Báñez, Méndez de Vigo y De la Serna se entretienen en una sesión de 2017.

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LA TRIBUNA

Excéntricos de centro

Si el gran mérito de la democracia ateniense fue trocar dagas por togas, y el de la democracia parlamentaria fue cambiar balas por papeletas, el de la nuestra está siendo el de sumar escaños y escenarios en un único espacio de representación.

14 diciembre, 2021 06:06

La política de hoy tiene algo de excéntrica y necesita que los excéntricos tengan también su parte de representación. Había que buscarles un lugar y se ha conseguido. Hemos tardado cien años, que en los plazos de la historia humana no son tantos. Cien años para aprender que la política es aburrida y las masas no tienen ni tiempo ni ganas para encontrarle la gracia.

Ya lo vio Ortega, y dijo que el niño mimado de la historia no soporta el aburrimiento. Por eso la política de los años 30 fue tan divertida, tan llena de espectáculo, de desfiles, grandes discursos y fenomenales performances. Con sus fuegos fatuos por la noche, grandilocuentes arengas llenas de futuro e ilusión, estadios repletos de euforia y una iconografía de redentores, salvadores y héroes sin igual, la representación política del siglo pasado alcanzó las más altas cotas teatrales.

La constitución liberal burguesa no previó el aburrimiento como problema. Las formas políticas siempre van un paso por detrás de los cambios sociales. La política de masas hizo su primera aparición en escena a finales del siglo XIX y las viejas instituciones burguesas no estaban preparadas. La constitución de Weimar no lo pudo ver y no dejó hueco a la chavalería aburrida y agitada. Así llegaron los histriones de la política al poder, porque la masa pedía espectáculo político, y el pueblo soberano eligió.

Algo hemos aprendido cien años después y tras unos cuantos disgustos. Nuestra democracia liberal ha madurado mucho y ha sabido crear un espacio para los aburridos del sistema.

"El sistema encaja la crítica, absorbe la tensión y centrifuga el ruido de los aplausos fáciles para seguir con lo suyo"

En el centro del centro, en el mismísimo punto medio del mundo, un excéntrico cruza las piernas, se enciende un cigarro y nos cuenta cómo todo podría ir mejor con ese extraño acento neutro que tienen los pirómanos con fobia al fuego. Los cansados del centro, los excéntricos de centro, lo peor del centro, a los que el cuerpo les pide marcha, porque la política les parece demasiado aburrida, ahora sí tienen su sitio, pero donde deben tenerlo. Son el nuevo personaje de la política contemporánea.

Si no están cómodos dentro del procedimiento rutinario, que es lento, con pocos focos y trata temas plomizos, el sistema les ofrece un lugar. Los amigos del aplauso rápido con pretensión de influir, sin el humor suficiente como para reírse del drama de la existencia, pero bastante inteligentes como para hacerse cargo del mismo, también tienen su sitio. El sistema les ha ofrecido su escaño posmoderno sin límite de tiempo. Programas de televisión unipersonales, escenarios de teatro o discotecas sirven para que el excéntrico pueda representar el aburrimiento que no tiene representación en el Congreso, todavía muy señorón y decimonono, pese a todo.

Qué duda cabe que esto es una virtud del sistema. Los excéntricos hablan desde fuera del centro y tienen cosas importantes que decir. Al centro le hace falta que se lo digan, y a los demás escucharlo, porque el centro tiende a implosionar si pierde el contacto con la periferia. Alguien tuvo que despertar de su letargo a la sociedad burguesa, pero tampoco era necesario quemar el Reichstag. Hoy despierta, pero ha aprendido, y lo hace sin asaltos al Palacio de Invierno.

Hemos aprendido que es mejor un poco de teatro, unas risas a costa del sistema, aplausos y calor del público para el que lo necesita. Mientras tanto, el sistema encaja la crítica, absorbe la tensión y centrifuga el ruido de los aplausos fáciles para seguir con lo suyo, que es esa cosa tan aburrida en que consiste la política.

"Si los medios hablasen de política pura, no los leería casi nadie. Sería como leer el BOE para desayunar"

Lo cierto es que la política suele ser muy aburrida. No tiene nada que ver con esas charlas de sobremesa en las que nos inflamamos hablando de ella. Los marujeos, los mal encarados y la carnaza que nos alimenta tienen muy poco que ver con la realidad cotidiana. Pero es que una cena de Navidad hablando del tipo porcentual aplicable a la producción de metanol industrial sería muy aburrido y poco apto para el cuñadismo. Es mucho más divertida una bronca que un consenso.

Si los medios hablasen de política pura, no los leería casi nadie. Sería como leer el BOE para desayunar. Y eso no lo soportan ni los lectores ni muchos de los actores que nacieron para ser estrellas y no tramoyistas. La masa quiere opinar de todo porque sabe de todo, quiere aplausos y emoción porque está aburrida, necesita líderes fuertes porque le va la marcha, y quiere que le acaricien el lomo porque necesita caso.

El sueño del nuevo hombre masa sería ser la novia en la boda, el muerto en el entierro y el candidato único. Un selfie votándose a sí mismo en las elecciones a las que sólo se presentaría él. Esa es la imagen del candidato presidenciable de nuestros días. Pero como esto no es posible, nuestro sistema liberal ha dado una nueva vuelta de tuerca en un giro de guion excepcional.

En lugar de dejarse reventar como hace un siglo, ha ensanchado el espacio de la representación, ofreciendo un lugar a las opiniones válidas de los excéntricos, siempre inteligentes, pero alejándolos del pajar y quitándoles las antorchas.

Si el gran mérito de la democracia ateniense fue trocar dagas por togas, y el de la democracia parlamentaria fue cambiar balas por papeletas, el de la nuestra está siendo el de sumar escaños y escenarios en un único espacio de representación.

*** Armando Zerolo es profesor de Filosofía Política y del Derecho en la USP-CEU.

Vista general del hospital La Paz, con el McDonalds a sus pies.

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