El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, espera para dar la bienvenida al presidente polaco Andrzej Duda en el Día de la Constitución de Ucrania, en medio del ataque de Rusia a Ucrania, en Kyiv, 28 de junio de 2025.

El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, espera para dar la bienvenida al presidente polaco Andrzej Duda en el Día de la Constitución de Ucrania, en medio del ataque de Rusia a Ucrania, en Kyiv, 28 de junio de 2025. Thomas Peter Reuters

Tribunas

Ucrania, Trump y el despertar militar de la UE

Cuatro años después del inicio de la guerra de Ucrania, la UE debe abordar sus limitaciones de gobernabilidad y hacer de su autonomía en seguridad y defensa una prioridad absoluta.

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Esta semana se cumple el cuarto aniversario de la brutal e injustificada invasión rusa de Ucrania.

Es una fecha de gran simbolismo por la heroicidad y la resistencia del pueblo ucraniano frente a un conflicto que vulnera los principios más básicos del Derecho internacional, la integridad territorial y los derechos humanos.

Las cifras son escalofriantes. La guerra ha causado ya cerca de 1,8 millones de víctimas militares y 56.000 civiles, más de siete millones de refugiados, cuatro millones de desplazados internos y un aumento dramático del desempleo y de la pobreza del país.

El coste de la reconstrucción se cifra en cerca de 500.000 millones de euros, según estimaciones de la ONU y del Banco Mundial.

En perspectiva comparada, la invasión de Ucrania ha superado en número de días a la guerra de Corea y se encamina a sobrepasar la duración de la Primera Guerra Mundial.

Esto la sitúa en los niveles de los principales conflictos armados del siglo XX y evidencia un desgaste intensificado para ambos bandos.

El presidente ruso, Vladímir Putin.

El presidente ruso, Vladímir Putin. Reuters

Hoy, la guerra se encuentra en una situación de bloqueo. Rusia controla una quinta parte del territorio ucraniano y, en los dos últimos años, apenas ha conquistado un 1,5% adicional, según el Instituto estadounidense para el Estudio de la Guerra.

Mientras tanto, las negociaciones para una paz duradera siguen estancadas en un punto que orbita entre las ínfulas imperialistas de Putin y la negativa de Zelenski a hacer concesiones territoriales en el este del país, con Trump erigido en mediador y parte.

Al margen de los retos, riesgos e incertidumbres que plantea la amenaza rusa y el apoyo a Ucrania en su batalla por la supervivencia, lo cierto es que el retorno de Trump al poder ha supuesto un amargo despertar para los países europeos.

"Trump ha batido todos los récords de la 'antidiplomacia' frente a sus aliados occidentales en apenas un año"

Los Veintisiete se han visto aceleradamente confrontados con un vínculo atlantista muy tóxico, con un presidente que ha hecho de la amenaza y de la fuerza su principal instrumento de política exterior.

Todo ello ha expuesto las vulnerabilidades de los veintisiete en un contexto de plena reconfiguración del orden mundial.

Así las cosas, Trump ha batido todos los récords de la "antidiplomacia" frente a sus aliados occidentales en apenas un año. Desde la activación de la metralla arancelaria (ahora contestada por el Tribunal Supremo de Estados Unidos) hasta los amagos de abandonar la OTAN si el conjunto de sus miembros no incrementa hasta el 5% del PIB su gasto en defensa hasta 2035.

España se ha situado en la diana del presidente norteamericano por su negativa a suscribir el pacto.

En la misma línea, la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, publicada hace apenas un par de meses, evidencia que Trump va muy en serio al limitar sensiblemente el apoyo militar a sus aliados en aquellos frentes donde los intereses norteamericanos sean secundarios.

A esta situación se suma la humillación en el marco de las propias negociaciones para la paz en Ucrania.

Trump ha validado el marco de Putin y los representantes comunitarios no han sido invitados a las últimas rondas de negociaciones en Suiza o en Emiratos Árabes.

Sin embargo, sí ha habido un episodio que ha supuesto un punto de inflexión determinante en la relación entre Estados Unidos y la UE: el capítulo de Groenlandia.

Las amenazas de anexión por la fuerza de la isla del Ártico bajo el pretexto de la seguridad nacional y la "incapacidad" de Dinamarca de protegerla de la influencia rusa y china han dinamitado la confianza, otrora inquebrantable, de históricos valedores de la relación transatlántica, tales como Dinamarca, Estonia, Francia o la propia Alemania.

A la luz de estos acontecimientos, Europa ha entendido que, si no quiere caer en una posición de vasallaje, debe moverse rápido. Lo evidencia la actitud de Trump en Ucrania, pero también en otros puntos de crisis como Gaza, Irán o Venezuela, donde la consigna es abogar por "restaurar la paz mediante la fuerza".

