Una bandera española ondea en medio de refugios improvisados en la playa de Trampolín.
Español es quien no tiene otro sitio al que volver
Ahora que parece que nadie sabe qué es la nacionalidad, podríamos definir que español es aquel que no puede (y no quiere) ser otra cosa.
Cuenta Fustel de Coulanges en su famosa obra La ciudad antigua que la ciudad surge desde la expansión de los cultos domésticos.
La casa era el lugar donde estaban enterrados los ancestros y donde ardía el fuego del hogar.
El fuego del hogar era una divinidad protectora que había alimentar con ofrendas y libaciones: alimentos, vinos, aceites y perfumes. Las familias más pudientes tenían uno o varios esclavos cuya tarea consistía en mantener vivo el hogar.
También la ciudad tenía un fuego del hogar. En Grecia estaba en el Pritaneo y en Roma en el templo de Vesta. La viveza de estos fuegos representaba la pervivencia de la ciudad y contaban con una casta de sacerdotisas para velar por ellos.
Es hermoso constatar esta unión etimológica (y metonímica) entre hogar (fuego) y hogar (casa) a través de la habitual transmutación de la f por la h castellana (focus, focaris, focar: hogar).
El hogar es donde siempre está la luz encendida. El hogar es esa luz que sigue ardiendo en medio de la noche, es el faro, el punto de referencia cuando uno está perdido, el lugar al que volver.
Odiseo expresa su nostalgia hablando de "la luz del regreso" (Od. V, 220).
'Ulises y Argos' (1871), pintura de Briton Rivière que retrata el reencuentro entre Odiseo y su perro Argos a su regreso a Ítaca, en la 'Odisea' de Homero.
Esta visión del hogar no se agota en la poesía, sino que cuenta con muchas implicaciones políticas e incluso psicológicas.
Cuando un hijo atraviesa la difícil etapa de la adolescencia la tarea de los padres consiste en el sencillo y arduo trabajo de mantener el fuego encendido.
El adolescente que se embarca en la destructiva búsqueda de su identidad intentará sofocarlo y separarse de él. Los padres deben transmitir que independientemente de los procesos que esté atravesando el hijo, la casa no va a ser arrastrada, la llama no va a ser extinguida en las turbulencias.
Y para un adolescente tan importante es alejarse un poco del fuego como no perderlo de vista y adivinar que tiene un sitio al que volver. Debe desvincularse de ese centro embrionario, buscar su identidad en el mundo exterior pero desde la certeza de que su hogar sigue encendido.
Y, si es un poco despierto, descubrirá que este arde especularmente en su pecho y que puede enfrentarse al mundo porque no ha perdido la referencia.
Podríamos definir una patria como el lugar al que volver, como un fuego que marca el punto de regreso.
Igual que en el caso del adolescente, no es preciso irse físicamente para poder volver. Uno está volviendo siempre afectivamente a aquello que considera su hogar.
Volver es redescubrir, volver es agradecer, volver es vincularse.
El periodista y poeta franco-sirio Omar Youssef Souleimane contaba recientemente que al preguntar a inmigrantes franceses de segunda y tercera generación qué harían si se encontrasen con problemas en Francia, éstos le respondían: "Me iría a mi país". Con "mi país" se referían a Argelia, Marruecos, Túnez… aunque no habían nacido allí y muchos ni hablaban árabe.
"Es fácil ser cosmopolita cuando tienes un lugar de retorno. No existe ningún apátrida que quiera ser un 'ciudadano del mundo'"
Esto no nos dice nada malo de ellos. Nos dice algo de una profunda verdad sobre el hombre que las ficciones jurídicas nos han hecho olvidar.
"Son españoles los que no pueden ser otra cosa", dijo Cánovas del Castillo en la redacción de la Constitución de 1876. Una frase humorística, despreciativa, fatalista, pero que esconde un gran acierto.
