Vidas ejemplares

Ai Weiwei ha perdido la cabeza

El artista chino ha tropezado con la actualidad y caído de morros en la playa de Lesbos, en la que el único turista es él.

El IPhone de Ai Weiwei es su arma de denuncia...

El IPhone de Ai Weiwei es su arma de denuncia...

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Ay, Weiwei… vaya tortazo. El artista chino que está en todas las salsas se ha estampado contra las piedras de la playa más visitada y con menos turistas de Grecia. En Lesbos quiso hacer algo que obligase al resto del mundo a recapacitar sobre lo que está consintiendo: miseria-guerra-miseria. Así es como ha asumido su trabajo de artista global. Acude allí donde está la tragedia para detener el caudal del río de imágenes, que arrastra el deshielo de la actualidad. Es el elegido para detener el rodillo visual que anestesia los dolores. Sus gestos deberían suponer una reflexión, un poco de arrepentimiento y algo de culpa para el que mira y disimula.

Y hubo un tiempo en que fue así. Aquel artista sin estilo actuaba desde la falsificación al simulacro, denunciando la voracidad capitalista con las tradiciones milenarias de un pueblo artesanal (Sunflowers Seeds, 2009, 100 toneladas de pipas de girasol de porcelana vertidas en la TATE Modern de Londres, hechas y pintadas a mano por 1.600 vecinos de la región de Jingdezhen, famosa por su maestría en la cerámica). Ese tiempo pasó. Ahora ha tropezado y caído de morros en la playa en la que el único turista de Lesbos es él, Ai.

Ai-Weiwei tirado en la playa de Lesbos.

Ai-Weiwei tirado en la playa de Lesbos.

Ahí tumbado, en la misma posición yacente en la que la fotógrafa encontró al pequeño Aylan Kurdi. Un resbalón que le hace pasar del lado de la resistencia y la tradición al de la retórica y la fama. Si su arresto fomentó su conciencia y, sobre todo, su enojo, la libertad le ha llevado al postureo desenfrenado. Cree haber escapado a la censura de China, sin entender que ha caído en la de Occidente. Del espejismo comunista al desierto capitalista, en una transformación radiada al minuto en su cuenta de Instagram.

Vargas Llosa a punto

Su vida se ha convertido en un hashstag y cree resolver la de los demás con uno de ellos. Varios retratos de los cooperantes en Lesbos -y él en el centro de todos- con un cartón en la mano en el que ha escrito “Safe Passage”, “salvoconducto”. “Mi vida y mi obra están unidas”, dijo en septiembre en la multitudinaria rueda de prensa en la Royal Academy of Arts de Londres, donde mostró una retrospectiva de su trabajo y donde aseguró que toda su obra gira en torno a los seres humanos. De todo tipo. Un día le vemos rodeado de una tormenta de fotógrafos que disparan mientras él aprieta su obturador del móvil contra ellos, como devolviéndoles su propia medicina. Otro día está con Paris Hilton haciendo caritas en una exposición sobre él y su vida en Instagram. Cuenta atrás para la foto junto a la Preysler y el dios de la civilización del espectáculo, Vargas Llosa.

Su IPhone es su arma de denuncia, pero no tiene conectada la alarma que le avisa de que va a la deriva

Deja el hotel con enchufes en el baño lacados en oro y aterriza en la isla de los desesperados. Retrata a los recién llegados, a los cientos de recién llegados, empapados, doloridos, rotos en mil pedazos. Pone filtro blanco y negro, porque el color es para la otra parte de su vida, la del Tour de la Vanidad. Además, en el color nunca hay suficiente drama. Se hace un Carlosherrera junto a las montañas de chalecos naranjas (a color) y selfie con Óscar de Proactiva (el héroe del que habló Mariagela Paone en este periódico). Sí, su vida es su mejor obra.

El artista chino blandiendo una manta térmica.

El artista chino blandiendo una manta térmica.

Unas jornadas antes le vemos montando unas figuras de papel gigantes en París. Ancestrales, chinas. La tradición ya no es resistencia, sino decoración. La transformación de Weiwei ha descubierto que en el corazón de la cerámica ancestral china latía una figurita hortera de Lladró. Las figuras de papel cuelgan del techo del hueco de la escalera de las galerías comerciales de lujo de Le Bon Marché Rive Gauche. Weiwei es el toque exótico perfecto para los perfumes a 1.000. Posa ante los medios franceses para presentar todo aquello y saca su dedito y les dedica una peineta de lo más rebelde. Forma parte de la liga de los inconformistas de sudadera con “Merde” estampada para recoger los 600.000 euros del Planeta. Antes pasó por un programa de televisión, donde se hizo fotito junto con Rachida Dati, exministra de Justicia con Sarkozy y eurodiputada desde entonces.

No se reconoce como artista chino, sino como alguien que trabaja sobre los problemas globales y está conectado al resto del mundo. Su IPhone es su arma de denuncia, pero no tiene conectada la alarma que le avisa de que va a la deriva, convertido en un blockbuster, un taquillazo del que todos esperan la nueva genialidad comprometida para aplaudirla desde sus sofás. Es el amansador de conciencias, la cuota de resistencia que el sistema permite para mantener el Statu Quo a refugio.

Política censora 

El artista estuvo retenido por el gobierno chino durante cuatro años, le retiraron el pasaporte, montó cien exposiciones sin salir de casa y concedió cerca de 30 entrevistas a medios de todo el planeta. “No funcionó porque hice que todo el mundo entendiera que China, aunque es tan rica y poderosa, no permite a un artista disfrutar de su derecho a la libertad de expresión”, ha dicho en el documental que se pasó hace dos años en la sobresaliente exposición que le dedicó el CAAC de Sevilla, en la Cartuja de Miraflores.

Ni representa la crisis de la inmigración, ni el pasotismo de las autoridades ante la tragedia siria, ni la desesperanza, ni la huida, ni la muerte

“Paso la mayoría de mi tiempo en Twitter. Me siento muy orgulloso de ello, porque quiere decir que todos mis esfuerzos son valorados y siento que soy parte de su voz. Creo que de esta voz renacerá la nueva China”. Sigue viviendo en Twitter, sigue enredado. Para el propietario de la feria de arte de la India donde se expondrá su última creación, la foto de Ai Weiwei “muerto” en Lesbos, en blanco y negro, “es una imagen icónica, profundamente política y humana, y en ella se implica un artista tan increíblemente como Ai Weiwei”.

Lo que no dice es que es una charlotada que ni representa la crisis de la inmigración, ni el pasotismo de las autoridades ante la tragedia siria, ni la desesperanza, ni la huida, ni la muerte. Tampoco dice el responsable de vender su feria y su imagen que es una de las imágenes con menos capacidad metafórica de los últimos tiempos: sólo representa lo que se ve, a Ai Weiwei fuera de foco.