Imagen de archivo de una hombre mirando la lluvia por la ventana.

Imagen de archivo de una hombre mirando la lluvia por la ventana. Magnific

Ciencia

La psicología confirma que los adultos que disfrutan con la lluvia no están tristes sino que buscan seguridad

Disfrutar viendo la lluvia caer se suele asociar a caracteres tristes. Sin embargo, cada uno tiene sus gustos y no tienen por qué reflejar una personalidad.

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Disfrutar observando la lluvia no es un signo de tristeza o depresión, ya que no existe evidencia científica que vincule el clima lluvioso con un peor estado de ánimo.

Estudios científicos afirman que los sonidos de la naturaleza, especialmente los relacionados con el agua, ayudan a reducir el estrés, la frecuencia cardíaca y la tensión arterial.

La 'teoría de la perspectiva y el refugio' explica que contemplar una tormenta desde un lugar protegido genera bienestar al combinar la observación del entorno con la sensación de seguridad.

Los estímulos naturales suaves de la lluvia permiten que la mente descanse de la atención exigida por el trabajo diario, favoreciendo la recuperación cognitiva.

Que alguien disfrute viendo llover no implica necesariamente que se encuentre triste, melancólico o de mal humor. De hecho, para algunas personas ocurre justo lo contrario: escuchar la lluvia desde casa, una terraza cubierta o junto a una ventana puede ser una experiencia realmente relajante.

Y no se trata de una percepción subjetiva, sino que la psicología ambiental posee varias explicaciones para ello.

Recientemente, un artículo publicado en Psychology Today ha planteado precisamente esta paradoja: contemplar una tormenta mientras permanecemos protegidos combina simultáneamente el contacto con un fenómeno natural y la sensación de estar a salvo; una mezcla que puede favorecer la calma y el bienestar, a pesar de que pueda sonar contraintuitivo.

Esto no significa que exista un "tipo psicológico" específico de persona que sea amante de la lluvia, ni tampoco que quien disfrute de ello esté buscando seguridad de forma consciente.

Por qué nos relaja

Sin embargo, existe suficiente evidencia al respecto que permitiría explicar por qué esta situación puede resultar agradable. Una de estas líneas de investigación tiene que ver con los sonidos de la naturaleza.

En este aspecto, una revisión sistemática publicada en Proceedings of the National Academy of Sciences analizó 36 trabajos sobre paisajes sonoros naturales, llegando a la conclusión de que, en conjunto, la exposición a estos sonidos se relacionaría con una reducción del estrés y las molestias percibidas y con mejoras en el estado del ánimo y el rendimiento cognitivo.

De hecho, los sonidos relacionados con el agua fueron los que mostraron mayores beneficios.

En otro metanálisis posterior se llegó a conclusiones similares: frente al silencio, los sonidos naturales produjeron mejoras significativas en variables como el estrés, la frecuencia cardíaca, la tensión arterial o la frecuencia respiratoria.

E incluso se habrían observado cambios objetivos tras una situación estresante, como se detectó en un estudio de 40 participantes donde se realizaron tareas para generar estrés.

Posteriormente, fueron expuestos a sonidos naturales o ruido ambiental, detectando que la recuperación de la activación del sistema nervioso simpático fue entre un 9% y un 37% más rápida con los sonidos naturales.

A todo ello hay que asociar el hecho de que la lluvia posee una particularidad: podemos contemplar algo potencialmente incómodo, como el agua, el viento o el frío, mientras permanecemos protegidos.

Es lo que se conoce como la teoría de la perspectiva y el refugio, desarrollada dentro de la psicología ambiental.

Según dicha teoría, determinados espacios resultan atractivos porque combinan la posibilidad de observar el entorno dentro de un espacio protegido, como podría ser una terraza cubierta frente a una tormenta: podemos mirar y escuchar lo que sucede fuera, pero sin mojarnos ni exponernos directamente.

Por otro lado, está la teoría de la restauración de la atención.

La naturaleza contiene estímulos capaces de captar nuestra atención sin exigirnos un esfuerzo constante: observar cómo caen las gotas, escuchar un sonido repetitivo o contemplar cómo cambia el paisaje puede permitir que descanse temporalmente la atención dirigida que utilizamos para trabajar, conducir o resolver problemas.

Y también existe evidencia sobre ello: una revisión con 42 estudios sugirió que existen pequeñas o moderadas mejoras en la memoria de trabajo y flexibilidad cognitiva tras exponerse a entornos naturales, aunque los resultados no son uniformes.

Para terminar, aunque existe cierta asociación cultural entre lluvia y tristeza, dicha relación no es sencilla de demostrar, ni posee evidencia alguna de hecho, como ya demostró un trabajo con más de 14.000 participantes donde se descartó relación alguna entre lluvia, tristeza o mayor estado de ánimo depresivo.

Por tanto, es posible afirmar que disfrutar de un día lluvioso no es señal de tristeza, sino que incluso puede significar todo lo contrario en determinadas personas: un estímulo natural beneficioso cuando se contempla desde un entorno controlado, cómodo y seguro.