Alberto Núñez Feijóo y María Corina Machado en Génova. Europa Press
La reciente cumbre celebrada en Barcelona para blindar la democracia frente al avance de las "derechas" ha dejado tras de sí un rastro de retórica inflamada que merece un análisis más allá del aplauso militante. Resulta fascinante observar cómo una ciudad que ha servido de laboratorio para el populismo más divisivo se convierte ahora en el escenario de una suerte de catequesis política, donde mandatarios que coquetean con el autoritarismo en sus propios países vienen a repartir carnets de pureza democrática. Es una representación teatral del "haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago", interpretada por un elenco que parece confundir el bienestar del pueblo con la perpetuación de su propia hegemonía.
Lo que vivimos en estos días es la culminación de una narrativa que ha sustituido el debate de gestión por la trinchera ideológica. Bajo el paraguas de la "protección contra el odio", se ha articulado un discurso que, en el fondo, destila un profundo desprecio por la alternancia política. Para estos líderes, la democracia solo goza de buena salud cuando el resultado de las urnas coincide con sus intereses; cualquier otra opción es automáticamente etiquetada como una amenaza existencial, un error de bulto de un electorado supuestamente manipulado que necesita ser reeducado por el Estado. Es el triunfo de la superioridad moral como herramienta de exclusión: si no estás con el eje progresista, no es que tengas una opinión distinta, es que eres un enemigo de la convivencia.
La hipocresía es palpable cuando se analizan los perfiles de quienes suben al estrado. Escuchar lecciones sobre el respeto a las instituciones de boca de mandatarios que han colonizado los órganos judiciales, que señalan a periodistas críticos desde sus tribunas o que han tejido redes clientelares que harían palidecer a los caciques del siglo pasado, es un ejercicio de cinismo que agota la paciencia del ciudadano medio. Se llenan la boca con la palabra "libertad" mientras proponen leyes para decidir qué es una noticia real y qué es un bulo, arrogándose el derecho de ser el Ministerio de la Verdad en un ecosistema digital que se les escapa de las manos porque ya no controlan el monopolio del relato.
Esta farsa barcelonesa no solo ha evidenciado el ensimismamiento de un bloque que confunde la supervivencia propia con la salud del sistema, sino que ha quedado retratada por un contraste de legitimidad demoledor. Mientras el eje progresista se blindaba en su búnker de retórica vacía, la realidad del compromiso democrático pasaba por otro carril: el de la resistencia real frente a la tiranía. La visita a España de María Corina Machado, reciente Nobel de la Paz y símbolo mundial de la lucha contra el autoritarismo, ha funcionado como un espejo implacable donde se ha reflejado la soledad ética del Gobierno español.
Resulta revelador que Machado, tras haber sido reconocida internacionalmente por su inquebrantable defensa de las libertades, haya optado por reunirse con figuras como Ayuso, Feijóo, el expresidente González e incluso Santiago Abascal, pero haya declinado explícitamente el encuentro con Pedro Sánchez. Es un gesto que habla más que cualquier manifiesto firmado en Barcelona. La inclusión de Abascal en su agenda termina de dinamitar el relato gubernamental: la líder de la resistencia venezolana reconoce más compromiso con la libertad en quienes el Ejecutivo tacha de "amenaza" que en un presidente que se apoya en socios que han blanqueado sistemáticamente la dictadura chavista.
La negativa a ver a Sánchez no es un detalle protocolario; es un juicio de valor sobre un mandatario que hoy aparece acorralado por el cerco de la justicia y las investigaciones que salpican a su entorno más íntimo. Para alguien que viene de enfrentar una estructura de poder corrompida y despótica, la foto con un dirigente ávido de protagonismo que utiliza las instituciones del Estado como escudo personal para proteger a su círculo de sospechas de corrupción y delitos graves simplemente no era una opción.
Es aquí donde la incoherencia alcanza su punto álgido. Los mismos líderes que en Barcelona alertaban contra el "deterioro democrático" son los que, por puro interés táctico, han mantenido una ambigüedad moral vergonzosa frente a la tragedia venezolana. El vacío dejado por María Corina Machado en la agenda de Sánchez es la prueba de que no se puede ser paladín de la democracia de lunes a viernes y, el fin de semana, amparar a quienes erosionan el sistema desde dentro. Al final, el desplante a un Sánchez cercado por la degradación institucional recuerda que la democracia no se defiende con proclamas populistas, sino evitando que el poder se convierta en una empresa familiar bajo sospecha.