Vienen cada día. Si te esperas un ratito los verás ir saliendo”, dice la dueña de un bar cercano. Son las 9 de la mañana. Los ancianos aparecen hora y media después. Salen por las escaleras o por la rampa de la residencia Suite La Marquesa de Jerez de la Frontera (Cádiz). Varios de ellos, en silla de ruedas, entran en una panadería próxima. Compran un par de barras de pan y un paquete de lonchas de chorizo. Otros se toman un café con leche en la cafetería. Alguno se acerca a una carnicería en busca de fiambre. A mediodía, o por la noche, hay quien se compra pescado frito o un pollo asado en una freiduría de unas calles más allá.

“Ahí dentro se pasa hambre. Te lo digo yo”, dice José Bernal, un gaditano de 57 años que en 2015 perdió la pierna derecha por la diabetes. “¿Hambre? Esmayaos”, responde Juana Arroyo, de 88 años, a las puertas de la residencia mientras recibe la visita de una sobrina. “No yo, casi todo el mundo. Nos dan carnes duras, soplas claras…

José y Juana están ingresados en Suite La Marquesa, una residencia concertada con la Junta de Andalucía. Desde noviembre de 2015 es propiedad de Vitalia, un grupo empresarial que dispone de 6.600 plazas residenciales en España y cuenta con 38 centros especializados en la atención a la tercera edad y a dependientes.

Pero no sólo es el hambre. Y no sólo lo denuncian los residentes. También sus familias y los empleados de negocios próximos al geriátrico, quienes cada día tienen que escuchar de boca de los ancianos que dentro no les alimentan bien o que los cuidados no son los mejores en un centro que cuesta 1.375 euros al mes a cada usuario.

De una veintena de ancianos y familiares consultados, todos coinciden a la hora de describir las carencias de un centro que atiende a 220 personas. Denuncian que pasan hambre, que en “muchas ocasiones” les cambian los pañales sin un aseo previo, que les hacen usar una misma toalla entre compañeros de habitación, que hay días que no se les dispensa la medicación al completo o que en ocasiones comen y cenan compartiendo mesa con personas que se han hecho sus necesidades encima.

Una dependienta de panadería cuelga en la silla de ruedas de José Bernal dos barras de pan y un paquete de chorizo que acaba de comprar.

Una dependienta de panadería cuelga en la silla de ruedas de José Bernal dos barras de pan y un paquete de chorizo que acaba de comprar. Toro Ramírez

Los zapatos malolientes de María

María, ausente, tiene afectadas sus capacidades cognitivas. Su familia, además de pagar su plaza en la residencia, ha contratado a una mujer, Mercedes, que cada día la saca a la calle a dar un paseo al sol, como este pasado jueves, cuando EL ESPAÑOL se encuentra con ellas mientras comen un polvorón sentadas a un banco. Mercedes también se encarga de supervisar que antes de cada almuerzo y cada cena María tome su medicación.

María sufre de incontinencia urinaria, por lo que varias veces al día se orina encima. Mercedes cuenta que en más de una ocasión ha encontrado sus zapatos húmedos dentro de un cajón de la habitación de la anciana. “No los han lavado y me los he tenido que llevar yo”, cuenta Mercedes. “Apestaban a rayos y, sin embargo, los dejan ahí como si nada. No hay derecho”.

Mercedes, que cada día ve lo que come María, cuenta que la mayoría de veces la comida escasea. “Hay algunos días que no está mal, pero la mayoría ocurre al revés. El otro día les pusieron cocido con berza. Todo era caldo, sin berza. Llevaba cuatro garbanzos y dos trozos de calabaza. El pescado siempre es congelado. La comida no es buena para lo que pagan”, dice la cuidadora.

“Un potaje con cinco garbanzos en el plato"

El gaditano José Bernal comparte habitación con Francisco Escorza, un anciano de 82 años al que también le permiten salir de la residencia. En torno a las 11 de la mañana, la pareja de amigos sale a la calle en busca de algo más que llevarse a la boca. Los encontramos en una panadería que hay a 50 metros de la residencia.

La dependienta le cuelga una bolsa con un par de barras de pan y un paquete de chorizo en la parte trasera de su silla de ruedas. Los dos hombres aseguran que la comida es insuficiente dentro de Suite La Marquesa. Y que no es de calidad. Por eso muchos días la compran fuera ellos mismos.

“Nos ponen un cucharoncito. Hay veces que un potaje lleva cinco garbanzos. Y no digo un número cualquiera por decir, no. ¡Cinco!, contados con esta mano”, explica José Bernal. “Aquí nos ponen porquería y miseria”, enfatiza Francisco Escorza, que también va en silla de ruedas.

Mercedes (izquierda) cuenta que en ocasiones se ha encontrado las zapatillas de María, a la que cuida, llenas de orín dentro de un cajón de su habitación de la residencia.

