Un gato.

Un gato. Istock

Ciencia

Carlos Gutiérrez, veterinario: "Los gatos que atacan sin motivo en realidad expresan que no les gusta su entorno"

Ruidos, visitas, olores extraños u otros gatos vistos por la ventana pueden activar una respuesta que la familia interpreta como inesperada.

Más información: Los veterinarios coinciden: si tu gato te caza los pies es porque no le aportas suficiente juego y se aburre

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Las claves

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La agresividad redirigida en gatos suele estar causada por estímulos que no pueden controlar y no por maldad o manía hacia una persona.

Factores como un entorno poco adaptado, falta de estímulos y ausencia de zonas de escape aumentan el riesgo de ataques inesperados en gatos.

Los gatos muestran señales previas al ataque, como quedarse quietos, orejas hacia atrás y pupilas dilatadas, por lo que es importante no forzarlos en esos momentos.

La solución pasa por adaptar la casa a las necesidades del gato, ofrecer rutinas, zonas seguras y actividades diarias, evitando el castigo para no agravar el problema.

Un gato puede estar tranquilo y, de pronto, lanzarse contra alguien de casa. Para la familia parece un ataque sin motivo, pero casi siempre hay algo detrás que el animal no sabe gestionar.

Carlos Gutiérrez, veterinario clínico en pequeños animales y responsable del canal Mascotas y Familias Felices, aborda este problema en un vídeo sobre agresividad redirigida en gatos.

Su advertencia va contra una idea muy extendida. No se trata de un gato malo ni de un animal que haya cogido manía a alguien. A su alrededor están pasando cosas que le superan.

En la agresividad redirigida, el gato se activa por un estímulo que no puede controlar. Como no puede responder contra ese estímulo, descarga el estrés sobre quien tiene más cerca.

Puede ser una persona de la familia, otro gato de la casa o incluso un perro. El problema es que el estímulo real no siempre está delante cuando ocurre el ataque.

Gutiérrez explica que, muchas veces, la agresión parece venir "como de la nada" porque el estímulo pasa desapercibido para el humano. Para el gato, en cambio, ha sido muy real.

Un ruido brusco, un gato visto por la ventana, un olor extraño, una visita inesperada o una manipulación estresante pueden ser suficientes para romper la calma del animal.

El Grupo de especialidad en medicina del comportamiento animal de AVEPA (GEMCA) describe la agresividad redirigida como un problema frecuente y poco diagnosticado en la clínica felina. También explica que puede afectar al bienestar del gato y de la familia.

En los gatos, el entorno pesa mucho en estos casos. Gutiérrez relaciona la agresividad redirigida con felinos que viven en casas poco adaptadas a sus necesidades, con pocos estímulos y pocas vías de escape.

Cuando la casa no ayuda al gato

Lo resume con una frase directa: muchas veces estos gatos están manifestando que "su entorno no es el más adecuado para un gato" o que la casa no responde a lo que necesitan.

También apunta un dato llamativo. Según Gutiérrez, estos casos aparecen a menudo en hogares donde vive una o dos personas, quizá porque hay menos ruido, menos visitas y menos cambios.

Ese ambiente tan estable puede parecer ideal, pero tiene un reverso. Si nunca pasa nada, cualquier novedad se nota mucho más y el gato puede reaccionar con más intensidad, "porque no está tan acostumbrado a los cambios".

Además, Gutiérrez señala a aquellas casas con pocos estímulos, donde el gato no tiene muchas cosas que hacer durante el día. En esos casos, el animal se aburre y dispone de menos recursos para soltar tensión.

Un rascador, una zona alta o un escondite son más que simples accesorios o juguetes. Para algunos gatos, rascar, correr o subirse a un árbol rascador es una forma normal de descargar estrés.

La guía elaborada por Madrid Salud y COLVEMA recomienda ofrecer al gato rutinas, zonas tranquilas y espacios propios. También recuerdan que los gatos necesitan lugares seguros para esconderse, descansar y observar sin sentirse atrapados.

Esa "gatificación" no consiste en llenar la casa de objetos. Consiste en permitir que el gato trepe, rasque, se esconda, mire desde arriba, juegue y tenga alternativas cuando algo le asusta.

El ataque suele parecer inesperado, pero el gato muchas veces avisa antes. Gutiérrez recomienda fijarse en señales como quedarse quieto, pegarse al suelo o echar las orejas hacia atrás.

Señales antes del zarpazo

También pueden aparecer carreras repentinas, pupilas dilatadas, gruñidos, vocalizaciones o una mirada fija hacia aquello que le está provocando estrés. No siempre mira a la persona que después recibe el zarpazo.

En ese momento, acercarse suele ser un error. Si el gato está asustado o muy activado, intentar cogerlo, acariciarlo o calmarlo con las manos puede acabar desencadenando la agresión.

Gutiérrez explica que si ya se ven señales de tensión, lo mejor es dejarlo tranquilo y permitir que baje su nivel de estrés sin añadir más presión. No recomienda distraerlo con una caña o lanzarle un juguete cuando está muy alterado.

La primera medida es identificar qué lo activa. Si es un gato que ve por la ventana, puede ayudar cerrar persianas o limitar el acceso a ese punto durante un tiempo.

Si el problema es un ruido exterior, conviene reducirlo todo lo posible: bajar persianas, cerrar puertas o llevar al gato a una parte de la casa donde el sonido llegue menos.

Cuando no se sabe qué lo desencadena, el refugio gana importancia. Una cama bajo una mesa, una caja en un armario abierto o una zona alta pueden darle una salida segura.

Si el gato entra en un bucle y persigue a alguien, Gutiérrez aconseja poner una barrera física. Separarse durante unos minutos puede cortar la escena y permitir que la tensión baje.

El castigo empeora el problema. Gutiérrez insiste en no reñir, no gritar y no tratar mal al gato, porque eso añade confusión, aumenta el estrés y puede agravar la conducta.

La vida diaria también debe revisarse. Gutiérrez recomienda juguetes interactivos, rotar objetos, jugar al menos 30 minutos al día, añadir alturas y colocar varios rascadores por la casa.

Ese manejo no funciona de un día para otro. El propio veterinario recuerda que estos problemas requieren paciencia y que muchos casos mejoran con cambios en casa, siempre que se mantengan en el tiempo.

Si los ataques son intensos, frecuentes o difíciles de controlar, conviene acudir a un veterinario especialista en comportamiento o a un etólogo felino. También hay que descartar dolor o enfermedad.