La temporada de castañas asadas ya ha tomado las calles de Cáceres y con ella vuelve uno de los oficios más arraigados al invierno en España. David, castañero desde hace más de una década, es una de las figuras más reconocibles del centro histórico. Su puesto marca cada año el inicio del frío y el olor que anuncia la llegada de la Navidad.
Su jornada comienza antes de que amanezca, cuando la ciudad sigue en silencio y el carbón empieza a prender. El proceso es largo y repetitivo, pero forma parte del ritual. David entiende que el público sólo ve el momento final: el cucurucho caliente entregado entre el humo. Sin embargo, detrás hay horas de preparación que no aparecen en ninguna imagen del puesto.
Aunque la venta de castañas pueda parecer rentable a simple vista, el negocio sólo funciona gracias al volumen. David lo explica con claridad. En un día bueno puede ingresar alrededor de 300 euros, pero ese dinero está lejos de ser beneficio limpio. Entre permisos, desplazamientos, compra de género y carbón, la rentabilidad real depende de asar y vender miles de kilos a lo largo de toda la temporada.
Por eso él y su familia se desplazan semanas antes a zonas como el Valle del Jerte o Guadalupe para buscar las mejores partidas de castañas. El trabajo empieza allí, con sacos llenos que después deben revisar uno a uno. La selección es manual y ocupan horas enteras antes de que tengan forma de producto vendible. A continuación llega una de las partes más laboriosas: rajar cada castaña para evitar que explote en el asador y asegurar una cocción uniforme.
En conjunto, la familia procesa hasta 10.000 kilos de castañas cada año, una cifra que permite repartir costes y sostener un oficio que, sin ese volumen, confiesa, no sería viable. "Si vendiera menos, no saldría rentable. Necesito que la temporada sea larga y que haga frío para que la gente se anime", resume.
El secreto para que las castañas se pelen bien también forma parte del oficio. David lo resume en dos pasos sencillos: fuego lento y un trapo húmedo al terminar. Ese gesto ayuda a que la piel se desprenda con facilidad sin que la castaña se rompa. Es una técnica que aprendió de castañeros veteranos y que ha transmitido a quienes se acercan con curiosidad mientras miran el proceso.
Tradición y precios ajustados
El cucurucho pequeño es el producto estrella. Contiene entre 18 y 20 castañas cuidadosamente seleccionadas. Su precio, 3 euros, no ha variado en los últimos años a pesar del aumento de costes. David sabe que subirlo sería arriesgado. La tradición es popular y accesible, y el consumo depende mucho del hábito y de la rutina familiar. "Si lo pongo más caro, la gente deja de comprar", explica sin rodeos.
El gesto de preparar los cucuruchos forma parte del espectáculo. David dobla el papel en apenas un segundo. Es un movimiento automático, fruto de haber hecho miles de ellos a lo largo de su carrera. En momentos de máxima afluencia, la rapidez es crucial para no perder ventas. Por eso, mientras atiende, conversa y cobra, las manos no dejan de moverse.
Una década vendiendo castañas y manteniendo la tradición en Cáceres
La clientela que se acerca al puesto es variada, pero muchos son habituales. Existe un componente emocional evidente: familias que compran castañas desde el Día de San Pedrino, jóvenes que recuerdan el olor de la infancia y parejas que mantienen el hábito durante las fiestas. Para algunos, las castañas marcan el arranque simbólico de la Navidad, igual que las luces o los villancicos.
Una pareja que pasaba por Cáceres contó que, en su pueblo, Arroyo de la Luz, es tradición comerlas para Todos los Santos. Compran cada año y conocen a David desde hace tiempo. "Es parte de las fechas", aseguran. Este tipo de historias sostiene un oficio que, en otras ciudades, ha ido desapareciendo o ha quedado relegado a ferias concretas.
La temporada, que se extiende desde octubre hasta enero, exige jornadas largas. David trabaja casi todos los días, incluso cuando la meteorología no acompaña. El frío es su mejor aliado porque invita a buscar algo caliente para las manos y el estómago. Por eso, en diciembre, con los paseos navideños, los mercadillos y las compras, las ventas alcanzan su punto más alto.
El oficio también tiene sus momentos amables. Algunos clientes celebran premios de concursos, otros vuelven para agradecer un gesto anterior y no faltan quienes traen recuerdos o historias vinculadas a la tradición de las castañas. David reconoce que esos instantes compensan la dureza del trabajo y la exigencia de mantener activo el negocio durante los meses clave.
A pesar de las dificultades, él no tiene intención de abandonar el oficio. Habla con orgullo del papel que ocupa en la vida cotidiana de Cáceres. "Mientras la gente siga comprando y el olor siga llenando las calles, seguiremos aquí", afirma. Para él, la castaña no es sólo un producto: es un símbolo. Marca una época del año, crea memoria y actúa como un pequeño ritual compartido entre generaciones.
La suma de frío, humo y tradición vuelve a recorrer las calles de la ciudad conforme avanza diciembre. El puesto de David se convierte en un punto de encuentro para vecinos y visitantes, y el aroma que desprenden las castañas recién asadas se mezcla con el bullicio navideño. Es una imagen que se repite cada invierno y que, para muchos, marca el inicio de una estación que no sería lo mismo sin un cucurucho caliente entre las manos.
