Vidas ejemplares

La RAE hace una peineta a Barei (y dos al inglés)

¡Guerra al anglicismo! Los académicos lanzan una campaña contra la invasión y mezcla de los extranjerismos. Dicen que ocultan la verdad. ¿Qué tal una contra la 'neolengua' de los políticos? 

Ilustración: Javier Muñoz / Sergio Bermejo. Imagen original: Reuters

Ilustración: Javier Muñoz / Sergio Bermejo. Imagen original: Reuters

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Los académicos han encontrado un nuevo enemigo: la lengua de Shakespeare. Cuando todo apuntaba a que la calma chicha había hecho de ellos cerámica decorativa, los académicos han roto con su alma de Lladró. Deben ser las fuerzas renovadas del castillo, la sangre nueva. Los últimos fichajes se aburren en sus sillones, porque son tipos de acción: los geyperman de la lengua, que no soportan el vacío de las decenas de bolsillos de sus chalecos camel. Ya saben, cuando el académico no tiene nada que hacer, mata moscas con el rabo.

Desde aquí se puede ver a los académicos en pie de guerra, las bengalas están calientes y las pancartas recién pintadas

Ha llegado la hora de las tortas a la RAE y le van a sacudir muy fuerte a la lengua de Shakespeare, para que no levante cabeza. Ellos, siempre en la vanguardia, gritan contra el inglés, claman “contra los anglicismos con sus propias armas”. Han lanzado una campaña de publicidad “cuyo objetivo es demostrar los grandes malentendidos que el uso desmedido del inglés en la publicidad provoca en el consumidor”, ha señalado esta semana el director creativo de una empresa de publicidad que les ha diseñado la campaña.

Ambiente panathinaikos en las inmediaciones del Ritz. Desde aquí se puede ver a los académicos en pie de guerra, las bengalas están calientes y las pancartas recién pintadas: “¡El extranjerismo bueno es el extranjerismo muerto!”; “¡Fuera la lengua invasora, viva la castiza!”; “¡Menos cool, más frescos!”; “¡Menos cool, más cultos!”; “¡Llevaos vuestras hamburguesas, dejadnos las torrijas!”; “¡No tengo un email, tengo una carta!”; “¡Arriba España, abajo el Plan Marshall!”; “¡Muerte al mal, muerte al capital!”; “¡El anglicismo está pocho!”; “¡No en mi nombre: contra el pádel, el tenis y el fútbol!”; “¡Aquí no somos light!”; “¡Ni happy!”; “¡España ya no es chic!”; “¡El anglicismo no está OK, está KO!”. Desde hace tres o cuatro jueves las reuniones de los sabios de la lengua acaban arriba, en jaleo con vuvuzela: “¡¡Este partido lo vamos a ganar!! ¡¡Este partido lo vamos a ganar!!”.

Dámaso Alonso, director de la Academia en los sesenta, decía que entre el purismo y la unidad, había que elegir a la última

La discusión sobre la impureza de los términos extranjeros al mezclarse con la raza lingüística castellana no es nueva. Dámaso Alonso, director de la Academia en los sesenta, decía que entre el purismo y la unidad, había que elegir a la última. “El purismo es inoportuno”, aclaraba hace medio siglo para envejecer a sus actuales herederos en posturas apocalípticas: el anglicismo invade la lengua española, desplaza la lengua española, aniquila la lengua española, corrompe la…

En pleno subidón nacionalista lingüístico, Barei se lo monta en inglés en Eurovisión. Inaceptable: “Se nos quiso vender que uno de los problemas para ganar Eurovisión era que no se cantaba en inglés. Se cantó en inglés, en un inglés, además, de aquella manera. Y el resultado ya hemos visto cuál ha sido. No sé cuál será la siguiente ocurrencia para intentar ganar el famoso certamen”. Las comillas son del director de la RAE, Darío Villanueva, que se la tenía guardada a la cantante

Racismo y clasismo

El purismo es inoportuno porque en el poso del discurso antianglicista cuece el racismo y el clasismo: desde la Academia y afines se defiende que los anglicismos entran en el español porque los hablantes son descuidados, poco cultos, pedantes, catetos, “suicidas culturales”, despreocupados. Gracias a la globalización y a internet, la defensa de la pureza se ha encabritado y exigen combatir al colonialismo léxico para impedir que el futuro sea una aldea global de cyborgs sin cultura propia ni diversidad. Van a arrasar con nuestra identidad. Es una dramática dependencia cultural y lingüística que los defensores de la lengua desde hace tres siglos no pueden permitir.

Medidas contra lo que algunos ya llaman “síndrome Puerto Rico”: primero, la campaña publicitaria en la que quede claro que “lengua madre sólo hay una”; segundo, normativa para instalar arcos detectores de anglicismos en los aeropuertos. Porque generan “malentendidos”, porque no pueden dejar desamparados a esos millones y millones de ciudadanos incultos y catetos a solas con el inglés.

Campaña contra la neolengua 

En uno de estos contra-anuncios que han lanzado se dice que como estaba en inglés no te has enterado de que el perfume que te venden huele a cerdo. En otro, que son gafas de sol “efecto ciego”, es decir, opacas. Por tanto, si el problema no es tanto la adopción de términos en inglés (en el consumo de productos, vaya tapadera), como faltar a la verdad, aquí va la propuesta de una nueva campaña de estas tan cachondas suyas, que corregirá la manipulación del lenguaje para ocultar barbaridades en la gestión de un país.

Queridos académicos, intervengan (si se atreven) en el desaforado interés político por la lengua

Una campaña contra la “neolengua” ya, porque está en juego la dignidad democrática del país. Ya saben que la clase política hace gala de su maestría imaginativa con eufemismos para emborronar la transparencia. Queridos académicos, intervengan (si se atreven) en el desaforado interés político por la lengua con la que se comunican con nosotros. En la nueva lengua que se impone desde el Congreso de los Diputados y aledaños, ya no son “recortes”, son “ajustes”; “asumir la titularidad indirecta” es “nacionalizar Bankia y sus pérdidas”; “cambio de ponderación impositiva” en vez de “subida de impuestos”; “concertinas” sí, “cuchillas” no; no es “crisis” es “desaceleración”; “externalizar los servicios” es “privatizar los servicios”; y una de mis favoritas: “gravamen a activos ocultos”, “amnistía fiscal”. Exitazo asegurado.

Han levantado armas contra las palabras invasoras, que se quedan con todos los parques como las cotorras argentinas. Esas son las palabras que nos traen otras culturas y mantienen fuera de las casillas de la esencia al español. Nos recordó hace meses Carlos Mayoral el enriquecimiento de la mezcla con el extranjero, a ellos les damos las gracias por dejarnos los macarrones, los restaurantes o el álgebra. La lengua es valiente y abierta, no conoce razas ni caduca, y crece con los fallos de todos los que la usan y manosean.

Y mientras idean la campaña para rectificar los intereses de la clase política, qué tal si vamos eliminando las acepciones peyorativas como “trapacero”, vinculada a la estafa y al engaño del término “gitano”.