En la foto de la izquierda, Baldomero Nicolás-Correa y Jesús Barragán, los fundadores; en la del centro, José Ignacio Nicolás-Correa, de la segunda generación; y, en la de la derecha, Jaime y Bibiana Nicolás-Correa, de la tercera.

En la foto de la izquierda, Baldomero Nicolás-Correa y Jesús Barragán, los fundadores; en la del centro, José Ignacio Nicolás-Correa, de la segunda generación; y, en la de la derecha, Jaime y Bibiana Nicolás-Correa, de la tercera. Cedidas

Reportajes

El imperio de la familia Nicolás-Correa, 3 generaciones creando las fresadoras más importantes de España: "Facturamos 121 M"

En 1947, Baldomero Nicolás‑Correa inició una pequeña empresa en Eibar, que pronto se trasladó a Burgos. Hoy, el Grupo Correa está presidido por su nieta Bibiana y está presente en más de 20 países.

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1947. En una España que vivía en la posguerra, Baldomero Nicolás‑Correa, el hijo de unos agricultores de Seseña (Toledo), se empeñó en convertirse en industrial y abrió un pequeño taller de fresadoras y herramientas en Eibar (Guipúzcoa).

Lo hizo de la mano de su cuñado, el técnico Jesús Barragán, con una plantilla de una docena de personas y un objetivo humilde pero ambicioso: fabricar “máquinas para hacer máquinas” en un país con casi nula tradición en máquina‑herramienta.

Ese fue el germen de Nicolás Correa, una empresa multinacional que fabrica algunas de las fresadoras más importantes del mundo desde Burgos y que, desde hace tres generaciones, ha sido liderada por la familia Nicolás‑Correa.

Baldomero Nicolás-Correa, en una feria en los años 50.

Baldomero Nicolás-Correa, en una feria en los años 50. Cedida

Hoy, 78 años después de aquellos inicios, este imperio de las fresadorasfactura 121 millones de euros”, como explica a EL ESPAÑOL Bibiana Nicolás‑Correa, tercera generación de la familia y actual presidenta del Grupo Correa.

Este grupo, pese a su tamaño y a ser el único de este sector que cotiza en bolsa, sigue teniendo un profundo carácter familiar en el que los nietos del fundador empezaron, como él, desde abajo.

“En mi caso, la primera experiencia que tuve con el Grupo Correa fue a los 16 años. Tuve que estar sirviendo cafés en una feria a la que asistimos”, recuerda la presidenta.

Los orígenes de la empresa

Cuando Baldomero Nicolás‑Correa abrió la pequeña empresa, empezó a mirar mucho más allá del valle guipuzcoano: admiraba la tecnología y la calidad de la firma suiza Oerlikon “y no dudó en escribir una carta al responsable de aquella fábrica”, cuenta su nieta Bibiana.

La respuesta cambió la historia de la empresa. El industrial suizo le invitó a visitar la planta y, cuando vio a aquel español pasear una hora antes de la cita delante de la puerta, le soltó una frase que quedó grabada en la saga familiar: “A mí me habían dicho que los españoles eran impuntuales y le llevo una hora viendo pasear por delante de la fábrica. Usted y yo vamos a hacer grandes negocios”.

De esa visita, en 1954, nació un acuerdo con Oerlikon para fabricar máquinas bajo licencia y marca suiza, que obligó a Correa a adoptar controles de calidad muy exigentes y la empujó definitivamente a la exportación.

Cuando se fundó la empresa con 12 empleados, salían de Eibar apenas cuatro fresadoras al año; en 1955 la plantilla ya superaba las 40 personas y las previsiones de facturación rondaban los 12 millones de pesetas.

Las fachada de Nicolás Correa.

Las fachada de Nicolás Correa. Cedida

La vocación internacional se concretó pronto: la compañía participó en la Feria Internacional de Esmirna (Turquía) en 1954 y exportó sus primeras máquinas a Chile, una anomalía para una firma española de la época.

