Ada Colau con 12 años.

Ada Colau con 12 años. Instagram

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El mito de la infancia de penurias de Ada Colau en El Guinardó: piscina, juegos en la calle y un instituto de pago

Las declaraciones virales de la líder del Frente Amplio, donde aseguraba haber pasado hambre y rozar el desahucio, contrastan con los testimonios de su entorno: una niñez de clase media, ordinaria y lejos de la exclusión social.

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Mientras Ada Colau se asoma de nuevo a la primera línea política nacional, el relato sobre las supuestas penurias de su pasado ha vuelto a emerger.

El próximo 29 de noviembre de 2026, la exalcaldesa encabezará la lista por Barcelona del Frente Amplio a la presidencia del Gobierno.

Con su regreso al escaparate, también ha vuelto al escrutinio público el relato de sus orígenes y su vida personal.

Recientemente, en pleno apogeo de las movilizaciones por la vivienda y en la eclosión del caso Maricarmen, Colau hizo público que compartía piso a sus 52 años.

Esto, a pesar de su etapa de ocho años al frente del consistorio de la segunda ciudad del país, con un sueldo oficial de 100.000 euros anuales que alegó reducir por un código ético autoimpuesto.

Aun así, Colau percibía en su segundo mandato 3.100 euros netos mensuales en 14 pagas, y el excedente lo destinaba a "proyectos sociales", aunque de su propio partido.

Sea como fuere, esto no ha impedido que Colau haya usado su situación habitacional para reforzar un perfil de ciudadana de a pie, alejada de los privilegios de la casta política y de los "rentistas".

Esta imagen conecta directamente con una narrativa autobiográfica que Colau ha cultivado durante años: la de un pasado marcado por la precariedad extrema, dibujando una niñez casi dickensiana.

Familia inmigrante

"Hubo un momento en el que no había ni para comer. Cada mes peleábamos para no ser desahuciados".

Las declaraciones no son nuevas, sino que datan del 28 de julio de 2018 en una entrevista en el programa Por el principio de la Cadena SER. Pero se han vuelto a viralizar recientemente en redes sociales.

En aquella entrevista, a micrófono cerrado, Colau relató una severa crisis familiar: "Cayeron los ingresos en picado, se tuvo que malvender la casa y hubo meses que no llegábamos a final de mes", dijo entonces.

La activista habló de una "segunda infancia muy dura", de unos padres que tenían que pedir ayuda a otros familiares para subsistir y de una angustia constante por perder el techo.

Sin embargo, los testimonios de quienes compartieron aceras, pupitres y juegos con ella en la Barcelona de los 80 y 90 dibujan un cuadro muy distinto, en el que no hay rastro de hambre ni riesgo de exclusión social.

Lo que aflora en sus relatos es la vida rutinaria de una familia de clase media en un barrio de clase trabajadora pero próspero, con acceso a educación privada en la zona alta de la capital catalana.

Ada Colau, izquierda, junto a tres de sus hermanos.

Ada Colau, izquierda, junto a tres de sus hermanos. Redes sociales

Para entender la verdadera infancia de Ada Colau Ballano hay que remontarse a sus raíces. Nació en Barcelona el 3 de marzo de 1974. Su entorno familiar original está marcado por la migración rural a la gran ciudad, un fenómeno común en la época.

Sus abuelos paternos eran pastores originarios de Güel, un pequeño pueblo de la provincia de Huesca. Los maternos procedían de Almazán, en Soria.

Las dos ramas emigraron a Barcelona escapando de la pobreza de la posguerra. Su abuela trabajó como interna en una casa acomodada y su abuelo ejerció de chófer, ambos guiados por el sueño de dar un futuro mejor a sus hijos.

Fruto de ese esfuerzo, los padres de Ada lograron un estatus muy distinto.

Su padre, Ramón Colau Rami, desarrolló su carrera como diseñador gráfico y publicista. Su madre, Agustina 'Tina' Ballano Bernal, trabajaba como comercial.

Colau siempre ha definido a sus padres como "hippies"; jóvenes con un espíritu libre, alejados de las convenciones de la familia tradicional de la España de los años 70.

Vida en El Guinardó

La estabilidad del núcleo familiar original se truncó pronto. Cuando Ada tenía apenas tres años, sus padres se separaron.

Por aquel entonces, la familia se había trasladado a Madrid debido a una oportunidad laboral de Ramón Colau. Tras la ruptura, Tina Ballano decidió regresar con su hija a Barcelona mientras que el padre permaneció en la capital.

"Fue duro, fue duro, sí, sí, no fue sencillo", reconocería Colau años más tarde en la entrevista de la Cadena SER.

La distancia física marcó esos primeros años. Su padre intentaba compensar la ausencia enviándole cartas con dibujos y libros desde Madrid.

El refugio de la pequeña Ada fue el barrio barcelonés de Horta-Guinardó, concretamente, la calle Rubió i Ors. Allí pasó sus primeros años y gran parte de su juventud. Era un entorno que ella misma ha descrito como un "barrio con mucha inmigración", honrando así la memoria de sus abuelos.

El núcleo familiar se expandió rápidamente cuando su madre rehizo su vida.

"Soy hija única de mi padre y mi madre, pero tengo un montón de hermanos y hermanas porque mi madre enseguida se juntó con su actual compañero", explicaba Colau.

Creció en una familia con cinco hermanos no biológicos, una estructura poco convencional para la época.

Es precisamente en las calles del Guinardó donde el relato del desahucio y el hambre choca frontalmente con la memoria vecinal.

Àlex, una vecina de su misma edad, nacida también en 1974 y compañera de juegos infantiles, desmonta la imagen de marginalidad.

