El agricultor Damià, junto a su invento.

El agricultor Damià, junto a su invento.

Reportajes

El gran invento del agricultor Damià: su arado mallorquín lo utilizará la NASA en Marte y la Luna

Damià Bover inventó hace diez años un arado solar para quitar las malas hierbas y acaba de conseguir el certificado de los ingenieros americanos para que lo use la NASA.

25 septiembre, 2021 02:15

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En abril de 2009, dos pares de ruedas patinaron a la vez. Unas estaban en Marte y movían el robot Spirit. Las otras empujaba al tractor de Damià Bover por su finca de Vilafranca (Mallorca). Y ahora, 12 años después, este peculiar efecto mariposa espacial ha provocado que un arado inventado por este payés mallorquín haya obtenido el certificado para que la NASA lo use en sus misiones extraterrestres.

A primera vista, nadie diría que la finca de Son Durí alberga un prototipo que puede viajar al espacio. Invernaderos de cultivos ecológicos rodean a una antigua fábrica de tejas donde ahora se puede encontrar de todo: balas de paja, maquinaria, melones, muebles o un gato moviéndose por el laberinto de salas. En medio del terreno, cerca de la transitada carretera entre Palma y Manacor, una cabaña hecha con maderas y hierros hace las veces de despacho y taller sobre el irregular suelo del campo.

Unos plásticos protegen de las gotas de lluvia el ordenador donde Damià Bover guarda fotos y vídeos. Junto a él, coloca una carpeta que desgrana toda su trayectoria profesional: los carnés de estudiante, la tarjeta de la selectividad o incluso una licencia de taxista de Palma que se sacó antes de trabajar durante cinco años en una tienda de ordenadores cuando la informática estaba en pañales. “Yo quería programar, pero hacía de todo menos eso. De hecho, nada más llegar me dieron un destornillador y me hicieron desmontar un ordenador”.

Damià nació, creció y vive en el campo. Primero en su Porreres natal, luego en Llucmajor, Felanitx y desde los seis años, en Vilafranca. Su familia cultivó la tierra y crió vacas hasta 1992, cuando compraron una fábrica de tejas, negocio frecuente en la Part Forana mallorquina hasta que a principios de este siglo casi todas las empresas se fueron a pique. Trabajar en el sector secundario empujó a este payés a investigar nuevas formas de ahorrar en combustible. La gasolina estaba por las nubes  y la biomasa era una opción mucho más económica. “Nos daban gratis el serrín, pero era muy complicado de manejar. Suerte que me aconsejaron instalar un variador de frecuencia, que arrancaba el motor lentamente y permitía introducir el serrín poco a poco y no de golpe”, cuenta Damiè Bover, en una entrevista con EL ESPAÑOL. 

Ese pequeño aparato es clave en las siguientes investigaciones de Bover, que a partir de 2005 se centraron de nuevo en la agricultura. “Volvimos a cultivar, pero esta vez nos aconsejaron la agricultura ecológica. Hicimos varios cursos y nos dimos cuenta de que hasta ese momento no entendíamos la agricultura, que hacíamos muchas cosas mal”, explica mirando a Rafel, su padre, que le escucha sonriente al otro lado de la mesa. Ahora el nuevo reto era controlar las malas hierbas, “que es el 60 o 70 % del trabajo”. “Cuando son pequeñas necesitan poca energía, pero de vez en cuando hay que dejarlas crecer porque aportan minerales, bacterias y hongos. Yo lo llamo la fertilización del campo”. Por eso Damià empezó a darle vueltas a una idea que no ha soltado desde entonces: mezclar tractor, arado y energía solar.

Un invento único

El agricultor mallorquín admirando su invento.

El agricultor mallorquín admirando su invento.

La primera vez fracasó porque las ruedas patinaron. Pero le hizo caso a Beckett y decidió fracasar mejor. No cesó en el empeño e inventó el doble chasis telescópico, al que luego le añadió unas puntas para reducir el consumo de energía “gracias a que pasamos de una fricción a una fijación”. Esas pequeñas y simples puntas, que los estadounidenses han bautizado como interlocking spikes, son el siguiente gran paso en la creación de este inventor mallorquín, miembro del Mallorca Inventors Club.

En 2010, comenzó a colaborar con una escuela agrícola de Manresa, en Barcelona, para comenzar las iteraciones, es decir, experimentar posibles desarrollos y usos del arado. “Por ejemplo, puede moverse con un tractor, con un motor hidráulico, con viento…” Y al año siguiente, todo empezó a cambiar. Consiguió la patente en julio, a los tres días publicó un vídeo en Youtube y, como en España no lograba más ayuda, se marchó en septiembre dos meses a Alemania para ir de museo en museo con la intención de certificar que no existía ningún invento como el suyo. “Antes de gastarme el dinero en la patente internacional, que me costaba entre 6.000 y 10.000 euros, tenía que confirmarlo”, recuerda Damià, que lleva invertidos en su proyecto unos 80.000 euros. “Todo sale del dinero de la familia y de pequeños inversores, porque no hemos recibido casi nada de apoyo de las instituciones españolas. En cambio en Alemania el gobierno sí ha dado subvenciones”.

A partir de ese momento, este payés mallorquín que cita constantemente a Newton y Goddard (pionero de la era espacial) inicia un largo camino de investigación, de prueba y error, de darle vueltas a la cabeza. Ha contado con el asesoramiento de más de 200 personas del ámbito científico y universitario, sobre todo procedentes de Alemania y Estados Unidos “porque aquí en Mallorca no lo vieron y siguen sin verlo pese a que ahora hay patentes y certificados”.

