Tropas de la OTAN participan en el ejercicio 'Steadfast Dart 2025' en el campo de entrenamiento de Smardan, cerca de Galati, Rumania, el pasado febrero.

Tropas de la OTAN participan en el ejercicio 'Steadfast Dart 2025' en el campo de entrenamiento de Smardan, cerca de Galati, Rumania, el pasado febrero. Reuters

Tribunas

La OTAN ha acabado convertida en un club de mantenidos

La OTAN, la alianza más exitosa de la historia moderna, lleva décadas funcionando con una solidaridad unidireccional. Y ahora esa realidad ya no puede seguir ignorándose.

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En 1982, el Reino Unido emprendió una de las operaciones militares más audaces de la segunda mitad del siglo veinte: cruzar el Atlántico para recuperar unas islas remotas y ventosas en el extremo sur del mundo.

Para un público iberoamericano, la Guerra de las Malvinas es un episodio conocido.

Lo que muchos ignoran es el papel decisivo que jugó Washington en el desenlace del conflicto.

Estados Unidos aportó inteligencia, reconocimiento aéreo, casi siete millones y medio de litros de combustible y el reabastecimiento de misiles Tomahawk que el ejército británico había agotado.

Ronald Reagan se la jugó políticamente, sabiendo que su apoyo irritaría a toda Iberoamérica. Lo hizo de todas maneras, porque consideró que la solidaridad con un aliado de la OTAN era innegociable.

Cuarenta y cuatro años después, España (otro miembro de la OTAN) cerró su espacio aéreo a los aviones militares norteamericanos involucrados en la guerra contra Irán y bloqueó el uso de sus bases en Rota y Morón.

Francia restringió el sobrevuelo de aeronaves que llevaban suministros militares a Israel.

Polonia declinó reubicar sus baterías de misiles Patriot (fabricados y financiados en gran parte por Estados Unidos) para ayudar a interceptar ataques contra bases norteamericanas en Oriente Próximo.

Infantes de marina durante el ejercicio 'Sea Shield 26' de la OTAN en Rumanía.

Infantes de marina durante el ejercicio 'Sea Shield 26' de la OTAN en Rumanía. EMAD

La OTAN, la alianza más exitosa de la historia moderna, lleva décadas funcionando con una solidaridad unidireccional. Y ahora esa realidad ya no puede seguir ignorándose.

La reacción de Washington fue de una franqueza inusual.

Marco Rubio, secretario de Estado y uno de los defensores más fervientes de la alianza durante sus años en el Senado, lo dijo sin rodeos:

"Si hemos llegado al punto en que la OTAN significa que no podemos usar esas bases para defender los intereses de Estados Unidos, entonces la OTAN es una calle de una sola dirección. Tenemos tropas en Europa para defender a Europa. Pero cuando necesitamos que nos permitan usar sus bases militares, la respuesta es no. ¿Entonces por qué estamos en la OTAN? Hay que hacerse esa pregunta".

No se trata de retórica trumpista. Rubio fue durante años uno de los pilares atlantistas más firmes del Partido Republicano. Que sea él quien haga esa pregunta en voz alta indica que la crisis es real y profunda.

Y tampoco se trata de una crisis repentina. El editor e intelectual conservador Roger Kimball recuerda que Irving Kristol ya advertía sobre la erosión de la alianza en 1983, en un artículo publicado en el New York Times Magazine, cuando escribía que Estados Unidos se estaba convirtiendo en un país más nacionalista, más preocupado por sus propios intereses y más dispuesto a actuar unilateralmente si fuera necesario.

"El año era 1983", anota Kimball con sorna.

El problema, en otras palabras, no es Donald Trump. Trump es el desenlace de una tensión que lleva más de cuatro décadas acumulándose.

El historiador y clasicista Victor Davis Hanson, de la Universidad de Stanford, lleva años documentando la asimetría que subyace a esta crisis.

El patrón es claro y consistente: cuando Europa necesita a Estados Unidos, Estados Unidos está.

Cuando Estados Unidos necesita a Europa, Europa delibera, matiza y, eventualmente, declina.

Los ejemplos abundan. Durante casi cuatro décadas, Washington proveyó apoyo logístico, inteligencia y reabastecimiento aéreo a Francia en sus operaciones en el Chad, primero contra Libia y luego contra grupos islamistas.

Eran conflictos que no tenían ninguna relación directa con los intereses norteamericanos.

En 1999, fue la administración Clinton la que encabezó la campaña de 78 días en Kosovo para detener la limpieza étnica de Milošević, respondiendo a una urgencia que era fundamentalmente europea.

A Washington, los Balcanes le importaban bien poco en términos estratégicos.

"Mientras la OTAN proclamaba su solidaridad frente a Rusia, Alemania seguía construyendo Nord Stream 2 y comprándole gas al adversario al que se suponía que debían disuadir juntos"

En 2011, fueron Francia y el Reino Unido los que impulsaron la intervención en Libia, convencidos de que podían gestionar el resultado. Cuando la operación derivó en caos (y Libia se convirtió en el Estado fallido que es hoy) fue la maquinaria militar norteamericana la que tuvo que poner el músculo.

Y en cuanto a Ucrania, quien más tiene que ganar o perder dependiendo del resultado de esa guerra no es Estados Unidos, sino Europa, que comparte frontera con Rusia y que, sin embargo, tardó años en tomarse en serio su propia defensa.

Precisamente ahí está la mayor de las hipocresías. Mientras la OTAN proclamaba su solidaridad frente a Rusia, Alemania seguía construyendo Nord Stream 2 y comprándole gas al adversario al que se suponía que debían disuadir juntos.