"Era una niña normal con una familia normal. En la calle Rubió i Ors no había ningún piso barato de alquiler o cutre", relata esta antigua residente, aunque aclara que desconoce las circunstancias privadas de la familia.

"Había casitas y pisos recién hechos. Era como un pueblecito donde todos nos conocíamos y la media de las familias tiraba más a buena que a mala", añade.

Lejos de la amenaza de los avisos de desahucio, el entorno de Colau disfrutaba de las rutinas de la clase media trabajadora de los 80. Por las mañanas, durante los veranos, las niñas del barrio iban a la piscina. Por las tardes, jugaban a las canicas, a la goma o a polis y cacos.

El epicentro de estos juegos era la conocida como Placeta Rosa, una plazoleta ubicada en el cruce de las calles Rubió i Ors y Garrotxa (cuyo nombre oficial es el de Plaça de Carles Cardó Sanjuan).

"Lo que te puedo decir es que era una niña que iba limpia, no iba descuidada", asegura esta antigua vecina.

Ada Colau, como activista de la PAH.

Ada Colau, como activista de la PAH. EFE

Los residentes tampoco recuerdan ninguna tragedia inmobiliaria en aquel entorno: "No recuerdo, en todos aquellos años, que hubiera ningún desahucio en el barrio ni ninguna familia pasándolas canutas", subraya Àlex.

Lo que sí rememoran es a una joven Ada disfrutando de los locales de la zona. "En su calle había un bar que se llamaba La Colla, y la recuerdo allí haciendo el vermut, y también en La Gamba. De pasar hambre, nada de nada".

A nivel personal, la joven Ada no destacaba por su extroversión. "No era la más popular del grupo, tampoco era especialmente simpática ni de las más graciosas. Era un poco introvertida tal vez", detalla Àlex, su excompañera de juegos.

La propia Colau ha confesado en alguna ocasión que solía sentirse "la rarita de clase", debido, en gran parte, al estilo de vida alternativo de su familia, que chocaba con el ecosistema de la época.

Ese carácter retraído encontraba consuelo en los libros. Uno de los regalos que más ilusión le hizo, según ha confesado, fue un diccionario enciclopédico Larousse que había pedido a los Reyes Magos.

Disfrutaba leyéndolo como si fuera una novela, descubriendo términos nuevos y subrayándolos, lo que moldeó sus sueños infantiles: llegó a imaginarse trabajando como escritora o como detective privado.

Academia Febrer

La narrativa de escasez contrasta también con la educación que recibió la exalcaldesa. De niña, al contrario que sus vecinos, no pisó las escuelas públicas de su zona, según refieren los residentes consultados.

Sus primeros pasos educativos los dio en un colegio del acomodado barrio de Sarrià-Sant Gervasi. Posteriormente, culminaría su etapa escolar cursando el Curso de Orientación Universitaria (COU) en la Academia Febrer, una institución de pago con un marcado perfil de clase media-alta.

Neus Torbisco-Casals, profesora universitaria que coincidió como alumna en la misma academia, relata las incongruencias entre la narrativa de la exalcaldesa y la realidad de aquellas aulas.

En un hilo de X, Torbisco cuenta que llegó de un colegio público de Igualada a la Academia Febrer casi por accidente y el choque fue inmediato: "Viniendo de comarcas y del instituto público, aquel ambiente me pareció bastante posh upper Diagonal", recuerda, utilizando el argot barcelonés para la élite acomodada.

"Mi impresión era que predominaban los alumnos de clase media-alta. Y, por descontado, era una escuela de pago", insiste.

El nivel académico del centro, además, arroja dudas sobre la exigencia de esta educación privada.

"En Igualada sacaba buenas notas, pero en la Academia Febrer acabé el COU con todo excelentes", prosigue Torbisco. "No porque me hubiera vuelto más brillante de golpe, sino porque el nivel era sensiblemente inferior al de mi instituto público, o se calificaba al alza".

"Me cuesta mucho conciliar el recuerdo que tengo de aquella escuela, de su coste y de su ambiente social con el relato de las dificultades económicas de la familia de Ada Colau", reflexiona Torbisco, quien concluye: "Tampoco sirvió de mucho, ya que no acabó nunca la carrera ni parece haber recibido ninguna otra formación".

Tras su paso por la Academia Febrer, el perfil contestatario de Colau comenzó a cristalizar.

En 1990, siendo delegada de curso, se involucró en sus primeras movilizaciones estudiantiles participando en las marchas contra la primera Guerra del Golfo.

Después, ingresaría en la Universidad de Barcelona para estudiar Filosofía y cursaría un Erasmus en Milán —una estancia académica que en los años 90 no era accesible para rentas bajas—, abandonando la carrera a falta de 30 créditos para licenciarse.

Con el tiempo, Colau se mudaría a otros barrios de la ciudad, como Congrés, Ciutat Vella y Sagrada Familia.

Lo que nunca abandonó fueron las visitas a sus abuelos los fines de semana, lo cual formó su conciencia de clase al estar "atravesadas por el hambre que habían conocido".

Mientras su futuro político se decide en los despachos de la izquierda, Colau no ha dudado en apelar a aquella niña que sobrevivía al borde del precipicio económico.

Pero en las calles del Guinardó y en los pasillos de la Academia Febrer, quienes la conocieron devuelven el reflejo de una infancia mucho más ordinaria, protegida y acomodada de lo que la épica política está dispuesta a admitir.

Una vida de colegios privados y de Reyes Magos. En definitiva, una infancia muy barcelonesa de los 80, pero en absoluto dickensiana.