Los acampados de Sol, contra Ayuso.
La Puerta del Sol: kilómetro cero, punto de encuentro y desencuentro, mentidero de la Villa y Corte, cotillón de Fin de Año, con su fantasma de Canalejas, su oso y su madroño y su cartel de Tío Pepe, ha vuelto a ser elegida por la nueva generación de pijos ociosos y perroflautas de la izquierda farandulera para montar la jaima y poner el grito en el cielo plomizo del otoño cañí.
Quien en estos días, llevado de la mano de la casualidad o de la curiosidad, se acerque a la vieja plaza tendrá la oportunidad de patear la calle de la Rabia, la Travesía Travesti, la calle Maricarmen o la de la Tercera República; podrá estrechar efusivamente la mano de aquellos que no solo están salvando al país, sino a la humanidad entera; gozará del privilegio de escuchar al hermano pobre de Javier Bardem disertando acerca de un tal Trotsky; disfrutará de un menú vegano consistente en chapulines y hojas de rúcula y acabará compartiendo porro con marquesitos entregados a la filantropía, las nuevas caras del sindicalismo o esa vecina de la toquilla que odia a la señora Ayuso con toda su alma. Para los amantes de las emociones fuertes están reservadas la "Chiqui-asamblea", la batucada y las concentraciones en favor del aborto libre. Si caen chuzos de punta, no queda más remedio que joderse.
Llegan noticias de que Maricarmen, eje central de la protesta, está a punto de volver a su casa y de que el Gobierno ha sacado dos reales decretos para intentar arreglar el problema de la vivienda. Pero Sol sigue hirviendo de campistas. Y es que le tienen fe a las propiedades milagrosas del lugar, que ya se ha visto a otros que han llegado con su iglú del Decathlon y han terminado convertidos en vicepresidentes ministros, diputados y con plaza en un plató de televisión; merecedores de una cuenta holgada y un chalet en Galapagar. Por cierto, ¿alguien me podría decir si el asunto de Ceuta se ha solucionado?