Sindo Soto, piloto de naves ultraligeras

Sindo Soto, piloto de naves ultraligeras P.M

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Volamos al fin del mundo en avioneta: "En Galicia tenemos todo un paraíso por descubrir"

Quincemil se monta en una nave ultraligera con Sindo Soto, la otra mitad de Ultrapilotos, para descubrir la Costa da Morte desde el aire: una visión de pájaro completamente desconocida incluso para los de aquí

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Cuando me propusieron montarme en una avioneta, enseguida dije que sí. No me lo pensé. Pero, a medida que me iba acercando en coche al aeródromo donde me esperaba Sindo, mi estómago empezó a hablar por sí solo. La historia no mejoró cuando lo vi de lejos. No mido más de 1,60 y, aun así, tuve que agacharme para que el ala del avión no me diera en la cabeza.

"Pesa unos 280 kg en vacío", nos cuenta el piloto. Haciendo cálculos, hay ascensores que podrían con la propia avioneta, y más. Si te asomas al interior, hay jugadores del Básquet Coruña que se las verían canutas para meterse ahí dentro.

Mi experiencia con los aviones se reducía a los típicos aviones comerciales. Y después de este viaje, tan solo quiero decir una cosa: ya no sé si quiero volver a montarme en la clase turista para hacer un A Coruña-Madrid. Aunque eso habrá que verlo.

Mientras tanto, puedo decir que he confiado en un entrenador personal con carnet de piloto de aeronaves ultraligeras para hacer este viaje. Se trata de Sindo Soto, un aficionado a la aviación que, junto a su amigo Pablo Terraga, ha creado Ultrapilotos.

Y es que poco tiene que ver su día a día con la aviación. Mientras Sindo pasa el día entre gimnasios, siempre que puede se escapa al Aeródromo da Fervenza a pilotar su pequeña avioneta. "Yo era el típico niño que soñaba con ser piloto y hace tres años lo pude hacer realidad", cuenta.

En la escuela de aviación conoció a Pablo, con el que decidió crear la cuenta de Instagram Ultrapilotos con intención de mostrar Galicia desde el aire. Por ese mismo motivo se pusieron en contacto con Quincemil, para que pudierais conocer Galicia desde otro punto, para muchos, desconocido.

La ruta

La oferta era tentadora. Y la ruta, todavía más: Cee, Fisterra, Cabo Touriñán, Punta da Barca y Cabo Vilán. Así que, una vez en el aeródromo, antes de subirnos a la avioneta, hicimos las respectivas presentaciones.

"Este es un avión italiano, bastante ligero. En vacío, es decir, sin pasajeros ni combustible, pesa alrededor de 280 kg", cuenta.

La avioneta por dentro

La avioneta por dentro P.M

He de decir que en ese momento se me paró un poco el corazón. Y más todavía cuando me dijo que funcionaba con la misma gasolina que los coches, más concretamente, gasolina 95.

"Nos da para cuatro o cinco horas de vuelo", cuenta. Aunque nuestra ruta, en realidad, fue de poco más de una hora.

Primero, la inspección

Sindo cogió una lista que tenía en la puerta, al lado del asiento del piloto, e inició lo que llamó la "inspección prevuelo".

"En la aviación apenas ocurren percances precisamente porque seguimos un protocolo. Estos son una serie de pasos para seguir punto por punto para comprobar que todo está bien. De derecha a izquierda y rodeando todo el avión", explica.

Una especie de checklist obligatoria antes de salir. Un total de 71 puntos que, por suerte, no se tiene que saber de memoria: "Prohibieron aprendérselo para evitar que se te olvidaran. De esta forma, al no recordarlos, te obligas a hacer el repaso siempre", explica.

Visión aérea desde la avioneta

Visión aérea desde la avioneta P.M

Así que, una vez todo en orden, entramos en la avioneta. Con capacidad solo para dos personas, una vez dentro resultaba más espaciosa que cualquier asiento de la clase turista de un avión de Iberia. Para mi sorpresa, mi asiento también tenía "timón".

Afortunadamente para Sindo, no tenía que pilotar. "En todas las aeronaves está todo duplicado para piloto y copiloto", aclara. Sin embargo, él tomó el control.

Una sorprendente estabilidad

El día era perfecto. Demasiado, diría. Al final, los 34 grados que hizo el sábado pasado en aquella lata de sardinas se notaron. Me llevé una sorpresa al ver que la ventanilla era un pequeño hueco que había al lado de mi asiento y que podía regular. Una vez arriba, se agradecía.

Después de ponernos los cascos y el cinturón, Sindo empezó a tocar botones y, sin saber muy bien cómo, arrancó.

Imagen desde dentro de la avioneta, ya en el aire

Imagen desde dentro de la avioneta, ya en el aire P.M

Puso el GPS, que no era el de Google Maps, y pusimos rumbo a Fisterra. Ahí entendí que lo llamaran avión "ultraligero". Se sentía ligero para todo. Despegamos y aterrizamos con elegancia. Y, como spoiler para quien tenga pensado hacer esta experiencia: no se mueve nada. También es verdad que yo iba con Sindo, que ya ha cogido unos cuantos de estos en su vida.

"¿Cómo estás?", me preguntaba.

"Genial", era mi respuesta todo el rato. Y era un genial sincero.

A 3.000 pies de altura

El viaje tuvo de todo. Salimos del Aeródromo da Fervenza, en Mazaricos, sobrevolamos toda esa zona, completamente verde, y en lo que pareció un tiempo muy corto ya empezamos a ver mar. Aunque no superamos los 180 km/h, todo parecía estar a un paso.

De un momento a otro, Fisterra ya estaba ahí. "El fin del mundo", dijo Sindo. Efectivamente, no se veía nada más allá. Si es impresionante en tierra, imagínate con visión de pájaro. Pasamos tan cerca que se veía cómo la gente de abajo nos saludaba. De ahí fuimos al faro Touriñán, que nada tenía que envidiar al de Fisterra.

Volvemos a casa

Volvemos a casa P.M

Cabo Vilán, Punta da Barca o, simplemente, las playas que se veían desde arriba. Todo cogía otro color desde ahí. Volábamos a unos 3.000 pies de altura, lo que se traduce en unos 900 metros. Toda una experiencia totalmente recomendable.

Una hora y diez minutos de vuelo que parecieron 15 minutos junto a Sindo. El aterrizaje, igual de elegante que el despegue. Y entonces, la visita había terminado.

De eso se trata Ultrapilotos: de mostrar al mundo lo que tenemos aquí. Porque, como dice Sindo, "la gente se empeña en salir fuera cuando aquí tenemos un paraíso todavía por descubrir".