Francisco Pellicer, Legado Expo.
El incendio de las Peñas de Riglos nos enfrenta de nuevo a una imagen terrible: el fuego avanzando por un paisaje que conocemos, amenazando pueblos, bosques y formas de vida.
Cuando ocurre algo así, la primera pregunta parece inevitable: ¿quién o qué provocó el incendio? La investigación deberá determinarlo. Pero hay otra pregunta, quizá más importante para el futuro: ¿qué paisaje encontró el fuego para poder propagarse de esa manera?
La respuesta nos obliga a retroceder casi un siglo.
A comienzos del XX, España era un país gravemente deforestado. Las talas, las roturaciones, la extracción de leñas y el sobrepastoreo habían dejado extensas superficies desnudas y suelos profundamente erosionados.
Los regeneracionistas comprendieron que aquello no era solamente un problema forestal. Agua, suelo, agricultura y bosque formaban parte de un mismo sistema. Había que regular los ríos, extender los regadíos y recuperar las cabeceras de las cuencas y las laderas degradadas.
En esa tradición se inscribe el Plan General para la Repoblación Forestal de España de 1939, elaborado por los ingenieros de montes Joaquín Ximénez de Embún y Luis Ceballos. Era un proyecto extraordinariamente ambicioso: repoblar unos seis millones de hectáreas en un horizonte de cien años.
Pero hay algo esencial que hemos olvidado: aquel plan no pretendía cubrir España definitivamente de pinos.
Los pinos eran el principio, no el final
En una primera fase se utilizarían especies resistentes capaces de sobrevivir en terrenos muy degradados. Los pinos podían arraigar allí donde otras especies difícilmente lo conseguían. Sujetarían el suelo, reducirían la erosión y crearían unas condiciones que permitirían avanzar después hacia comunidades vegetales más complejas.
Y debía llegar una segunda fase: aclarar aquellas masas, romper su continuidad y favorecer una vegetación más diversa, con encinas, robles, hayas, castaños, alcornoques, enebros y otras especies adecuadas a cada territorio.
Ceballos lo dejó escrito con sorprendente claridad. Había que valerse de los pinos para «reconquistar los dominios del bosque», pero no convertir aquella primera etapa en definitiva. Incluso lanzó una advertencia que hoy resulta estremecedora: una vez cumplida su misión como primeros pobladores, si nos obstinábamos en permanecer en aquel escalón,el fuego se encargaría de ello.
Su idea del bosque tampoco admitía demasiadas dudas:«Un bosque es una comunidad vegetal, no un ejército de árboles».
Un bosque no es un campo de trigo. No es una masa regular de árboles iguales, de la misma edad y aproximadamente la misma altura.
Un bosque contiene especies diferentes, árboles jóvenes y viejos, arbustos, claros, herbáceas, espacios abiertos y zonas húmedas. Es diversidad, discontinuidad y cambio.
Pero aquella transformación quedó muchas veces a mitad de camino. Se realizaron enormes esfuerzos de repoblación, pero numerosas masas permanecieron durante décadas como formaciones relativamente homogéneas.
Y el propio Plan de 1939 advertía contra la tendencia a mantener masas puras y coetáneas de pino por su vulnerabilidad frente a incendios y plagas.
No cometamos ahora otro error simplificando el diagnóstico: el problema no son los pinos. Muchas de aquellas repoblaciones cumplieron una función extraordinaria protegiendo suelos que estaban perdiéndose.
El problema es la homogeneidad y, sobre todo, la continuidad del combustible.
Cuando grandes extensiones están cubiertas por vegetación continua, con abundante matorral y conexión entre los estratos inferiores y las copas, el fuego puede avanzar con enorme intensidad.
La heterogeneidad se lo pone más difícil. Los claros, los pastizales, los cultivos, las zonas húmedas y las masas de diferente estructura introducen discontinuidades.
Esto nos obliga a revisar incluso nuestra imagen idealizada de la naturaleza.
Durante mucho tiempo hemos considerado que el paisaje natural perfecto era un manto continuo de árboles. Cada hectárea cubierta de bosque parecía necesariamente mejor que una hectárea abierta.
Sin embargo, la investigación sobre los paisajes del pasado dibuja escenarios mucho más complejos. En muchos territorios ibéricos coexistieron bosques cerrados y diversos con formaciones abiertas, matorrales y praderas.
El paisaje era un mosaico.
Y aquel mosaico tenía sus constructores. Antes de nosotros, grandes herbívoros —uros, caballos, bisontes y otros animales— consumían vegetación, abrían claros y modificaban constantemente la estructura del territorio.
Después, durante siglos, las sociedades rurales prolongaron parcialmente esa función mediante el pastoreo, los aprovechamientos forestales y una agricultura que ocupaba hasta las tierras más difíciles.
Creamos así un paisaje cultural.
Pero ese sistema se rompió con enorme rapidez. La mecanización hizo inviables muchos pequeños campos. Disminuyó la ganadería extensiva. Se abandonaron pueblos, bancales y aprovechamientos tradicionales.
La producción ganadera se concentró progresivamente en instalaciones intensivas, desconectando al animal del territorio. Donde antes había cultivos, rebaños, claros, caminos y montes aprovechados apareció una cubierta vegetal cada vez más continua.
Y sobre ese nuevo paisaje ha llegado el cambio climático.
Más calor, sequías más intensas y prolongadas y episodios meteorológicos extremos actúan sobre territorios que acumulan grandes cantidades de biomasa. En determinadas situaciones de temperatura, humedad y viento, los incendios alcanzan intensidades ante las que incluso los mejores medios de extinción encuentran enormes dificultades.
Por eso la gran cuestión que plantea Riglos no puede reducirse a disponer de más aviones, más helicópteros o más brigadas. Naturalmente que necesitamos medios de extinción eficaces. Pero los grandes incendios se combaten también mucho antes de que aparezca la primera llama.
Se combaten construyendo paisaje.
Necesitamos bosques maduros, diversos y complejos, capaces de conservar humedad y reducir la velocidad del viento. Pero necesitamos también espacios abiertos, pastizales, cultivos, matorrales gestionados y discontinuidades.
Necesitamos recuperar la ganadería extensiva y estudiar seriamente el papel que los grandes herbívoros, domésticos, salvajes o semisalvajes, pueden desempeñar en determinados territorios.
Necesitamos, en definitiva, volver a pensar el monte no como una superficie que debe cubrirse enteramente de árboles, sino como un sistema vivo.
Quizá sea hora de recuperar aquella intuición de Ceballos y llevarla más lejos de lo que pudieron hacerlo quienes comenzaron las grandes repoblaciones del siglo XX.
No se trata de volver a 1939. Se trata precisamente de continuar desde allí con todo lo que hemos aprendido después.
Pasar de la repoblación al bosque; de la masa uniforme a la diversidad; del bosque continuo al mosaico; de contar árboles a comprender ecosistemas; de esperar al incendio a gestionar el territorio antes de que arda.
El fuego siempre formará parte de nuestros ecosistemas. Lo que no podemos permitir es quesea el único ingeniero capaz de abrir el paisaje.
Cuando finalmente se extinga el incendio de las Peñas de Riglos tendremos que reparar daños y ayudar a quienes los hayan sufrido. Pero después llegará una tarea mucho más larga.
No reconstruyamos simplemente el paisaje que ardió.
Construyamos el paisaje que queremos que encuentre el próximo fuego.
Francisco Pellicer
Geógrafo. Universidad de Zaragoza