Es un terreno (el de la fuerza bruta) en el que la UE no se siente cómoda y en el que sus tradicionales mecanismos de resolución de conflictos (sanciones, comunicados y diplomacia) pierden gran eficacia.

Sea como fuere, el cambio de actitud de la UE es real y se ha puesto de manifiesto en la última Conferencia de Seguridad de Múnich, uno de los principales foros a nivel mundial para el debate sobre política de seguridad internacional.

Allí, el fuego dialéctico cruzado entre Estados Unidos y los países europeos se hizo muy palpable.

Mientras Marco Rubio, secretario de Estado de Estados Unidos y uno de los hombres fuertes de Trump, afirmó que el presidente norteamericano está dispuesto a seguir apoyando a la UE "bajo sus términos" y no como cómplice de una espiral de decadencia (especialmente en alusión a sus políticas migratorias), Kaja Kallas, jefa de la diplomacia europea, alegó que la UE no está en decadencia.

Kallas destacó la fortaleza, el atractivo para nuevos miembros y la proyección global del bloque comunitario, así como su apuesta por el multilateralismo, como demuestran los recientes acuerdos comerciales alcanzados con la India y el Mercosur.

El canciller alemán, Friedrich Merz, el presidente francés, Emmanuel Macron, y el primer ministro británico, Keir Starmer, en la 62.ª Conferencia de Seguridad de Múnich en Múnich, Alemania.

El canciller alemán, Friedrich Merz, el presidente francés, Emmanuel Macron, y el primer ministro británico, Keir Starmer, en la 62.ª Conferencia de Seguridad de Múnich en Múnich, Alemania. Reuters

Del mismo modo, el canciller alemán aludió a la brecha creciente y enfatizó, sin tapujos ni ornamentos de ningún tipo, que la relación transatlántica está en entredicho y que Europa debe avanzar en sus propias garantías de seguridad.

Aquí se enmarcan iniciativas como el muro de drones que los veintisiete llevan algunos meses debatiendo para blindarse frente a Rusia en el flanco oriental o la propuesta de extender el paraguas nuclear francés como vía de disuasión (una medida "en pañales" que ha suscitado debate y grandes reticencias).

En lo tocante a Ucrania, Kiev ha acusado el abandono militar, financiero y humanitario de Estados Unidos desde la llegada de Trump. Aunque podemos debatir sobre los ritmos, lo cierto es que la UE ha estado a la altura para recoger el testigo.

Mientras que en 2025 la ayuda de Estados Unidos a Kiev se redujo cerca de un 95%, la de la UE se incrementó del 55% de 2022 a más del 90% este año, según el prestigioso Instituto de Kiel para la Economía Mundial.

Asimismo, cabe destacar la implicación institucional al más alto nivel: pleno extraordinario en el Parlamento Europeo para honrar la resistencia ucraniana y visita a Kiev de Ursula von der Leyen y António Costa, presidentes de la Comisión y del Consejo Europeo, en el aniversario de la guerra.

Pese a ello, persisten limitaciones de gobernabilidad muy serias en el seno de la UE que lastran la credibilidad del bloque y frustran la fortaleza del apoyo a Kiev.

"El uso perverso del veto por parte de gobiernos próximos a Moscú pone de manifiesto la urgente necesidad de reformar el sistema institucional de la UE"

Prueba evidente de ello es el escandaloso bloqueo de última hora por parte de Hungría y Eslovaquia del vigésimo paquete de sanciones contra Rusia, así como del préstamo de 90.000 millones de euros pactado en diciembre para sostener las necesidades presupuestarias de Ucrania.

Se trata de un préstamo financiado con deuda común e ideado como respuesta alternativa ante la falta de acuerdo para movilizar los activos rusos congelados para la compra de armamento.

El uso perverso del veto por parte de gobiernos más próximos a Moscú que a los valores europeos pone de manifiesto la urgente necesidad de reformar el sistema institucional de la UE para abolir la unanimidad en la toma de este tipo de decisiones.

Una encuesta reciente de YouGov revela un aumento significativo en la percepción de riesgo entre los ciudadanos occidentales: entre un 41% y un 55% de los encuestados ve como probable un escenario de guerra mundial en el transcurso de los próximos cinco años.

Los acontecimientos acaecidos en el último lustro han supuesto el despertar militar forzado para la UE, un proyecto de integración y expansión pacífica con más de siete décadas de antigüedad.

Ahora, la historia y el actual contexto geopolítico nos confrontan con un amargo dilema: volver a la lógica militarista o lidiar con los riesgos de una paz injusta.

*** Alberto Cuena es periodista especializado en asuntos económicos y Unión Europea.