Mercedes (izquierda) cuenta que en ocasiones se ha encontrado las zapatillas de María, a la que cuida, llenas de orín dentro de un cajón de su habitación de la residencia. Toro Ramírez

“Pedimos toallas y no nos dan”

Hay días que José compra para él y su compañero un pollo asado o unos cuántos euros de pescado frito. Dice que dentro de la residencia cuentan hasta el número de boquerones que les sirven en el plato. Asegura que nunca le han puesto más de tres o de cuatro. “Tenemos que aprovechar a colar la comida cuando no nos ven”, cuenta José, quien entre lágrimas dice que “no estaría aquí” si no fuera porque no tiene otro sitio al que ir.

José y Francisco también denuncian que a diario tienen que compartir toalla.  “Pedimos y no nos dan. ¿Es esto normal?”. José dice que “muchas veces”, cuando su amigo está sucio, los auxiliares sólo le cambian el pañal, pero no lo asean antes. “Es una guarrada”, cuenta el más joven de los dos hombres.

El concierto de la Junta de Andalucía con Vitalia contempla que el usuario aporta el 75% de su pensión para el pago de la plaza. El resto, hasta alcanzar los 1.375 euros, los aporta la Consejería de Igualdad y Políticas Sociales del Gobierno andaluz, que es quien somete a control a las residencias con las que mantiene este tipo de acuerdo para la prestación de servicios.

“Hay días que no reparten la medicación al completo”

A Gabriel Villalta también se le permite salir de la residencia durante el día. Aunque es evidente que sufre algunos vacíos mentales durante la conversación, el hombre, de 57 años, cuenta que hay días que nos les reparten la medicación al completo.

- ¿Qué quiere decir?- le pregunta el reportero.

- Pues que si una mañana o una noche te tocan cinco pastillas -le interrumpe José Bernal, con el que tiene una buena relación- pues te dan las que tienen, dos o tres.

- Eso -dice ahora Gabriel-. Que lo de las pastillas es otro cachondeo.

Una veintena de usuarios y familiares de residentes de Suite La Marquesa denuncian ante EL ESPAÑOL las deficiencias del centro concertado con la Junta de Andalucía.

Una veintena de usuarios y familiares de residentes de Suite La Marquesa denuncian ante EL ESPAÑOL las deficiencias del centro concertado con la Junta de Andalucía. Toro Ramírez

El director: “Cumplimos con lo que se nos exige”

El director de la residencia, Joaquín Coronilla, atiende al reportero el mismo día que este periódico visita Suite La Marquesa y habla con usuarios tanto dentro como fuera de sus instalaciones. Asegura que las denuncias de los ancianos y de sus familias son falsas, y que el primero que come en la residencia cada día es él. “Sólo puedo decir que la comida es de calidad. Eso sí, entendemos que no le pueda gustar a todo el mundo”.

Coronilla explica que la plantilla de la residencia la componen 150 personas que atienden a 220 usuarios. El director dice que cada año pasan una o dos inspecciones de la Junta de Andalucía y que cumplen con la ratio (0,5) de dos personas por cada empleado. "Cumplimos lo que nos exigen", dice.

-Varias personas se quejan de que escasean las toallas. Y que tienen que compartir una entre compañeros de habitación- expone el reportero.

- Si quieres te enseño facturas… No es así… Igual en ese momento la auxiliar no tenía toallas.

- Dicen que sucede a diario.- No es así.

-También se quejan de que en “muchas ocasiones”, y cito literalmente, les cambian los pañales sin asear por “ir más rápido”. La denuncia la hace más de una persona.

- Los cambios de pañales son los estipulados por la administración: tres al día y uno de noche. Pero se hacen más cambios a quienes lo necesitan. Eso va a criterio de los auxiliares. Dependerá de si está muy mojado o no, sucio o no…

El director de Suite La Marquesa se muestra molesto con algunas preguntas. Dice que no entiende las críticas y asegura que sabe de qué usuarios proceden. Sólo acepta una de las reclamaciones que le exponemos. “Varios usuarios nos dicen que algunos días se les suministra su medicación de forma incompleta”, le explica el periodista. “Hay medicamentos que es posible que no lo tengamos porque la farmacia no los tiene. Pero no es culpa nuestra, es de la farmacia", responde.

- Tampoco es culpa de los usuarios.

- Ya… Pero es algo que también ocurre en mi casa y en la de todos. Es posible que haya retrasos aislados con la medicación.

Luego, Joaquín Coronilla nos muestra las instalaciones: los comedores, los almacenes, la cocina, las neveras… “Es de risa todo esto”, dice poco antes de despedirnos.

“Se nos parte el alma al escucharles”

A medio centenar de la residencia hay dos negocios a los que acuden los ancianos en busca de comida. Ana Soto es la dueña de una carnicería. “Aquí vienen varios. Y no por gusto o buscando exquisiteces. Vienen por hambre. No lo veo justo pagando lo que pagan. La comida no se le puede negar a nadie”.

Ana Soto, carnicera, cada día atiende a varios ancianos que acuden a su negocio en busca de fiambre para bocadillos.

Ana Soto, carnicera, cada día atiende a varios ancianos que acuden a su negocio en busca de fiambre para bocadillos. Toro Ramírez

Es hora de volver dentro. José Bernal y Francisco Escorza enfilan sus sillas de ruedas hacia la rampa de entrada a la residencia Suite La Marquesa. “Vamos, amigo -le dice José a Francisco-. Es lo que nos ha tocado vivir”.