La intensa conexión con investigadores germanos les llevó a resolver los 40 retos que les plantearon en 2014 para lograr la patente americana, que finalmente lograron en septiembre de 2015. “Entonces descubrimos que desde el incidente del Spirit en Marte, estaban buscando sistemas alternativos de movilidad y empezamos a mirar hacia Estados Unidos”, explica mientras toca con la yema de los dedos el águila calva que preside el sello de su patente americana.

Primer contacto con la NASA

Damià tuvo el primero contacto con la NASA en 2016.

Damià tuvo el primero contacto con la NASA en 2016.

Una investigadora estadounidense de visita en Mallorca, Katie Marascio, le recomendó enviar un correo electrónico a un profesor de la Carnegie Mellon, uno de los centros de investigación sobre computación y robótica más prestigiosos del mundo. “Tenemos un 2% de posibilidades de que nos contesten, pero no pasa nada por probar”, le dijo. Y en sólo 14 horas, recibieron un mensaje en la bandeja de entrada. Poco después, en septiembre de 2016, Damià se plantó en Detroit invitado a un programa de conferencias de la International Society for Terrain-Vehicle Systems (ISTVS). Y de allí fue a Cleveland, donde descubrió in situ que el ingeniero de la NASA Carl Johnson estaba investigando en paralelo crear una máquina similar a la suya. “Fue una sorpresa y también una alegría, porque ellos iban como por separado y yo tenía el completo desde el primer día. Ahora para todo lo que investiguen sobre este tema desde la NASA tendrán que contar con nosotros”.

El descubrimiento de Cleveland activó la pasión espacial de los investigadores alemanes Volker Nannen, Dieter Zöbel y David Reiser, que desde ese momento se centraron en desarrollar el arado como futura máquina lunar. Decenas de expertos colaboraron en un proceso que concluyó en 2018 cuando se construye un prototipo en Alemania, donde hay financiación y tecnología para hacerlo. “Ellos plantean las cuestiones técnicas porque necesitan construir el conocimiento y yo implemento en la práctica los diseños que crean ese conocimiento”, explica el inventor mientras toquetea uno de sus arados. “Este es el que suelo llevar a las ferias aquí en Mallorca, pero sólo se paran los niños y los extranjeros. Los mallorquines pasan de largo o como mucho me preguntan si fabrico placas solares”.

En junio de 2019, Damià viajó de nuevo a Estados Unidos a unas conferencias de la Sociedad Americana de Ingenieros Civiles (ASCE) en el Instituto de Tecnología de California (Caltech), donde conoció a Robert P. Mueller, encargado de la división espacial e investigador de la NASA. “Nos dijo qué debíamos hacer para que nuestro proyecto fuese más atractivo en la carrera espacial y nos invitó a presentarnos a las siguientes conferencias en 2020. Lo hicimos, aunque en 2021 y de forma virtual por la pandemia. Ahí obtuvimos el certificado para su uso en la Luna”.

Con este documento, el arado para malas hierbas de Damià está más cerca de poder roturar nuestro satélite o Marte. “Como no hay gravedad, las máquinas para quitar piedras o alisar terrenos patinan, así que si quieres hacer un camino, una pista de aterrizaje o mover maquinaria, no puedes. Sin embargo, mi máquina iría clavando sus puntas y podría moverse sin patinar. Un tractor necesita cuatro puntos de fricción y mi arado con un solo punto del motor distribuye la energía”, explica.

Utopus, una revolución 

El artilugio de Damià se llama Utopus.

El artilugio de Damià se llama Utopus.

El genial artilugio de Damià, denominado Utopus, es un buen ejemplo de la complejidad de lo sencillo y del equilibrio entre ahorro energético y potencia. “Sólo pierde entre un 2 y un 4% de energía clavando y desclavando las puntas. El resto se destina a lo que toca. Y la ratio es mucho mayor que la de un tractor: si el vehículo pesa uno, puede levantar 0,5, pero si mi arado pesa 1, puede levantar cuatro”.

La Luna o Marte ya aparecen en el horizonte, pero Bover mantiene entre ceja y ceja su objetivo original: la agricultura. “La mitad de los habitantes del mundo son agricultores y de ellos, el 90% no tiene acceso a la tecnología y, aunque lo tuviera, los tractores no funcionarían en muchos casos en lugares de África o Centro y Suramérica. Mi máquina puede ser una revolución”.

Este payés mallorquín no para de imaginar usos para su invento: “Podría ayudar a prevenir incendios o apagarlos. Y ayudaría también en la España vacía o vaciada para traer a las mujeres a la agricultura, porque el tractor siempre ha sido demasiado masculino. O si le añadimos robots, llamaría la atención de los jóvenes, pero yo no tengo dinero para colocárselos”. Y es que de momento las ventanillas de las administraciones son muros y el maná de los fondos europeos, tan propenso supuestamente a caer en proyectos ecológicos y sostenibles, no ha pasado por Vilafranca. “A veces tengo que leer biografías de inventores para ver qué tengo que hacer y conseguir energía mental para seguir adelante”, confiesa este payés, que lamenta el olvido institucional que sufre desde hace años.

“Aquí en Baleares pasan de nosotros y el vicepresidente y conseller de Transición Energética, Juan Pedro Yllanes (Podemos) ahora nos da largas. A ver si en otra comunidad autónoma, Revilla el de Cantabria o Moreno el andaluz que dicen que es muy sensible a estos temas, apuesta por este tipo de proyectos”, señala Bover, que seguirá buscando apoyo en Palma, Madrid y Bruselas, aunque no descarta montar una start-up en Estados Unidos tal y como le han recomendado. “Mi obligación es que esto se conozca en todo el mundo, especialmente en el agrícola”, concluye mientras guarda de nuevo sus documentos en la carpeta. Ya no llueve y los rayos del sol se cuelan entre los plásticos de su peculiar taller. Damià vuelve a tocar su arado.