El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

Tribunas

El Sánchez que viene y el Feijóo que no se espera

Si el PP quiere imponerse como alternativa, debe defender una línea genuinamente propia, que no permita a Sánchez seguir diciendo que Feijóo prefiere a Abascal, ni viceversa.

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Lograr que Emiliano García-Page pierda la presidencia de Castilla-La Mancha ya puntuaba alto en la lista de objetivos de Pedro Sánchez, pero la tragedia ferroviaria y la tendencia electoral confirmada en Aragón la convierte en prioritaria.

Y no es porque el líder autonómico le contradiga a veces, ya que hasta ahora ese ladrar sin morder les ha sido útil a ambos para mantener en el PSOE una mayor horquilla de votantes (del lindante con Podemos al pensionista nostálgico de Felipe). Sino porque el presidente del Gobierno da ya por bastante probable su salida de La Moncloa y necesita asegurarse de que para entonces ningún barón le dispute la secretaría general del partido.

En efecto, hasta el pasado domingo, Sánchez se inclinaba por apurar la legislatura otro año y medio pero se había preparado para hacerlo en 2026 si surgía alguna oportunidad.

Para guardarse esa carta había decidido dos medidas de relevante impacto presupuestario: una subida de sueldos a los funcionarios tras tres años congelados y el aplazamiento del sistema de facturas electrónicas Verifactu que subirá los ingresos tributarios al dificultar la economía en negro.

Si hubiera tenido claro que las elecciones serían en 2027, habría hecho lo contrario: retrasar a 2027 el aguinaldo funcionarial e implantar ya la nueva contabilidad porque el dolor de cabeza que supondrá adaptarse al conjunto de los autónomos se habrá atenuado pasados los primeros meses.

La jugada le (o más bien "nos") puede pues salir cara. Porque las cuentas públicas van a estar cada vez más difíciles de cuadrar, dado que este año se reducirán ya los fondos europeos. Además, la economía española se ralentizará porque recupera ya su trayectoria prepandemia (crecemos últimamente más rápido porque en 2020 fuimos el país grande que más cayó).

El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo, se dirige a la tribuna de oradores. Al fondo, Sánchez junto a María Jesús Montero.

El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo, se dirige a la tribuna de oradores. Al fondo, Sánchez junto a María Jesús Montero. Europa Press

Aunque, por otro lado, la falta de Presupuestos ayuda al Gobierno a ingresar más (no se deflactan los escalones tributarios, es decir que ingresos que suben con la inflación pasan a pagar tipos de impuestos más altos), mientras que los gastos se congelan o estancan en términos nominales (aparte de los que se dejan a medio ejecutar porque "no se notan", como el mantenimiento de infraestructuras).

Pero Sánchez ya ha comprobado que los votantes castigan más a su partido por el mal funcionamiento del país, la corrupción y las cesiones a los nacionalistas que al PP por su falta de definición política y titubeos con Vox,

Por eso, adaptará su estrategia retrasando las generales por si llegara alguna calamidad o escándalo que reprochar a sus rivales. O para dar tiempo a que los anunciados gobiernos autonómicos PP-Vox vuelvan a tener peleas internas.

Rumbo entonces a las elecciones en 2027 que podrían ser en mayo junto a autonómicas y locales si ese protagonismo añadido en la campaña de lo nacional contribuyera a lastrar a Page hasta hacerle perder su cargo. Si bien Sánchez preferiría volver a hacerlas en verano.

Con el escenario de falta de alternativa en el PSOE ya consumado, otra ronda de pactos o riñas autonómicos entre PP y Vox, unos meses más de nómina para él y toda la corte, y el factor azaroso que añaden unas elecciones en periodo inusual.

Por cierto, como tarde podrían celebrarse el 22 de agosto, salvo que se reformara la ley electoral para adoptar un plazo de hasta 30 días más que aún entraría dentro de la horquilla prevista constitucionalmente.

¿Al presidente del Gobierno no le queda, pues, más que sentarse a ver si el PP se sale solo de la pista?

Ni va con su carácter de tahúr ni se lo aconseja el escenario judicial que se encontrará cuando no tenga los medios públicos (y los privados complacientes), el BOE, la Abogacía del Estado y la Fiscalía a su servicio (Pumpido podrá quedarse pese a su mandato caducado mientras no haya tres quintos de senadores para relevarlo).

Tiene varios cartuchos preparados en varios frentes: pretender ser la némesis de Trump, romper relaciones con Israel (mientras es artífice del abandono del Sáhara Occidental), rebajar el mínimo de escaños provincial a uno (en el voto rural el PSOE lo tiene aún más complicado que en el urbano)…

Medidas que se le quedarían cortas a estas alturas. Más eficaz sería absorber a Sumar (Yolanda Díaz y otra decena bien se contentarían de seguir de diputados al precio de ir de independientes en las listas del PSOE) porque concentraría el voto en muchas provincias. Y lo que se fuera a Podemos o a lo de Rufián acabaría apoyándole en la investidura.