Trump señaló esa contradicción repetidamente y fue ignorado.

Hay un episodio que lo ilustra mejor que cualquier análisis. En septiembre de 2018, ante la Asamblea General de la ONU, Trump advirtió a Alemania de que su dependencia del gas ruso era un error estratégico de consecuencias impredecibles.

La delegación alemana se rió en su cara. Abiertamente, con la condescendencia de quien escucha a un ignorante.

Tres años después, Rusia invadía Ucrania y Alemania descubrió que había construido su política energética sobre una dependencia suicida del mismo país al que se suponía debía disuadir.

Ya nadie se reía.

El caso del estrecho de Ormuz ilustra la asimetría con igual claridad.

Aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial transita por ese estrecho. Estados Unidos, que hoy es energéticamente independiente, consume muy poco de ese petróleo. Quienes dependen de él son Europa y Asia.

Sin embargo, cuando Washington pidió a sus aliados que enviaran barcos a proteger el estrecho, fueron India y Japón (no los europeos) quienes respondieron. Los países que más necesitan ese paso marítimo abierto fueron los que menos hicieron para defenderlo.

Como señala Kimball con precisión quirúrgica, un aliado no es sólo un país que depende de ti. Es también un país del que tú puedes depender. La mayoría de los miembros de la OTAN no son aliados en ese segundo sentido.

Los números refuerzan el argumento. En 2024, Estados Unidos gastó el equivalente al 3,4% de su producto interior bruto en defensa, destinando casi un billón de dólares a su presupuesto militar (el 66% del gasto total de todos los miembros de la OTAN combinados).

Ese mismo año, por primera vez desde que en 2014 los aliados se comprometieron a destinar el 2% de su PIB a la defensa, los europeos alcanzaron colectivamente ese umbral. Una hazaña que tardó una década en concretarse y que se produjo principalmente por el temor a que Trump retirara el paraguas protector norteamericano, no por ninguna epifanía sobre las propias responsabilidades.

Y aun así, el compromiso sigue siendo inconsistente. España, por ejemplo, gasta apenas el 1,3% de su PIB en defensa mientras alberga bases norteamericanas de importancia estratégica y niega su uso cuando Washington las necesita.

Pero el problema va más allá de los porcentajes del PIB.

Hanson señala algo que pocas veces se menciona: Europa no sólo ha dejado de pagar su parte de la factura de seguridad, sino que ha desmantelado tan sistemáticamente su capacidad de producción militar que hoy, si estallara un conflicto de envergadura, no tendría ni los proyectiles ni los cañones para sostenerlo durante más de unas pocas semanas sin un masivo puente aéreo norteamericano.

La dependencia no es sólo financiera. Es estructural. Es operacional. Europa delegó en Washington no sólo la voluntad de defenderse, sino la capacidad misma de hacerlo.

Kaja Kallas, máxima autoridad diplomática de la Unión Europea, en conferencia de prensa.

Kaja Kallas, máxima autoridad diplomática de la Unión Europea, en conferencia de prensa. Reuters.

¿Cómo llegó Europa a esta situación?

La respuesta es incómoda pero sencilla: porque pudo.

Durante generaciones, los países europeos optaron conscientemente por destinar sus recursos al Estado del bienestar, a las vacaciones más largas del mundo desarrollado y a una calidad de vida envidiable, delegando en Washington la factura de su seguridad.

Lo que pocas veces se dice es que esa factura tuvo un coste real y concreto para el ciudadano estadounidense. Mientras el europeo disfrutaba de sanidad universal, jubilaciones generosas y cinco semanas de vacaciones pagadas, el norteamericano cargaba con impuestos y deuda destinados en parte a financiar precisamente esa seguridad que permitía al europeo vivir tan bien.

El envidiable Estado del bienestar europeo fue posible, en parte, porque Estados Unidos pagó la cuenta de su defensa.

Es la actitud del adolescente que vive cómodamente en casa de sus padres, disfruta de todas las comodidades, critica las decisiones del hogar y considera que contribuir a los gastos es opcional.

La misma irresponsabilidad que llevó a Europa a descuidar su demografía y abrir sus fronteras sin criterio es la que la llevó a descuidar su defensa: en ambos casos, alguien más pagaría la cuenta.

Hay que ser justos. No todos los europeos son iguales. Polonia gasta el 4,1% de su PIB en defensa, más que Estados Unidos en términos proporcionales, y lo hace con la urgencia de quien tiene a Rusia como vecino y no se hace ilusiones.

Estonia y Letonia también superan el umbral. Son los países que más tienen que perder y los que menos se permiten el lujo de la complacencia. Son también, curiosamente, los que menos se quejan de Trump.

Nada de esto significa que la OTAN deba desaparecer. Sin el paraguas norteamericano, Europa quedaría expuesta frente a Rusia de una manera que no ha conocido en ochenta años.

Y Estados Unidos perdería la red de bases y la capacidad de proyección de poder global que durante ese mismo tiempo le permitió intervenir en cualquier rincón del mundo.

La alianza sigue siendo el instrumento más eficaz de seguridad colectiva que existe y su valor estratégico para todos sus miembros es incuestionable.

Pero una alianza que funciona en una sola dirección no es una alianza: es un protectorado con buenas relaciones públicas.

La pregunta que Rubio hizo en voz alta (¿por qué estamos en la OTAN?) era necesaria. Que resulte incómoda a quienes más se han beneficiado del desequilibrio no es razón suficiente para no responderla.

*** Pablo Kleinman es empresario de medios de comunicación y presidente del Hispanic Jewish Endowment en Miami.