Burgos, el mapamundi y la fábrica entre ovejas

El crecimiento acabó por desbordar el taller de Eibar. A comienzos de los años 60, cuando la plantilla ya rozaba los 200 trabajadores, la empresa se encontró sin espacio para fabricar las fresadoras de mayor tamaño que exigía el mercado.

Baldomero, “inquieto y viajero”, como lo describe Bibiana, descubrió en Burgos la oportunidad de los nuevos Polos de Promoción Industrial y vio allí una ventaja doble: suelo barato y un vivero de formación profesional capaz de proveer mano de obra cualificada.

En 1962, el Ayuntamiento de Burgos le concedió más de 100.000 metros cuadrados de terreno subvencionado para levantar la nueva factoría. Tres años después, en 1965, la firma inauguró la primera gran planta burgalesa, la que hoy muchos recuerdan en las fotos aéreas como una isla industrial rodeada de ovejas pastando alrededor.

Nicolás Correa fue la primera empresa en llegar a aquel nuevo Burgos que emergía como capital industrial de Castilla”, dice la presidenta de la multinacional.

Baldomero Nicolás-Correa, viajando en 1974.

Baldomero Nicolás-Correa, viajando en 1974. Cedida

En la década de los 70 con José Ignacio Nicolás‑Correa ya incorporado en la empresa de su padre como responsable de exportación, se consolidó también una forma de entender la internacionalización que marcaría a la familia.

Bibiana Nicolás‑Correa, durante la conversación con este diario, recupera una de las escenas clave: “En una ocasión estaban en una reunión mi abuelo y mi padre con otras personas de la empresa discutiendo sobre en qué mercados había que vender. Mi abuelo bajó a la calle Gran Vía, compró un mapamundi y volvió a la reunión. Puso el mapamundi en la pared y dijo: 'Este es el mercado'”.

La anécdota, fechada en los años 70, se convirtió en una hoja de ruta. A finales de esa década, el 80% de la facturación ya se dirigía a los países más industrializados del mundo

José Ignacio y la consolidación

El relevo de la primera a la segunda generación llegó por desgracia de forma abrupta. Baldomero falleció a principios de los años 80 y, en torno a 1984, su hijo José Ignacio, que llevaba ya unos 15 años en la compañía, asumió la presidencia y la dirección ejecutiva. “Fue más por un fallecimiento que por una transición planificada”, admite Bibiana.

José Ignacio había estudiado Derecho en la Complutense, pero se curtió como responsable de exportación, viajando sin descanso por todo el mundo mientras sus hijos crecían viéndole más en aeropuertos que en el salón de casa.

Fue él quien consolidó la vocación global heredada de Baldomero y quien dio algunos de los pasos más arriesgados.

Un joven José Ignacio Nicolás-Correa, de la segunda generación y expresidente del grupo, posando con un máquina.

Un joven José Ignacio Nicolás-Correa, de la segunda generación y expresidente del grupo, posando con un máquina. Cedida

En mayo de 1989, Nicolás Correa debutó en el parqué de Madrid, y poco después en la Bolsa de Bilbao, convirtiéndose en la única compañía del sector de la máquina‑herramienta cotizada en España, un estatus que mantiene hoy.

Aquella operación inyectó capital para financiar una estrategia largamente pensada: fresadoras más grandes y sofisticadas, diversificación moderada y un salto decidido en innovación.

En paralelo, José Ignacio impulsó la gran apuesta tecnológica de la casa. En los 90 nacieron la primera fresadora puente de la compañía, la gama FP, que la colocó como referencia europea en ese tipo de máquina, y el primer cabezal de dos ejes continuos, capaz de mecanizar piezas de geometría compleja para sectores como el aeronáutico o el de defensa. ​

De aquella ola de innovación y crecimiento surgió el actual Grupo Correa. En 2001 se formalizó una estructura que en la práctica ya existía: una matriz –Nicolás Correa, S.A.– y un conjunto de filiales industriales especializadas que permitían controlar etapas clave de la cadena de valor.

Bibiana y la tercera generación

Hoy, en el despacho principal de la sede burgalesa del grupo se sienta Bibiana Nicolás‑Correa (Madrid, 1977) como presidenta.

