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LA TRIBUNA

Cuando el secesionismo se impregna de populismo

El autor, eurodiputado socialista, analiza las falacias que el independentismo para lograr la desconexión, acercándose así a una retórica netamente populista.

Juan Fernando López Aguilar

Discutamos, por falsables, los extremos más groseros del secesionismo que yacen tras la exasperación de la cuestión catalana bajo la amenaza latente de una ruptura unilateral. Los sintetizo en tres, cuyo abuso combinado dura ya un tiempo prolongado:

  • Tartufismo pseudodemocrático: la hipócrita pretensión de que democracia equivalga a que se pueda decidir cualquier cosa en cualquier modo, por más que se quiebren con ello las reglas de juego pactadas para la convivencia, y por más que con ello se incite a las minorías o personas que sientan sus derechos violados a contradecidir en un desacato simétrico de lo que así se decida.
  • Victimismo impostado: sin reparar en los costes ni en perjuicios irrogados, se busca denodadamente una reacción en defensa de la legalidad quebrantada para después presentarla como represión y como corolario.

  • Teatral martirologio: de cada provocación, incluidos ilícitos penales, como si fueran la anticipación de una causa que acabará por ser heroica y triunfadora en la Historia.

Nunca ha sido verdad que la democracia se reduzca, sin más, a la decisión de la mayoría; exige, además de eso, la protección de las minorías y de los derechos protegidos por un pacto normativo y vinculante para la gestión de conflictos conforme a garantías aceptadas. Ni que se pueda decidir con desprecio de las formas. Ni que cualquier territorio pueda autodeterminarse al amparo del Derecho internacional ni Europeo. Ni que ninguno segregado de un Estado de la UE (por medio de una sedicente declaración unilateral de independencia) imponga un derecho natural de permanencia en la Unión que lo es de Estados miembros, no de pueblos o naciones autoproclamadas.

El populismo no es una ideología ni un programa: es, antes bien, una retórica y un eficaz estilo de comunicación

Pero a medida que avanza la hoja de ruta trazada para la desconexión, se acentúan sus componentes más netamente populistas. A estas alturas, sabemos que el populismo no es una ideología ni un programa: es, antes bien, una retórica y un eficaz estilo de comunicación que impregna los espacios públicos -singularmente en contextos de crisis y desafección-, y cuya pujanza reside en su capacidad de contaminar los discursos y formas de hacer política de los demás actores.

El pasado 1 de junio intervine en el Foro de Lisboa -diálogo norte/sur en política comparada, bajo auspicio de la UE y del Consejo de Europa- en una jornada dedicada a examinar los proteicos y rampantes populismos germinados a rebufo de la Gran Recesión que arrancó en 2008. Sinteticé allí algunos rasgos que aparecen extensibles al guion secesionista:

  • Respuesta simplona a lo complejo: todo malestar y problema -la desigualdad, la pobreza y la escasez de los recursos- se resolvería con el bálsamo de la ansiada independencia.
  • Señalamiento de chivos expiatorios a los que culpabilizar de esos males : los otros, los extranjeros, las élites, la casta, el Estado... Ellos contra nosotros.
  • Descalificación de cuantas instituciones independientes y poderes intermedios se interpongan en nuestra causa: no existe más democracia que la que ejerce el pueblo directa o asambleariamente, henchido de furia flamígera, ira, indignación, movilizado en las calles, en las redes sociales...
  • Explotación política del resentimiento extenso -tan real y fundado como dolosamente espoleado- contra esos chivos que han sido estigmatizados como enemigos del pueblo, del que nos redimiría votar por líderes y por eslóganes cuyo empoderamiento reportaría virtudes emancipatorias.

Una parte sustantiva del procés secesionista descansa, irresponsablemente, en la confrontación y agitación de un ellos contra un nosotros del que muchos catalanes no pueden quedar a salvo. Hace tiempo que asistimos a una contraposición de identidades excluyentes, sin reparar en perjuicios ni en los daños reportados contra la convivencia y las historias compartidas. Sólo así cabe entender la provocación constante al cada vez más invocado recurso al “uso de la fuerza” del “Estado contra Cataluña”: fingiendo alarma, lo ansían, en un imaginario que apunta a una “intervención (extranjera)” contra “el deseo de votar”. Secesionismo excluyente y populismo iluminado se entremezclan en el poso de un malestar generado por la peor crisis de la UE a lo largo de su historia y en la frustración suscitada por la secuencia que condujo a la STC 31/2010 sobre el Estatut hoy vigente.

Es fácil, y tentador, cargar la tinta señalando notorias acciones del PP -campaña de mesas petitorias, recurso masivo contra el Estatut- y luego la inacción leguleya al estilo de Rajoy. Pero aunque las responsabilidades están ciertamente repartidas (nadie está exento), podemos rebobinar tan lejos como queramos para identificar la cadena de omisiones, incomparecencias, errores de previsión, de estrategia o de comunicación que den respuesta a la pregunta: ¿cómo llegamos hasta aquí? Mucho se ha escrito a propósito de cómo la indisputada hegemonía nacionalista en el sistema educativo, y en la distorsión de la historia al servicio de intereses -a menudo disfrazados de épica y adulación del narcisismo colectivo-, y la manipulación desde los medios públicos y la colonización clientelar de buena parte de los privados, han contribuido de consuno a la difusión de una narrativa sesgada que ha prendido en la retina de segmentos decisivos de la ciudadanía catalana, especialmente en los más jóvenes.

Sabemos que el problema es político y es cierto que necesitamos puentes de diálogo que abran iniciativas y nuevas soluciones políticas

Pero de ahí, también, la importancia de las empresas cívicas que muchos echaban de menos hasta que se han acometido con encomiable empeño: una estrategia que reenganche con los círculos concéntricos de las identidades compatibles en una sociedad abierta, desenmascarando los mitos, falsías y lugares comunes sobre los que se sustentan las cuentas y los cuentos del populismo secesionista, tal y como nos muestran trabajos como los de Josep Borrell, Joan Llorach y Roberto Blanco Valdés.

Sabemos que el problema es político, sí, y es cierto que necesitamos puentes de diálogo que abran iniciativas y nuevas soluciones políticas. Pero también que no han de ser directamente antijurídicas, en conculcación sin más, de la legalidad que debe prevalecer. Porque es demasiado obvio que lo que quiera que encierre el hasta ahora inestrenado art.155 CE (que en ningún caso alude a la “suspensión de la autonomía”) está siendo apuntalado por los secesionistas que alimentan la tensión hacia su activación, no por quienes actúan vinculados por la ley.

Y queda pendiente, aun, la reforma federal de la Constitución. Y el reconocimiento expreso y diferencial de la identidad catalana. Pero no para apaciguar a los nacionalistas. Sino porque federar es unir: pactar la unión, y acordarla en la Constitución. Y porque el punto y seguido de un pacto constitucional, acordado en referéndum, es, además, por excelencia, el momento decisivo de ciudadanía y derechos: la decisión de un nosotros inclusivo. Plural, y reconocedor de cada singularidad, y de cada intensidad de vocación de autogobierno. Donde sentirse nación no comporte ser Estado ni trocee lo que quede de la soberanía, que es el poder constituyente de todos los españoles, con los catalanes dentro. Es un esfuerzo que apela a las generaciones vivas. Para la vida en común, no solo la conllevanza.

*** Juan Fernando López Aguilar es eurodiputado socialista y exministro de Justicia.

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