Un albañil trabajando.

Un albañil trabajando. Freepik

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Los albañiles coinciden: el calor a pleno sol no solo agota, también aumenta el riesgo de mareos y accidentes

Beber agua no basta en una obra al sol: sombra, pausas y horarios adaptados son claves para evitar emergencias.

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Las claves

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El calor extremo en las obras aumenta el riesgo de mareos, agotamiento y accidentes graves entre los albañiles.

Durante las olas de calor, los accidentes laborales en la construcción suben un 17,4%, según el Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo.

Las altas temperaturas afectan la concentración, la coordinación y la destreza manual, lo que incrementa el peligro al manejar herramientas o maquinaria.

La legislación obliga a adaptar horarios y condiciones de trabajo, pudiendo incluso paralizar labores si las temperaturas extremas ponen en riesgo la seguridad.

Cuando el sol cae directamente sobre una obra, el problema no termina en el cansancio o en tener que beber más agua. El calor puede reducir la concentración, provocar mareos y convertir una tarea aparentemente rutinaria en un accidente con consecuencias graves.

Los testimonios de diferentes albañiles coinciden en señalar las horas centrales del verano como una de las partes más duras de la profesión. Santiago Carpintero, de 22 años, lo resumía a La Vanguardia así: “A las tres de la tarde no hay un alma en la calle y nosotros seguimos ahí”.

José Toro, que comenzó a trabajar como albañil con 16 años, ofrece una descripción parecida después de más de tres décadas en el sector. Ha trabajado “con temperaturas bajo cero en invierno y también en pleno verano”, además de soportar diariamente cargas, herramientas y movimientos repetitivos.

En Murcia, Paco Nicolás lleva unos 30 años en la construcción y reconoce que las jornadas estivales obligan a extremar las precauciones. “A las dos de la tarde hace mucho calor pero tenemos que cumplir”, explicaba al hablar de días en los que el termómetro supera los 40 grados.

El calor extremo, sin embargo, no representa únicamente una cuestión de resistencia física. El Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo advierte de que las altas temperaturas reducen la destreza manual y perjudican capacidades como la visión, la coordinación motriz, la memoria a corto plazo y la concentración.

Un 17,4% de accidentes

En una oficina, una pérdida momentánea de atención puede terminar en un error. En una obra puede producirse mientras alguien maneja una radial, sube por un andamio, transporta una carga pesada o trabaja junto a maquinaria, multiplicando las posibles consecuencias.

El propio INSST calcula que el riesgo de sufrir accidentes laborales aumenta un 17,4% durante las olas de calor. Construcción y agricultura se encuentran entre los sectores especialmente expuestos porque combinan actividad física, radiación solar y largas jornadas en espacios exteriores.

La experiencia de algunos trabajadores permite poner rostro a esas cifras. Francis García, albañil de Cáceres, relató haber sufrido mareos mientras trabajaba: “Una vez me tuve que meter en el coche y poner el aire acondicionado a tope porque notaba que me daba algo”.

Otro trabajador de la construcción, Antonio Hidalgo, describía directamente el verano como una situación en la que “te juegas tu salud”. La obligación de continuar trabajando para mantener los ingresos puede hacer que síntomas inicialmente leves sean ignorados durante demasiado tiempo.

Un caso investigado por el propio INSST muestra hasta dónde puede llegar esa evolución. Un trabajador de la construcción comenzó a encontrarse mareado durante una jornada con temperaturas cercanas a 37 grados. Sus compañeros lo trasladaron a la sombra, lo refrescaron y le dieron agua.

Poco después comenzó a encontrarse peor y terminó sufriendo convulsiones. El diagnóstico hospitalario fue golpe de calor, coma e insuficiencia respiratoria aguda. El episodio demuestra que el deterioro puede avanzar rápidamente incluso cuando inicialmente la persona todavía es capaz de caminar por sí misma.

El mareo aparece porque el organismo intenta protegerse aumentando el flujo sanguíneo hacia la piel para expulsar calor. Esa redistribución, combinada con la pérdida de agua y sales mediante el sudor, puede favorecer una bajada de tensión, debilidad y sensación de inestabilidad.

A medida que aumenta el estrés térmico pueden aparecer también dolor de cabeza, calambres, náuseas, agotamiento y dificultades para pensar con claridad. La situación se vuelve especialmente peligrosa cuando la persona continúa realizando un esfuerzo intenso pese a estas señales.

El golpe de calor constituye el extremo más grave. El organismo deja de regular correctamente su temperatura y pueden aparecer confusión, alteraciones de la conducta, convulsiones, pérdida de conciencia y daños en diferentes órganos. Requiere asistencia médica inmediata.

La temperatura del aire tampoco explica por sí sola cuánto calor soporta un albañil. Hay que sumar la radiación directa del Sol, la humedad, el viento, la ropa de protección, el esfuerzo realizado y el calor que desprenden superficies como hormigón, ladrillos, cubiertas o asfalto.

Por este motivo, beber agua resulta imprescindible pero no suficiente. La prevención puede exigir descansos frecuentes en zonas frescas, sombra, reducción de la carga física, rotación de tareas y traslado de los trabajos más exigentes a las primeras horas de la mañana.

El INSST y AEMET trabajan precisamente en mejorar la evaluación de este peligro y recuerdan que la respuesta puede llegar hasta la paralización temporal de determinadas tareas cuando las condiciones no permiten garantizar la seguridad.

La legislación española obliga además a proteger a quienes trabajan al aire libre frente a temperaturas extremas. La evaluación debe tener en cuenta tanto las condiciones meteorológicas como el tipo de tarea y las características particulares de cada trabajador.

Cuando no exista otra forma de proporcionar una protección adecuada, determinadas actividades deberán prohibirse durante las horas más peligrosas. Si AEMET activa un aviso naranja o rojo y las medidas existentes siguen siendo insuficientes, será obligatorio adaptar las condiciones, incluida la reducción o modificación de la jornada.

No existe, por tanto, una única temperatura nacional a partir de la cual todas las obras deban detenerse automáticamente. El riesgo de trabajar a 36 grados realizando una tarea pesada y directamente bajo el sol puede ser muy diferente al de otra actividad desarrollada a la sombra y con menor esfuerzo.

El denominador común en los testimonios de los albañiles es precisamente que el calor se suma a un trabajo ya físicamente exigente. El problema no es únicamente acabar agotado después de ocho horas: es que antes de terminar la jornada pueden deteriorarse las capacidades necesarias para trabajar con seguridad.

Por eso, cuando aparecen mareos, debilidad o confusión, continuar no demuestra una mayor resistencia al calor. Puede significar que el organismo está empezando a fallar justo mientras el trabajador permanece rodeado de herramientas, alturas y materiales donde perder el equilibrio o la concentración puede convertirse en un accidente.