Un momento de la intervención de Santiago Abascal en Marbella.
Desde que el Partido Popular pactó con Vox en Extremadura y Aragón, en España resuena un lema que debería preocuparnos a todos por igual: "prioridad nacional". Así, en caliente, podría decir que es un lema que el Partido Popular va a tener que comerse con patatas si quiere mantener sus sillones y afrontar lo que Moreno Bonilla llama "un lío". Podríamos decir que es un lema de ultraderecha. Pero permítanme decir una barbaridad: preferir que un inmigrante se quede atrás y que el Estado le dé la espalda no te hace de derechas; te hace un bárbaro.
Esta idea de la "prioridad nacional" no la ha inventado Abascal, porque desde luego el intelecto de este sujeto no le da para inventarse nada. Esto de la prioridad nacional lo inventó un señor muy malo que odiaba a mucha gente en Francia solo por su color de piel, y se llamaba Jean-Marie Le Pen. Cito textualmente una de las frases de quien hoy es referente ideológico para quienes son tercera fuerza nacional y gobiernan en muchas de nuestras instituciones: "Mi filosofía es la siguiente: los extranjeros que quieran venir a nuestro territorio tendrán que valerse por sí mismos".
Como creyente y practicante que soy, lo siento mucho, pero mi fe no me permite comulgar con esa frase, ni mucho menos con la idea de que por haber nacido aquí tengo más derechos que nadie. En el colegio me enseñaron a respetar al diferente y a acogerlo. Parece ser que quienes hoy se mofan con esta frase e incluso hacen canciones con ella, como hemos visto en las elecciones andaluzas, faltaron a clase ese día.
Un inmigrante que trabaja, que paga sus impuestos, que contribuye al país y que tiene aquí a su familia —y que, por tanto, ama a España— no es menos que yo a la hora de ser atendido en los servicios públicos o de recibir ayudas. Las administraciones públicas tienen la obligación de tender redes, de enseñar a pescar y no de decirle al inmigrante que viene buscando una vida mejor: "Apáñate como puedas".
Santiago Abascal no ha cotizado prácticamente nunca; ha vivido siempre del dinero público, incluso colocado en chiringuitos políticos. Va ocasionalmente a los plenos del Congreso y aun así se atreve a decir que tiene prioridad simplemente por haber nacido aquí. Vox ha presentado esta legislatura en Andalucía cuatro leyes con catorce diputados y, aun así, pretende tener prioridad frente a los inmigrantes que sostienen el campo andaluz.
Y yo propongo otro lema más humano y más justo: "prioridad al que lo necesita". Porque una sociedad no se mide por cómo trata a quien más se parece a nosotros, sino por cómo responde ante quien llega cansado, perdido o vulnerable. La verdadera grandeza de un país no está en levantar fronteras morales entre personas, sino en tender puentes de dignidad.
Porque el inmigrante no es el enemigo. El enemigo es la desigualdad. El enemigo es que haya familias que no llegan a fin de mes, jóvenes obligados a emigrar, pensionistas contando monedas y barrios abandonados por las instituciones. Y eso no lo ha provocado quien llegó en patera o cruzó una frontera buscando un futuro digno; lo han provocado políticas que han puesto el beneficio económico por encima de la vida de las personas.
Hablan de "prioridad nacional" como si la solidaridad tuviera pasaporte. Pero el hambre no pregunta de dónde eres. La enfermedad no distingue banderas. El sufrimiento no entiende de nacionalidades. Y los derechos humanos, precisamente porque son humanos, pertenecen a todos o dejan de ser derechos para convertirse en privilegios.
Porque, al final, la pregunta no es quién nació aquí. La pregunta es qué clase de sociedad queremos ser: una que señale al débil o una que lo abrace. Y yo lo tengo claro: prefiero un país que tienda la mano antes que uno que la cierre en un puño.