Luis Argüello, secretario de la Conferencia Episcopal.

Luis Argüello, secretario de la Conferencia Episcopal. Efe

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Los que no hablan

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Con toda esta crisis invasora/migratoria/humanitaria/lo-que-sea, hay un convidado de piedra que se nos está escapando, que anda muy oculto y no dice nada. Una institución que se precia de defender a los e-migrantes y a los in-migrantes: la Iglesia Católica de España.

Sorprende, como católico, que los máximos jerarcas de la Iglesia no hayan hecho ninguna convocatoria de oración, ni una jornada de ayuno (eso es mucho pedir) ni una colecta dominical por Ceuta. Por Venezuela, por la Dana, por Ucrania, se desvivieron: comunicados firmados por toda la Conferencia Episcopal, cadenas de oración en las catedrales, cuestaciones en todas las parroquias del país, gestos públicos de cercanía con los afectados. Y hacían bien, no lo dudo. Pero entonces, ¿por qué por Ceuta andan callados? ¿Es que la frontera sur no forma parte de España, o es que allí el dolor no cuenta igual?

¿Qué temen los obispos? ¿Qué teme D. Luis Argüello, José Cobo, Satué...? ¿Temen al Gran Inquisidor Monclovita? Decía Benedicto XVI que no era más libre la Iglesia Católica que cuando era perseguida, y tenía razón: la libertad de la Iglesia no depende de la benevolencia del poder de turno, sino de su fidelidad al Evangelio. Una Iglesia que calla por miedo a incomodar al Gobierno ya ha dejado de ser sal y luz para convertirse en comparsa. Y no hablo solo de este Gobierno: la tentación de acomodarse al poder, sea del signo que sea, ha perseguido a la Iglesia desde Constantino hasta hoy.

Si el miedo es el concierto de los colegios católicos, no teman. Ya luchamos por la autogestión cuando hizo falta, y volveremos a hacerlo. ¿El IBI de las parroquias? No se preocupen: se puede celebrar misa en las plazas, como se celebraba en las catacumbas o bajo la encina de los pueblos antes de que hubiera un solo templo de piedra. La Iglesia no nació con privilegios fiscales ni los necesita para seguir siendo Iglesia. Deberían recordar aquello que dice San Pablo, encadenado él mismo en una prisión romana: "El Evangelio no está encadenado". Si Pablo pudo escribir eso desde una celda, ¿qué excusa tienen nuestros pastores, que gozan de plena libertad de movimiento, de prensa y de culto, para no alzar la voz?

Pero están dando una pésima imagen, salvo honrosas excepciones como el Arzobispo de Oviedo, o ese sacerdote joven ceutí que clamaba por el orden en la caridad, recordando —con Tomás de Aquino y con el sentido común de toda la vida— que acoger bien no es acoger sin criterio, y que la caridad ordenada no es xenofobia sino responsabilidad. En Ceuta hay musulmanes, pero también hay católicos, y unos y otros son españoles, vecinos, ciudadanos con los mismos derechos y los mismos miedos ante una situación que lleva años sin resolverse. No se trata de elegir bando entre "los de fuera" y "los de dentro": se trata de que la Iglesia, que tiene vocación universal, hable con claridad tanto de la dignidad del migrante como de la angustia legítima de quien ve su ciudad desbordada sin que nadie en Madrid ni en Bruselas dé la cara.

Creo que hace falta una voz valiente, que no se achante ante los poderes de este mundo, que son la Nada y menos. Una voz que no tenga que elegir entre el aplauso de la izquierda y el aplauso de la derecha, porque el Evangelio no cabe en esas categorías. Los obispos españoles han sabido, en otros momentos de nuestra historia, plantarse ante el poder cuando el poder se equivocaba: recuérdese su papel en la Transición, sus denuncias del terrorismo, sus llamadas de atención sobre la ley del aborto o sobre la eutanasia. ¿Por qué ahora, ante una crisis humanitaria que se desarrolla a las puertas mismas de España, el silencio es la estrategia elegida?

Quizá la respuesta esté en el miedo a que cualquier gesto de solidaridad con Ceuta sea leído en clave partidista, como munición para uno u otro bando político. Pero ese temor, si existe, es precisamente la prueba de que algo no funciona: cuando el anuncio de la caridad cristiana empieza a medirse por sus consecuencias electorales, ya no es libre, y una Iglesia que calcula antes de hablar de los pobres ha perdido el rumbo. San Juan Pablo II no calculó cuando visitó Polonia bajo el comunismo. Monseñor Romero no calculó cuando denunció la violencia en El Salvador y lo pagó con su vida. La profecía nunca ha sido cómoda ni oportuna en términos políticos, y precisamente por eso es profecía.

No pido a los obispos que hagan política. Si la Iglesia solo se moviliza cuando el consenso social es unánime y cómodo, entonces no es la Iglesia la que guía a la sociedad, sino la sociedad la que dicta a la Iglesia cuándo puede hablar y de qué. Y eso, para una institución que dice fundarse en la Verdad y no en la encuesta del momento, debería ser motivo de examen de conciencia.