Las discrepancias abren brecha entre Sánchez y Yolanda Díaz, y llevan la coalición al peor momento

Las discrepancias abren brecha entre Sánchez y Yolanda Díaz, y llevan la coalición al peor momento .

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Miedo

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Miedo, mucho miedo da pensar que esta izquierda radical y populista, este agónico conglomerado de intereses casi siempre encontrados, pero unidos por un elemento común —mantener el poder—, pueda darle la vuelta a la situación y aprovecharse del descontento generalizado.

Con el ambiente adecuadamente caldeado, medios afines dispuestos a amplificar el mensaje y una indudable habilidad para canalizar la indignación, no sería difícil intentar desviar la atención de los problemas que hoy ocupan el debate público: Ceuta, Zapatero, Ábalos, financiación ilegal del PSOE, Begoña Gómez, el hermano músico… y tantos otros asuntos. El viejo recurso consiste en encontrar un culpable alternativo. Y si ese culpable puede ser Franco, la derecha o una supuesta "derecha heredera del franquismo", mejor todavía.

No es una hipótesis descabellada pensar que lo intenten. Todos los partidos situados a la izquierda del PSOE tienen intereses que satisfacer y, con Pedro Sánchez en La Moncloa, han demostrado que saben encontrar puntos de encuentro cuando está en juego el poder. Quedaría por sumar a la derecha nacionalista catalana. Pero ya se sabe: "La pela es la pela".

Estas reflexiones pueden no llevar a ningún sitio pero, conociendo el percal, la falta de escrúpulos, la escandalosa manipulación de la llamada Ley de Nietos y otros inconfesables antecedentes, podría estar justificado sentir un cierto repelús.

Y ya han comenzado a lanzar sus consignas, esos mensajes simplistas, dogmáticos y populistas que pueden calar con facilidad en la conciencia de la gente cuando existe malestar social. Pedro Sánchez y Yolanda Díaz han sido de los primeros en ponerse el traje de faena, ese traje sucio que parece darles licencia para manipular y mentir. Después aparecen los escuderos, encargados de ocupar el terreno, repetir el mensaje y convertir cualquier discrepancia en una batalla moral. Es una difícil situación individual con la que se encuentran muchos ciudadanos, situación para la que la única vacuna es la de pensar por uno mismo.

Ya tienen el escenario soñado. Ha sido suficiente con aprovechar y manipular una dramática situación para mantener un clima de tensión social. El hecho es lo de menos, y menos lo es de quién sea la responsabilidad última. Pero el objetivo nada tiene que ver con el suceso, de hecho han tenido ocho años para solucionar el problema y ahora se apresuran a buscar un parche en cuatro días. Lo único que interesa es el escenario y el discurso con el que derivar la responsabilidad a la derecha.

No es una estrategia nueva. Hace años, en una conversación con Iñaki Gabilondo, con los micrófonos todavía abiertos, se grabó una frase de Rodríguez Zapatero que ha quedado asociada desde entonces al debate sobre la utilización política de la tensión: "A nosotros nos interesa que haya tensión".

La tensión política puede ser un instrumento extraordinariamente eficaz. Divide, moviliza, simplifica y, sobre todo, permite que una sociedad enfadada deje de preguntarse por unas cosas para empezar a discutir apasionadamente sobre otras.

Y aquí aparece el verdadero peligro: que el descontento legítimo de los ciudadanos termine convertido en combustible partidista.

Durante los años de Gobierno de Sánchez ha habido numerosas ocasiones en las que una parte de la sociedad ha tenido motivos suficientes para salir a la calle a protestar. También las hubo durante el mandato de Rajoy. La diferencia no debería establecerse mediante consignas ni mediante una competición de agravios, sino examinando hechos, resultados y responsabilidades. Hechos objetivos demuestran el férreo control que ejerce Sánchez sobre las instituciones, control que irremediablemente lleva a resultados indeseables y de dudosa cabida en nuestro sistema democrático. A estos efectos, valgan sólo algunos ejemplos: la actividad del Tribunal Constitucional y sus resultados, la manipulación del Centro de Investigaciones Sociológicas, del sectario Tezanos (CIS), la inanición de los sindicatos, TVE… y tantos organismos con capacidad de gestión y decisión hasta los que han llegado sus tentáculos.

Sánchez nos ha vendido desde el primer día su gobierno “de progreso”, pero su comportamiento como gobernante se aleja mucho de ese concepto y se acerca peligrosamente a un autócrata dispuesto a gobernar - en palabras suyas - sin contar con el poder legislativo. Ortega y Gasset escribió en 1931, ante su decepción con la evolución de la República: "¡No es esto, no es esto!". Y añadió una advertencia que conserva una sorprendente actualidad: "La República es una cosa. El radicalismo es otra".

Quizá esa sea precisamente la cuestión. No dejarse arrastrar por la tensión fabricada. No aceptar que la política convierta cada problema en una guerra entre buenos y malos. Y, sobre todo, no permitir que el ruido sustituya a la realidad.

Porque cuando una sociedad está enfadada, quien consigue decidir de qué se enfada, tiene ya una parte importante de la batalla ganada.