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A los pies de las Montañas Celestiales —así se conoce popularmente a la cordillera Tian Shan— la ciudad de Almaty se alza, imponente y poderosa, sabiendo que en sus calles late el verdadero corazón de Kazajistán.

No en vano, esta urbe cosmopolita y rebosante de vida fue, hasta 1998 —después se trasladaría a Astaná, más al norte—, la capital del que es el noveno país más grande del mundo. Una de aquellas potencias que formaron parte de la antigua URSS.

Por eso, recorrer las enormes avenidas de Almaty es impregnarse de la esencia soviética que aún se respira en sus plazas y monumentos, en sus edificios de corte comunista y en sus negocios.

La ciudad ha sabido reinventarse sin renunciar a su identidad mestiza, por eso es fácil comprobar cómo aquí conviven tradiciones nómadas, herencias rusas y una nueva generación que mira hacia Europa y Asia con la misma naturalidad.

La Catedral de la Ascensión en Almaty.

La Catedral de la Ascensión en Almaty. iStock

Un primer contacto

Un buen lugar para entender el pasado, y que puede ser perfecto para arrancar esta ruta, es el Monumento a la Independencia, en la Plaza de la República. En total, 28 metros de columna, ni más ni menos, se levantan sosteniendo la escultura de un guerrero saka y frente a la que se encuentra otro de los espacios más destacables de la ciudad: el Palacio Presidencial, en cuyas entrañas siguen estando las oficinas gubernamentales.

Tras la visita, es hora de caminar. De recorrer las inmensas avenidas de una ciudad que, lo mismo que defienden su pasado, miran hacia el futuro con ganas y energía.

Lo vemos reflejado en la infinidad de negocios de restauración que aparecen a nuestro paso: si hay una afición común entre los kazajos es la de sentarse en una terraza a tomar café. Nos unimos al pasatiempo nacional —un café rápido en Urban Coffee, en la avenida Satpaev, no está de más— y continuamos hasta alcanzar el Parque de los Héroes de Panfilov, ideal para tomarle el pulso a Almaty. Parterres repletos de flores y senderos entre jardines nos permiten contemplar las escenas más cotidianas.

Subimos en teleférico al parque de atracciones que está en la montaña de Almaty.

Subimos en teleférico al parque de atracciones que está en la montaña de Almaty. iStock

Aquí se halla la maravillosa Catedral de la Ascensión: su belleza es tal que acabamos fotografiando hasta el último rincón de su fachada multicolor.

De estilo de la época zarista, fue construida con madera de abeto azul sin que para ello se utilizara —o al menos, eso dicen– ni un solo clavo. Muy cerca, la Plaza de la Victoria, un homenaje a los caídos en guerra, aporta el toque de solemnidad a nuestra ruta.

Un mercado, una mezquita y las mejores vistas

Estamos de suerte: la hora de almorzar nos pilla a dos pasos del Green Bazar, donde el ir y venir de los vecinos alimenta la escena. Los puestos bullen de actividad, los tenderos anuncian a voz en grito su género, y vemos la oportunidad de hacernos con algunos de los productos más tradicionales: enseguida añadimos a la mochila frutos secos y especias.

Aprovechamos también para probar los kummys, unas bolitas elaboradas con leche de yegua fermentada de sabor muy peculiar.

Para rematar, saciamos el apetito sentados a la mesa de uno de los bares del mercado: si hay un lugar auténtico donde probar los sabores kazajos —olvidándonos, eso sí, de lujos—, es aquí.

Edificios de estilo soviético de Almaty, la antigua capital kazaja.

Edificios de estilo soviético de Almaty, la antigua capital kazaja. iStock

Nos acercamos hasta la vecina Mezquita Central de Almaty, construida a comienzos de los años 90. Con capacidad hasta para 7.000 fieles. Los no musulmanes no pueden acceder al interior, pero sí que pueden contemplar su bella fachada decorada en mármol blanco y coronada por cinco minaretes. Su cúpula dorada le otorga toda la majestuosidad.

Se acerca el atardecer y existe un lugar de lo más inspirador para disfrutarlo: subimos al teleférico que conecta, en apenas unos minutos, el centro de la ciudad con la vecina colina de Kok Tobé, a 1110 metros de altura y localización del parque de atracciones de la ciudad y de la llamativa torre de telecomunicaciones.

También hay, junto al mirador, una inesperada escultura de los Beatles que hay que inmortalizar. Después de contemplar la puesta de sol, con los tejados de Almaty a nuestros pies y el cielo transformado de mil y un colores, regresamos al centro de la ciudad para cenar en uno de sus múltiples restaurantes de cocina rusa. Gosti, que ocupa una deslumbrante mansión del siglo XIX, es uno de ellos.

El Almaty Lake, cerca de la ciudad.

El Almaty Lake, cerca de la ciudad. iStock

Más allá de la ciudad

La última media jornada en la antigua capital kazaja la dedicamos a explorar el inmenso Parque del Presidente, cuya enorme columnata semicircular sirve de puerta de entrada a las zonas ajardinadas y senderos que se despliegan a lo largo de 73 hectáreas.

Aunque si el cuerpo nos pide más acción, nada como abrigarnos bien y acercarnos hasta la estación de esquí de Shymbulak, a cuya base es posible llegar en autobús urbano. Tras volvernos a montar en teleférico subimos, esta vez, hasta los 3300 metros de altura, donde el viento gélido no tarda en impactar en nuestro rostro, no importa si es invierno o verano.

Contemplar las imponentes montañas desde tan cerca es realmente fascinante, aunque comparable con la delicia de disfrutar de una ruta senderista por el cercano Almaty Lake. A una hora de carretera, solo por admirar el contraste entre las cimas de las montañas nevadas y sus límpidas aguas de color turquesa, vale la pena la excursión.