"Sánchez ya ha comprobado que los votantes castigan más a su partido por el mal funcionamiento del país, la corrupción y las cesiones a los nacionalistas que al PP por su falta de definición política y titubeos con Vox"

Si hiciera falta lanzaría el órdago del referéndum por la república plurinacional (que engañosamente llamaría "federal"), pero sabe que, si no gana con esa arma atómica, su carrera se acaba, así que tal como están los pronósticos está dispuesto a guardarla para usarla después desde la oposición guerracivilista que emprendería.

¿Y Feijóo?

Quizá piense que le bastarán unos resultados como en Extremadura y Aragón, porque los españoles han descontado ya que los pactos con Vox son inevitables e incluso inocuos. Pareció un desliz cuando su portavoz Esther Muñoz dijo en diciembre: "El PP pactará con Vox donde haga falta, los votantes quieren más políticas de derechas".

Pésimo argumento que bloquea cualquier trasvase desde el centroizquierda a la vez que valida a Vox como el que consigue verdaderas políticas de derechas para quienes las desean. Pero el presidente popular parece confirmar esa línea cuando apuesta por pactos "responsables" con Vox siempre que estén dentro de la Constitución (¡faltaría!) y las leyes (como si una nueva mayoría no debiera aspirar a cambiarlas…).

Se equivoca gravemente. Vox no se va "domesticar" si se coaligan con ellos, ni siquiera hasta las generales, porque consideran que están en fase ascendente,

No renunciarían a dar rienda suelta a sus fobias (inmigración, ecología, igualdad entre mujeres y hombres…) e intentar plasmarlas en acciones de gobierno, precisamente cuando están de moda porque el líder de la primera potencia las pone cada día en la agenda comunicativa mundial.

El resultado sería que el PP no sólo perdería el escaso voto prestado socialdemócrata, sino que éste podría verse tentado a no quedarse en la abstención sino mantener su fidelidad a la papeleta del PSOE.

Si el PP quiere imponerse como alternativa y tener fuerza para gobernar las múltiples crisis (social, económica, ambiental, geopolítica…), debe defender una línea genuinamente propia, que no permita a Sánchez seguir diciendo que Feijóo prefiere a Abascal, ni viceversa.

Feijóo tiene que poder reclamar a la vez a sus dos rivales la abstención si quieren demostrar que no quieren que España dependa del otro. Eso implica de entrada no volver a pactar con Vox en las autonómicas. Ya se vio lo que ocurrió en 2023 y parecen querer repetir el error.

"Apuesto por una reforma constitucional para derogar los privilegios forales, madre de las desigualdades que van reclamando los demás nacionalismos"

Si no se abstienen ni Vox ni PSOE, se repetirán las elecciones autonómicas.

¿Y qué? Como si ocurre más de una vez. Mientras, seguirán los populares gobernando en funciones, y no será Sánchez quien se lo pueda reprochar cuando va camino de agotar una legislatura sin Presupuestos.

Esta firmeza la resultaría atractiva ante el frente de centro-izquierda y no debe importarle si algo se le escapa por la derecha. Llegada la investidura, los votantes de Abascal no le perdonarían no investir a Feijóo y que siguiera Sánchez siquiera unos meses más en funciones.

Y, sobre todo, Feijóo debería elegir una bandera fuerte en fondo y en forma, que asuma la gravedad de la situación y supere en ambición al referendo republicano que puede lanzar Sánchez, pero que tenga un carácter transversal. Que pueda quitar votos a la vez al PSOE y a Vox.

Y eso sólo puede ocurrir apostando con decisión por la verdadera igualdad entre españoles. Apuesto por una reforma de la Constitución (basta de considerarla intocable cuando han saltado ya tantas costuras), anunciada de frente para derogar la disposición adicional que establece los privilegios forales, madre de las desigualdades que van reclamando los demás nacionalismos.

Suprimir esa excepción, cuestionada desde Europa y profundamente conservadora (Franco la mantuvo), por la que se ha ido progresivamente deshilachando la solidaridad entre españoles, daría un nuevo impulso al proyecto de convivencia constitucional.

¿Qué arriesgaría el PP? ¿Perder sus actuales tres diputados vascos y navarro?

Probablemente ni eso porque habría suficientes conciudadanos en esas autonomías que entenderían que ese privilegio medioplacista al cabo está reventando la viabilidad política de todo el país. Y que calculen además los populares cuántos votos ganarían por ambos flancos (al PSOE y a Vox) en el conjunto de España.

Pero, la verdad, no creo que el PP se atreva con esto ni con casi nada, porque así lo está demostrando con su tibieza hasta para desactivar el apartheid lingüístico que los socialistas y nacionalistas dejaron establecido por ejemplo en la Comunidad Valenciana y sobre todo en Baleares.

Esto no va sólo de echar a Sánchez: el país ya está muy dañado por tantos ataques de quienes quieren destruirlo, en alianza con el temerario oportunismo de quienes quieren ocupar el poder, mientras que quienes dicen defender la Constitución no se sienten capaces de reparar sus grietas.

Está a punto de configurarse un nuevo orden constituyente, y quien primero lo proponga tendrá ventaja para lograrlo. Mi deseo y apuesta son una ambición radical por la igualdad. ¿Quién la abandera?

*** Víctor Gómez Frías es ingeniero y profesor.