Jeroni Pau, Agustí Pau y Sebastià Rigo subidos al tractor con el que recorren su finca de Mallorca.

Jeroni Pau, Agustí Pau y Sebastià Rigo subidos al tractor con el que recorren su finca de Mallorca.

Reportajes gastronómicos

Los jóvenes mallorquines que reivindican el patrimonio rural de la isla con su propio aceite: un éxito viral contra el turismo

Jeroni Pou, Agustí Pou y Sebastià Rigo son Es 3 Perduts, unos abanderados de la neo-pagesía con la que se reivindica volver al campo en un presente en el que Mallorca más que vivir del turismo, se sobrevive a él.

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En una isla donde el metro cuadrado se cotiza como oro y el inglés suena más que el mallorquín en según qué calles, tres amigos de 29 años han decidido plantar cara desde la tierra. No lo hacen con pancartas, sino con olivos. Y no venden discursos, sino aceite.

Se llaman Jeroni Pou, Agustí Pou y Sebastià Rigo. Nacidos en 1996, crecieron en la Mallorca del todo incluido, de la vivienda imposible y del “vivimos del turismo” repetido como un mantra. Pero ellos lo cuestionan: “Hace tiempo que no vivimos del turismo, sobrevivimos a él”, dicen. Y su respuesta no es huir, sino quedarse.

La neo-pagesia: volver al campo sin dejar el presente

Jeroni es ingeniero agrónomo y se ha criado entre bancales y mercados. Agustí es programador web. Sebastià, autónomo audiovisual, es quien narra la aventura con el móvil en la mano.

El campo mallorquín en manos de Es 3 perduts.

El campo mallorquín en manos de Es 3 perduts.

El trío —al que ellos mismos llaman con ironía, Es 3 Perduts, “los tres perdidos”— ha convertido una finca familiar en el epicentro de un proyecto que mezcla agricultura, relato digital y activismo territorial.

Lo suyo no es una vuelta nostálgica al pasado, sino lo que llaman “neo-pagesia”: jóvenes formados, hiperconectados, que deciden ensuciarse las manos. “Nos hemos dado cuenta de que sabemos manejar Instagram, pero no cambiar una bombilla. Queremos recuperar habilidades y, con ellas, dignidad”, resume Sebastià.

La chispa nació casi sin querer. Entre vallas que levantar, sistemas de riego que instalar y surcos que abrir, empezaron a grabar pequeñas escenas del día a día. Como en la serie Clarkson’s Farm, a la que seguían con devoción, descubrieron que el campo está lleno de tensión narrativa: el clima, la cosecha, la espera, la incertidumbre. Pero aquí no hay multimillonario jugando a granjero. Aquí hay tres jóvenes que se juegan sus ahorros.

Jeroni Pou, Agustí Pou y Sebastià Rigo sobre la cosecha de sus algarrobos, otro árbol característico de la isla, además del olivo.

Jeroni Pou, Agustí Pou y Sebastià Rigo sobre la cosecha de sus algarrobos, otro árbol característico de la isla, además del olivo.

En Mallorca, donde zonas como el puerto de Andratx se han convertido en símbolo del lujo inaccesible, la tentación de rentabilizar una finca es constante: alquilarla, venderla, instalar placas solares. “Podríamos ganar dinero rápido”, admiten. “Pero ya hemos vendido suficiente isla”.

Su apuesta es otra: reactivar la industria agrícola como forma de resistencia. Si en Barcelona o Bilbao el tejido industrial amortigua la presión inmobiliaria, en Mallorca la economía ha girado casi exclusivamente en torno al visitante. El resultado, denuncian, es una isla donde cada vez es más difícil vivir siendo de aquí.

Por eso plantar 2.000 olivos —su objetivo final— es más que un plan de negocio. Aunque, de momento, el proyecto avanza paso a paso y con más incógnitas que certezas.

350 olivos prestados y un pacto generacional

El primer impulso llegó gracias a un amigo campesino del abuelo de Sebastià. Cansado de trabajar sus 350 olivos, les propuso un trato donde la gestión sería suya y, a cambio, él recibiría el 25% del aceite para autoconsumo.

Con esas aceitunas elaboraron su primera tirada: 800 botellas de aceite de oliva virgen extra, mayoritariamente de variedad picual. Las han vendido a 10 euros la unidad.

El aceite que producen para financiar el proyecto.

El aceite que producen para financiar el proyecto.

“Comprar nuestro aceite no es solo comprar aceite”, explican. “Esapostar por que podamos seguir viviendo aquí”. La botella, en cierto modo, es la recompensa simbólica por apoyar una forma de habitar la isla.

En una cata improvisada, compararon su aceite con uno de Jaén —referente mundial— y comprobaron que competían en calidad. No buscan proclamarse los mejores del mundo, pero sí demostrar que Mallorca puede producir excelencia más allá del hotel boutique.

El pozo: 25.000 euros y 185 metros de incertidumbre

El verdadero vértigo está bajo tierra. Para plantar sus propios 2.000 olivos necesitan un pozo. Perforar hasta 185 metros puede costar entre 20.000 y 25.000 euros. Y nadie garantiza que haya agua. Si no la encuentran, el proyecto podría morir en un solo día.

Esa tensión —económica y emocional— atraviesa todo el relato. No han querido recurrir al crowdfunding “a fondo perdido”. Prefieren generar productos —aceite, calendarios, agendas— y reinvertir cada euro. Mientras tanto, compatibilizan el campo con sus trabajos: ingeniería agrónoma, programación y audiovisuales.

Jeroni Pou y Agustí Pou con su AOVE Picual.jpg

Jeroni Pou y Agustí Pou con su AOVE Picual.jpg

A corto plazo, ya han empezado a plantar 600 olivos en unos terrenos cedidos por el abuelo de Sebastià, donde la tierra arcillosa retiene mejor la humedad. Los nuevos árboles tardarán entre cuatro y cinco años en dar fruto. Este no es un proyecto rápido ni especulativo. Es, como los propios olivos, una apuesta a largo plazo.

Denominación de origen y experimentación

Su hoja de ruta pasa por trabajar con variedades habituales en la isla como la picual y la arbequina, y experimentar con la koroneiki, cada vez más presente en explotaciones mediterráneas. Aspiran a integrarse en la Denominació d’Origen Oli de Mallorca —aunque eso suponga asumir nuevas tasas y exigencias— para reforzar la identidad del producto.

No descartan lanzar distintos coupages en el futuro: mezclas equilibradas o monovarietales que permitan contar la historia de cada parcela, de cada cosecha.

Porque si algo tienen claro es que su aceite no es solo grasa vegetal prensada. Es paisaje embotellado. Es la imagen de un atardecer sobre la Serra de Tramuntana, el sonido del rastrillo sobre la tierra, la conversación en mallorquín entre surcos.

En una isla que a menudo se disfraza para el visitante, ellos reivindican la autenticidad sin folclore de postal. No quieren ser figurantes de un decorado turístico, sino protagonistas de su propio territorio.

Y mientras el futuro pende de un pozo aún por perforar, siguen sembrando. Con la paciencia antigua del campo y la narrativa contemporánea de quien sabe que, hoy, también se cultiva contando la historia.