Lidera en la actualidad el consejo de administración con una fotografía clara en la cabeza: ella misma, con 16 años, sirviendo Coca‑Colas y cafés en una feria de máquina‑herramienta en Bilbao. De servir cafés a presidir una multinacional.

Ese contacto temprano con la empresa no fue casualidad. “Lo que tiene la empresa familiar es que nosotros vivimos la empresa en casa: los domingos toda la vida se ha hablado del Grupo Correa, de cosas buenas, preocupaciones, ideas…”, explica.

Mientras sus padres hablaban de mercados y pedidos, ella encadenaba veranos en Inglaterra, Alemania o Suiza aprendiendo idiomas, y cursaba Empresariales (ADE) en CUNEF, con prácticas en un banco de inversión estadounidense en España y en Nueva York.

Tras tres años y medio en consultoría estratégica en KPMG, su padre la fichó en 2003 para incorporarse al grupo. Desde entonces ha pasado por distintos roles en varias sociedades, entró en el consejo en 2015, fue nombrada vicepresidenta en 2023 y asumió la presidencia en 2024, tras el fallecimiento de José Ignacio.

“Me siento súper orgullosa de ser la tercera generación”, confiesa. “Mi reto es dejarles a mis hijos y a mis sobrinos una empresa más grande y, sobre todo, una empresa de la que se sientan orgullosos”.

Carmen Pinto (i.), CEO, junto a Bibiana (c.) y José Ignacio Nicolás-Correa, hace unos años.

Carmen Pinto (i.), CEO, junto a Bibiana (c.) y José Ignacio Nicolás-Correa, hace unos años. Cedida

Pese a todo, no está sola. Su hermano Jaime, nacido en 1980 y también madrileño, estudió Empresariales, pasó 15 años en Estados Unidos como director comercial de la filial americana del grupo y se incorporó al consejo en 2024.

Las otras ramas de la familia siguen presentes: una de sus tías, Ana Nicolás‑Correa, abogada de larga trayectoria, es accionista, consejera y secretaria del consejo.

Y ahora la idea es seguir mirando hacia el futuro sin descuidar el presente. La cuarta generación ya escucha hablar de fresadoras en la mesa del comedor. Bibiana tiene tres hijos: Inés –20 años, estudiante de Medicina–, Juan –19, Ingeniería Agroambiental– y Pepe, de 15.

Su hermano tiene tres más: Sofía (13), Tristán (11) y Mateo (10). Todos ellos, si quieren, podrán firmar el futuro de Nicolás Correa “pero nada será gratis, sólo si lo merecen”, sostiene Bibiana.

Este año, por ejemplo, Juan la acompañará a la feria de Shanghái para hacer, literalmente, lo mismo que hizo ella con 16 años: “Se va a venir conmigo a la próxima feria de Shanghái en abril para llevarme el ordenador y poner cafés”, dice. “Por ahora no puede hacer más que cafés, pero bueno, que ponga cafés, que ya está bien”.

Que los hijos hayan crecido escuchando hablar de Correa no significa, advierte Bibiana, que tengan la puerta de la empresa abierta por derecho de sangre. “Ellos saben que esto no es ningún derecho”, subraya.

“Si Dios quiere, el día de mañana serán accionistas de Nicolás Correa, pero eso no les supone que vayan a tener que ser ejecutivos, ni mucho menos, desde luego si no se lo ganan”. La familia está inmersa ahora en la redacción de un protocolo familiar para definir quién puede entrar, cómo y en qué condiciones.

Eso sí, Bibiana admite que le haría “ilusión” que sus hijos y sobrinos puedan continuar con el legado familiar que inició su abuelo en 1947.

Mientras tanto, el negocio no se detiene. El año 2024 ha sido “histórico” para el Grupo Correa. La empresa cerró el ejercicio con una facturación récord de 121 millones de euros. El imperio de las fresadoras continúa y hoy se traduce en un grupo industrial de casi 500 personas que sigue llevando el mismo apellido en la presidencia: Nicolás‑Correa.​