Placa de la calle Mantelería.

Placa de la calle Mantelería. Luis Santalla

Coruña Secreta

Coruña Secreta: el origen de la calle Mantelería y su relación con la Casa Real

La pequeña vía que une las calles San Andrés y Estrella conserva el nombre de una antigua fábrica textil que convirtió a A Coruña en uno de los centros manufactureros de Galicia y llegó a trabajar para la Casa Real

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Hay calles de A Coruña cuyo nombre parece explicar perfectamente su origen. Cordelería recuerda a los antiguos talleres dedicados a fabricar cuerdas; Matadero, a las instalaciones vinculadas al sacrificio de ganado. Pero ¿qué ocurre con Mantelería? ¿Por qué una calle estrecha del centro de la ciudad lleva un nombre tan relacionado con la ropa de mesa?

La respuesta está en una fábrica que desapareció hace más de dos siglos, pero cuyo recuerdo permanece literalmente dibujado sobre el callejero coruñés. La actual calle Mantelería toma su nombre de la Real Fábrica de Mantelería, una industria textil que estuvo instalada en este punto del barrio de Pescadería y que llegó a fabricar tejidos destinados a las mesas de la Casa Real.

La historia, además, no comenzó en A Coruña. Para encontrar el origen de esta fábrica hay que desplazarse unos kilómetros hasta Sada y retroceder hasta el siglo XVII, cuando dos empresarios procedentes de Flandes, Adrián de Roo y Baltasar Kiel, llegaron a Galicia después de abandonar Dunkerque tras la conquista de la plaza por franceses e ingleses en 1658. Los dos terminarían desarrollando en Galicia un importante proyecto industrial relacionado con los tejidos.

De Sada a A Coruña

Roo y Kiel comenzaron su actividad vinculada a la industria textil en Sada, donde fueron levantando diferentes instalaciones. Una de ellas se dedicó a la fabricación de lienzos y manteles, con la intención de reproducir la calidad de los tejidos procedentes de Flandes, que gozaban entonces de enorme prestigio. La Corona terminó respaldando el proyecto y concedió a la empresa privilegios para impulsar una manufactura que, entre otras cosas, debía suministrar mantelería fina a la Casa Real.

La fábrica de lienzos y manteles comenzó a funcionar en Sada a finales del siglo XVII. Su producción estaba especializada en tejidos de lino de gran calidad, entre ellos las conocidas como "holandas", utilizadas para confeccionar manteles y servilletas. No eran productos destinados al consumo cotidiano de la mayoría de la población: sus precios y su calidad los situaban en un mercado muy reducido y, especialmente, en el entorno de las mesas de la Corte.

El proyecto, sin embargo, tuvo dificultades. La Guerra de Sucesión, la competencia extranjera y los problemas para conseguir determinadas materias primas fueron debilitando la actividad de Sada. Tras la muerte de Adrián de Roo en 1713, sus sucesores se hicieron cargo de las fábricas, pero la situación no terminó de remontar. En 1725 la manufactura de lienzos y mantelería se trasladó definitivamente a A Coruña.

Una fábrica en pleno barrio de Pescadería

La nueva instalación se levantó en una parcela situada entre las actuales calles de San Andrés y de la Estrella, en pleno arrabal de Pescadería. El edificio ocupaba prácticamente todo el interior de la manzana y estaba concebido como una fábrica, pero también como un espacio residencial.

La planta baja albergaba la actividad industrial, con las máquinas de hilado y los telares, mientras que en la parte superior se situaban viviendas para trabajadores. Era una fórmula bastante habitual en las primeras industrias de la ciudad: fábrica y vivienda convivían dentro de un mismo conjunto, mucho antes de que la expansión urbana llevase las grandes instalaciones industriales hacia otras zonas.

La ubicación resulta especialmente llamativa si se observa la A Coruña actual. Donde hoy hay edificios residenciales, comercios, bares y calles estrechas, durante el siglo XVIII existió una instalación fabril vinculada a una producción de lujo y con conexiones directas con la Corte.

De hecho, la calle que comunicaba San Andrés con la Estrella quedó vinculada a aquella actividad industrial. Con el paso del tiempo, terminó recibiendo el nombre de Mantelería, que ha sobrevivido hasta nuestros días aunque la fábrica desapareciese hace siglos.

Los manteles que llegaban a la mesa del rey

La importancia de la fábrica coruñesa fue considerable para una ciudad que comenzaba a desarrollar un tejido industrial propio. Su producción no se limitaba a los pequeños talleres artesanales: llegó a disponer de numerosos telares y a extender parte de la fabricación fuera de la propia instalación.

A finales del siglo XVIII, la Real Fábrica contaba con alrededor de un centenar de telares en sus instalaciones y otros tantos distribuidos por distintos puntos de la ciudad. La producción implicaba además a un elevado número de personas que trabajaban desde sus propias viviendas. Según la documentación recogida sobre la fábrica, llegó a proporcionar trabajo a alrededor de un millar de hilanderas y produjo anualmente miles de varas cuadradas de mantelería y servilletas.

El vínculo con la Casa Real era uno de sus elementos más singulares. En 1769 se renovó el contrato para continuar suministrando mantelería a la Corte. La documentación de la época establecía incluso las características y cantidades de los productos que debían entregarse, incluyendo juegos completos de mantelería fina adamascada.

La calidad de aquellos tejidos llegó a convertirse en motivo de orgullo para la industria coruñesa. Una referencia histórica citada en los estudios sobre la fábrica señalaba que los manteles destinados a la mesa del rey se fabricaban en A Coruña con dibujos y escenas de gran riqueza decorativa.

El final de la fábrica

Pero la relación privilegiada con la Corona no duraría para siempre. En 1778 Carlos III decidió romper el acuerdo con la manufactura coruñesa y pasar a adquirir mantelería extranjera, principalmente por considerar que ofrecía mejores acabados y resultaba más económica.

La decisión provocó el malestar de los responsables de la fábrica, que defendían la calidad de su producción y cuestionaban que los productos extranjeros fueran realmente más baratos teniendo en cuenta los costes que suponía importarlos.

La industria intentó continuar pese a la pérdida de aquel importante cliente y todavía aparece documentada como fábrica activa a finales del siglo XVIII. Sin embargo, su trayectoria terminaría apagándose y el complejo acabaría desapareciendo. La Asociación Buxa sitúa en 1808 el abandono de la fábrica coruñesa, aunque posteriormente hubo intentos de reactivarla que no prosperaron.

Con el tiempo, el edificio fue demolido y la parcela cambió completamente de aspecto. En su lugar se levantaron nuevas construcciones, entre ellas el edificio que actualmente ocupa Telefónica. Pero hubo algo que permaneció: el trazado de la pequeña vía vinculada a aquella industria.