Lara Cotera, periodista.
El fuego es una reacción, no una sustancia.
Lo sabemos como sabemos tantas cosas cuyas consecuencias intentamos sofocar cuando ya es demasiado tarde, entre reproches inútiles y señalando culpables que, en todo caso, no alivian la dimensión del problema que ya sufrimos.
Este verano, más de 42.000 hectáreas han sido pasto de las llamas en Aragón.
Han ardido montes y campos, han muerto animales, se han desalojado pueblos y faltó muy poco para que las llamas alcanzaran San Juan de la Peña. Lo peor: la pérdida de Javier García Sancho, de 39 años, un cabo de la UME que trabajaba en las labores de extinción del incendio de Riglos.
La experiencia nos enseña que hay incendios imposibles de apagar una vez que alcanzan determinadas dimensiones.
Fue así en agosto de 2025 en Molezuelas de la Carballeda, entre Zamora y León, donde el fuego arrasó decenas de miles de hectáreas; y volvió a ocurrir el pasado mes de julio en la Sierra Oeste de Madrid.
En Estados Unidos llevan décadas estudiando el fenómeno de los megaincendios y los incendios extremos, capaces de generar tal cantidad de energía que pueden modificar las condiciones atmosféricas a su alrededor, multiplicar focos a kilómetros de distancia y superar la capacidad de los mejores dispositivos de extinción.
Yo empecé a entender de qué hablaban hace cuatro veranos.
Por aquel entonces trabajaba en la Delegación del Gobierno de España en Aragón y, en julio de 2022, se desató el incendio de Ateca, que calcinó unas 14.000 hectáreas en la Comunidad de Calatayud. Más de 1.700 personas fueron desalojadas durante días en una batalla sin cuartel contra las llamas, mientras todos los medios parecían insuficientes y el calor hacía que parte del agua descargada por los hidroaviones se evaporase antes de alcanzar el suelo.
Meses después, en enero de 2023, el Gobierno de Aragón de Javier Lambán y la Fundación Felipe González organizaron en Zaragoza el foro El desafío de los grandes incendios forestales. Impactos en el territorio, con técnicos y representantes de varias comunidades autónomas.
Allí se defendió la urgencia de apostar por la ordenación del monte y de respetar el paisaje y el paisanaje, recuperando el papel de las personas que tradicionalmente han vivido y trabajado en el territorio.
Porque el problema no es solo el abandono.
Es también el cambio climático y un territorio cada vez más expuesto a temperaturas extremas y largos periodos de sequía.
La Fundación Felipe González lleva años advirtiendo de que ante los incendios extremos puede llegar un momento en el que los medios convencionales de extinción sean incapaces de controlarlos.
La solución, por tanto, no puede consistir únicamente en mejorar nuestra capacidad para apagar el fuego, sino también en evitar que encuentre paisajes con acumulaciones y continuidades de combustible capaces de alimentar esas intensidades. Lo resumió hace unos días el decano del Colegio de Ingenieros de Montes de Aragón, Ignacio Pérez: «Si no gestionamos nuestros montes, los gestionará el fuego».
Seguir explicando los incendios como un problema estacional es no entender que la tormenta perfecta se está formando durante todo el año porque hemos ido perdiendo buena parte de aquello que podía contenerla.
Un bosque no es un jardín y la solución a los incendios del siglo XXI no consiste en desbrozar España ni en activar patrullas en mayo cuando suben las temperaturas. El problema es bastante más complejo y radica en el cambio climático y en las temperaturas extremas.
Está en la sequía y en el combustible acumulado. En el abandono de actividades agrícolas y ganaderas. En la despoblación. En la necesidad acuciante de diseñar nuestros entornos rurales para conseguir que bosques, cultivos, pastos, aprovechamientos forestales y zonas gestionadas introduzcan discontinuidades capaces de frenar la propagación del fuego.
Se puede invertir casi toda nuestra conversación pública en los medios que llegan cuando comienza el incendio. O podemos preguntarnos cuánto invertimos en las hectáreas que todavía no han ardido.
Y también en dignificar el trabajo de todos los que cuidan, trabajan y habitan el territorio durante los doce meses del año.
Porque quizá la mejor brigada contra incendios sea también un agricultor que cultiva, un ganadero que lleva su rebaño al monte, un forestal que lo gestiona y una familia que decide quedarse en un pueblo.
Y, por supuesto, quienes acuden cuando todo lo anterior no ha sido suficiente: los bomberos forestales y los equipos de extinción que se juegan la vida frente a las llamas y que merecen medios y condiciones laborales a la altura del riesgo que asumen.
Porque podemos seguir esperando a agosto para preguntarnos cómo apagar el fuego. O empezar ahora a preguntarnos qué estamos haciendo con todo lo que todavía no ha ardido.