Una mariscadora en la ría de Pontevedra.

Una mariscadora en la ría de Pontevedra. EFE / Salvador Sas

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La crisis del marisqueo en Galicia, donde se cobra 430 euros al mes: "Para la juventud esto no tiene futuro"

La muerte del marisco a causa de los pasados temporales, sumado a la insuficiente remuneración por parte de la Xunta, ha provocado el cese la actividad para algunas cofradías gallegas.

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El marisqueo gallego atraviesa una crisis estructural agravada en los últimos meses por factores climáticos y productivos que han reducido drásticamente la rentabilidad del sector.

En la ría de Pontevedra, uno de los principales focos de actividad, la mortandad de almeja tras las intensas lluvias ha alcanzado entre el 30 % y el 40 %, un nivel calificado como “severo” por los propios profesionales.

En los arenales de Cabeceira, en Poio, la imagen es elocuente: conchas vacías cubren la orilla como evidencia de la caída del recurso.

A pesar de ello, según informa EFE, cerca de dos centenares de mariscadores continúan trabajando. “Del marisqueo ya no se puede vivir”, resumen desde la Cofradía de San Telmo, donde el desánimo se ha instalado entre los profesionales.

La reducción de la producción es uno de los principales problemas. Actualmente, cada mariscador puede recoger en torno a 5 kilos por jornada, menos de la mitad que en años anteriores. Además, no siempre se alcanza esa cifra. “Hay muchísima almeja muerta, tanto la fina como la japónica, y la que hay es muy pequeña, no da la talla”, explica Maite, una de las trabajadoras con más experiencia en la zona.

Mariscadores en Poio (Pontevedra).

Mariscadores en Poio (Pontevedra). EFE / Salvador Sas

En este contexto, los ingresos son inestables. En las áreas donde aún se mantiene la actividad, algunos mariscadores logran entre 800 y 900 euros mensuales, beneficiados por el aumento de precios derivado de la escasez. Sin embargo, la alternativa planteada por la Xunta —un plan de regeneración que implica dejar de mariscar— reduce los ingresos a unos 430 euros netos al mes.

“No nos compensa ni nos soluciona nada, lo que queremos es trabajar las playas y que esto no se muera”, afirma Erica, mariscadora desde hace 14 años, que describe la situación como “muy negra”.

El plan institucional ha generado división en el sector. Mientras algunas cofradías lo consideran necesario ante pérdidas cercanas al 90 %, en Pontevedra creen que no se ajusta a su realidad. “El plan está muy generalizado y no se adapta a nuestras circunstancias. A nosotros no nos murió todo”, señala Adrián Arís, presidente en funciones de la agrupación de San Telmo.

La falta de ingresos continuados agrava la situación. Tras un mes de febrero sin actividad ni remuneración, muchos profesionales han tenido que recurrir a préstamos o buscar empleos alternativos. Aun así, insisten en la necesidad de seguir trabajando para mantener viva la cadena productiva. “Si se para, toda la cadena se ve afectada”, advierten, desde la extracción hasta la comercialización.

Otro problema clave es la escasez de semilla para regenerar los bancos marisqueros. “En nuestros semilleros no tenemos prácticamente nada de cría, llevo aquí casi 11 años trabajando y nunca lo vi tan mal”, subraya Arís. La caída es significativa: de los 5.000 kilos que se podían obtener antes de 2023, ahora apenas alcanzan los 300.

Además, preocupa el impacto en el mercado. “Si empieza a entrar el producto portugués, el de Canadá, al final vamos a estar peor de lo que estábamos”, advierte Jesús, otro mariscador, que lanza un mensaje contundente: “Si vas a vivir de esto, olvídate”.

La consecuencia más preocupante es la falta de relevo generacional. Las condiciones actuales disuaden a los jóvenes de incorporarse a una actividad cada vez menos rentable e incierta. “Yo si me jubilo aquí ya doy gracias, pero para la juventud esto no tiene futuro”, concluye Erica.

En conjunto, el sector del marisqueo en Galicia se enfrenta a un escenario de fuerte deterioro, en el que la recuperación dependerá tanto de medidas específicas y adaptadas como de la evolución de los factores ambientales. Mientras tanto, en las rías gallegas, la actividad continúa, pero bajo una creciente sensación de provisionalidad.