Los españoles no tenemos otro sitio al que volver. Es fácil ser cosmopolita cuando tienes el seguro de un lugar de retorno. No existe ningún apátrida que quiera ser un "ciudadano de un lugar llamado mundo", como decía el anuncio de Trina.
Los palestinos, los saharauis, los tibetanos no quieren ser ciudadanos del mundo: quieren un hogar al que regresar. El nomadismo es, o bien una condena o bien un juego, no hay punto medio.
El cosmopolitismo resulta una luxury believe (creencia de lujo), una ideología adolescente para el que sabe que el fuego del hogar sigue encendido, aunque su destello le resulte paleto y soso.
"Nos están echando de donde tengo a mi familia enterrada, de donde crié a mis hijos..."
— Muy.Mona/🇪🇸💚 (@Capitana_espana) August 27, 2026
️ "No nos van a vencer. ¡No nos vamos a rendir!"💔 pic.twitter.com/Kju1EcuzDi
El nada sospechoso de nacionalismo Stefan Zweig describe en El mundo de ayer el trauma que le supuso convertirse en apátrida tras el Anschluss:
"En mis sueños cosmopolitas me había imaginado muchas veces cuán espléndido y conforme a mis sentimientos sería vivir sin Estado, no estar obligado a ningún país y, por tanto, pertenecer a todos sin distinción. Pero una vez más tuve que reconocer cuán imperfecta es la fantasía humana y hasta qué punto no comprendemos las sensaciones más importantes hasta que no las hemos vivido nosotros mismos […].
Y no dudo en reconocer que desde el día en que tuve que vivir con documentos o pasaportes extraños no volví a sentirme del todo yo mismo. Una parte de la identidad natural de mi «yo» original y auténtico quedó destruida para siempre".
Tengo varios amigos a los que la precariedad salarial y la imposibilidad de acceder a una vivienda han empujado a vivir en el extranjero. Ellos me dicen que les gustaría volver en algún momento, pero que por ahora no se plantean venir a España para cobrar la mitad o un tercio de su salario actual.
Han hecho nuevos amigos, han significado nuevos lugares. Viven alejados de su familia, algunos crían a sus hijos sin la comodidad de tener a sus padres cerca. Pero esta incomodidad se tornaría en tragedia si la tierra de sus padres desapareciera.
En medio de las reuniones en Teams en alemán, de los anfitriones que no te sacan comida, de los buenos salarios y las discotecas techno, siguen conservando en lo hondo de su corazón su lugar de regreso.
"Español es quien afectiva y materialmente tiene a España como su lugar de retorno, su red de seguridad, como su última línea de defensa"
En este tiempo en el que parece que nadie sabe o nadie quiere decir qué es ser español, en el que se devalúa la nacionalidad regalándola con la caja de cereales y se invocan toda clase de matices y excepcionalismos, podríamos atrevernos a esbozar una definición: español es aquel que no tiene otro sitio al que volver.
A la patria volvemos con el corazón. Los mares, el colmado, el estanco, los bosques, el bar… no son accidentes topográficos sino enclaves en los que se ha hecho nuestra historia personal y comunitaria. No son lugares transitados sino habitados, no usados sino poseídos.
Pero también volvemos a la patria con las manos abiertas como el niño al regazo de su madre. Es obra cultural en la que nos reconocemos, pero también es edificio institucional que nos ampara. Es una red de solidaridad posible.
El dinero es fungible, el hogar no. Español es quien afectiva y materialmente tiene a España como su lugar de retorno, su red de seguridad, como su última línea de defensa.
Quien, como decía Fustel de Coulanges (y un ceutí el mes pasado) tiene aquí enterrados a sus ancestros y por eso no puede irse.
Quien ha puesto toda la carne en el asador, the skin in the game.
Aquel que no tiene plan B. Aquel que es tan pobre (y tan rico) que sólo tiene una patria.
*** Javier Crevillén es profesor de Filosofía del Derecho y Humanidades.