Pedro Sánchez durante su entrevista en 'Mañaneros 360'.
Cuarenta y nueve millones y pico de españoles viven hoy sumidos en la inquietud y el reconcomio, mesándose los cabellos, mordiéndose las uñas, pegados a la televisión como cuando el cigarrero se arrima a un manso imposible, aferrados a la radio, pendientes de la última hora en los diarios digitales. Uno podría pensar que todo se debe al asunto de Ceuta, al arranque liguero, al próximo inicio del curso escolar, al toro indultado en Tarifa o a las vallas publicitarias con la imagen de Bukele que un empresario colocó en los alrededores de Oviedo; sin embargo, la cuestión que nos mantiene en vela y en vilo tiene más que ver con los apéndices nasales o, lo que viene a ser lo mismo, con un par de narices: la del cantante Lucas y la que rubrica la jeta del presidente del Gobierno.
Luce, el primero, napia nueva tras un proceso de reconstrucción que trajo, a los más viejos del lugar, el recuerdo de las obras del traslado del templo de Abu Simbel. Llegó al aeropuerto en olor de multitudes y, entre un nublado de fotógrafos, besó la tierra de la patria, hizo una rueda de prensa y, luego, mutis por el foro sin mostrar el resultado de su operación. Dicen en los medios que la nariz se aprecia ahora más recta y ligeramente elevada, pero el triste vulgo habrá de vivir en la congoja hasta poder verla con sus propios ojos.
El señor Sánchez, por su parte, aunque aún no necesita irse a Turquía para arreglar el tabique nasal, sí que precisa de un milagrero para evitar que el naso le crezca una vara cada vez que habla en público. Y, en la última entrevista concedida a la cadena SER, todo el mundo, y parte del extranjero, pudo comprobar de qué madera está hecho este castizo vástago de Gepeto. Tantas, tan variadas y sabrosas mentiras soltó ante la audiencia, que nos ha sumido en el pasmo y ha dejado con un palmo de narices a todas las monjas y priores y provinciales de la cristiandad, como decía Galdós.
Quisiera yo tener menos olfato para no soportar por más tiempo la cochambre que rebosa en los rincones de la Moncloa y en las trochas del trasnochado famoseo. Pero, al menos, cuento con una gran olla de infusión de valeriana con la espero conciliar el sueño y dejar de pensar en tanta nariz y en tanta gaita.