero es en la sección bautizada como “La base de la vida es el pan” donde Barrita parece haber encontrado algunos de sus futuros clásicos. La tostada de steak tartar con gildas resume bien la filosofía de la casa: sabor directo, ejecución cuidada y un punto canalla.
El brioche de tartar de gamba roja añade un perfil más delicado, aunque el auténtico fenómeno del arranque está siendo el bikini de pollo a l’ast, un sándwich meloso, crujiente y profundamente adictivo que ya circula por las conversaciones gastronómicas de la ciudad.
En los “Platillos de siempre” conviven recetas reconocibles con pequeños giros contemporáneos: gyozas de blanc i negre, huevos fritos con gambas al ajillo o una fritura del Grao que conecta directamente con el paisaje marítimo castellonense.
La gran protagonista silenciosa del local, sin embargo, es la vitrina de pescado y marisco fresco. Ostras, zamburiñas, tellinas y distintas piezas seleccionadas cada día en la lonja y el Mercado Central convierten el producto en un elemento vivo, cambiante y estacional.
La propuesta se adapta a lo que llega cada mañana, algo que también ocurre con las verduras: tomates, alcachofas, setas y otras referencias de temporada entran y salen de la carta con naturalidad.
Entre los postres se pueden encontrar clásicos como el flan de huevo, torrija elaborada con pan dels Ibarsos o un brioche con AOVE, chocolate y sal que juega con la memoria gustativa desde un terreno aparentemente sencillo. Nada busca sorprender por extravagancia; todo intenta reconectar con sabores reconocibles.
Los calamares fritos forman parte del picoteo que propone la carta.
El espacio acompaña perfectamente la idea. Una barra exterior permite apropiarse de la calle durante los meses de buen tiempo, mientras que “La Pescadería” —presidida por la vitrina de producto fresco— funciona como una extensión natural del mercado vecino.
En el interior, una impresionante barra de veinte metros y las mesas altas empujan al comensal a moverse, compartir y mezclarse. La sensación es más cercana a la de una taberna contemporánea que a la de un restaurante convencional.
La dirección creativa de Laia Pallares y Perdòn Studio refuerza ese equilibrio entre modernidad y memoria noventera. Incluso el baño participa del juego: allí suenan chistes de Eugenio como parte del hilo musical, un detalle inesperado que termina de explicar el tono del proyecto.
Con Barrita, Castellón sigue consolidando una escena gastronómica que en los últimos años ha comenzado a mirar más allá de sus fronteras habituales.