El sol se pone sobre Gaza, visto desde el lado israelí de la frontera entre Gaza e Israel, el 19 de agosto de 2025. Reuters
En Gaza no hay ningún "esteticidio", aunque lo diga el Museo Reina Sofía
Cuando se abandona el análisis jurídico, político o humanitario y se entra en el terreno de la demonización simbólica, se cruza una línea peligrosa. No se busca comprender ni mejorar la situación, sino señalar, estigmatizar y aislar.
Este martes 10 de febrero tuvo lugar una conferencia sobre el llamado "esteticidio en Gaza" en el Museo Reina Sofía, una institución pública sostenida con fondos del Estado.
A primera vista, podría parecer una reflexión cultural o humanitaria legítima.
Sin embargo, un análisis mínimamente riguroso del concepto, de su uso y de su contexto histórico obliga a plantear una pregunta incómoda pero necesaria. ¿Estamos ante un ejercicio de pensamiento crítico honesto o ante una construcción ideológica que banaliza la historia y reintroduce marcos retóricos peligrosos?
El término "esteticidio" no pertenece al ámbito académico consolidado ni al Derecho internacional. No es una categoría jurídica reconocida ni un concepto historiográfico consensuado.
Se trata de una construcción retórica reciente, cargada de emotividad, que no describe hechos, sino que atribuye intenciones. Con ella no se denuncia únicamente la destrucción material derivada de un conflicto armado (algo trágico, pero común a todas las guerras), sino que se acusa a Israel de una supuesta voluntad deliberada de "borrar la belleza", la cultura o la identidad estética de un pueblo.
Esta acusación no es inocente. La idea de que los judíos "destruyen la cultura", "corrompen la estética" o "aniquilan la belleza" ha sido uno de los pilares clásicos del antisemitismo europeo.
Soldados israelíes en las ruinas de Rafah, en el sur de Gaza. Reuters
El régimen nazi lo expresó sin ambages al calificar el arte moderno como "arte degenerado" y atribuirlo a la influencia judía.
Hoy, ese mismo marco reaparece con un vocabulario aparentemente progresista, pero con una genealogía inquietantemente reconocible, que debería encender todas las alarmas en espacios culturales que se reclaman críticos y responsables.
A ello se suma una grave descontextualización histórica. Gaza estuvo bajo administración egipcia entre 1948 y 1967, sin que existiera allí un Estado palestino soberano. Antes de la creación del Estado de Israel, las comunidades judías históricas de la región ya habían sufrido expulsiones y ataques, en procesos de violencia y limpieza étnica de los que rara vez se habla.
"La destrucción urbana causada por una guerra se transforma así en una acusación metafísica. Ya no se discuten decisiones militares concretas, sino que se atribuye a un Estado una pulsión culturalmente exterminadora"
Los disturbios antijudíos de 1929, ampliamente documentados en toda la región bajo mandato británico, demuestran además que la violencia contra los judíos precede en décadas a cualquier narrativa de "ocupación".
Ignorar estos hechos no es un descuido, sino una elección ideológica. El resultado es un relato simplificado y monocorde, en el que sólo hay un actor demonizado y un único sujeto pasivo, lo que elimina toda complejidad histórica, política y moral.
La destrucción urbana causada por una guerra se transforma así en una acusación metafísica. Ya no se discuten decisiones militares concretas, sino que se atribuye a un Estado una pulsión culturalmente exterminadora.
Este desplazamiento del lenguaje tiene consecuencias. Cuando se abandona el análisis jurídico, político o humanitario y se entra en el terreno de la demonización simbólica, se cruza una línea peligrosa. No se busca comprender ni mejorar la situación, sino señalar, estigmatizar y aislar.
Ese no es el papel de la cultura ni de las instituciones públicas que la representan.
Por todo ello, esta conferencia no debería haberse celebrado en una institución pública que se reclama comprometida con la cultura, el pensamiento crítico y los derechos humanos. No porque el sufrimiento de Gaza no merezca atención (la merece, y mucha), sino porque instrumentalizarlo mediante conceptos cargados de sesgos históricos y resonancias antisemitas no contribuye a la paz, la justicia y la verdad.
El pensamiento crítico exige rigor, la cultura exige honestidad y la memoria histórica exige responsabilidad. Cuando el lenguaje se convierte en propaganda, no estamos ante un acto cultural, sino ante una forma de desinformación legitimada desde una institución pública.
Y eso, con mis impuestos, no.
*** Esther Benarroch es miembro de la comunidad judía de Madrid.