Lena Dunham. Gtres
El feminismo pop sólo ha parido aberraciones
El feminismo no ha muerto porque las mujeres hayan dejado de necesitarlo. Ha muerto porque se ha vuelto contra ellas.
Lena Dunham, un referente para las millenials por su serie Girls y por construir toda su carrera como la feminista amable que te explicaba por qué el feminismo no quiere hacerte daño, ha tenido una hija por gestación subrogada y lo ha contado en la revista Vogue como una crónica más de estilo de vida.
En los primeros párrafos habla de la gestante, la transferencia de embriones y el éxito del embarazo.
Y, a partir de ahí, entramos en el meollo del asunto: "Impotente y sin poder percibir los cambios físicos que indican el crecimiento del feto, empecé a comprar".
Vogue y Lena Dunham quieren que nos creamos que el hecho de que la actriz se pasara el embarazo de otra mujer comprando compulsivamente ropa para bebés es una historia tierna y dulce de las que confirman que todos los viajes hacia la maternidad son válidos.
"A medida que la ropa se iba apilando en la caja, también iba creciendo la sensación de que se estaba convirtiendo en alguien real. Esa sería su ropa. Sería una persona a la que ayudaríamos a vestirse, que causaría una impresión en el mundo basada en nuestras elecciones, hasta que tuviera la edad suficiente para hacerlo por sí misma".
Socorro.
La actriz, escritora y guionista estadounidense Lena Dunham anuncia la llegada de su primer bebé junto al músico británico Luis Felber, mediante gestación subrogada. https://t.co/cUtP4ggjNS pic.twitter.com/vvHqGdDooX
— EFE Noticias (@EFEnoticias) September 16, 2026
Quizá nada exprese mejor la naturaleza de la gestación subrogada que el hecho de que una experiencia tan corporal como el embarazo desaparezca del relato para ser sustituida por una experiencia de consumo. No puedo gestar, pero puedo comprar.
Y hasta yo, que, en parte por falta de originalidad y en parte por aburrimiento causado por la repetición, no soy partidaria de citar El cuento de la criada cada vez que hablamos de la gestación subrogada, tengo que reconocer que se lo han puesto en bandeja a los fans de Margaret Atwood, porque el momento del parto se cuenta tal que así: "Me senté en una cama de hospital, entre las piernas de una mujer a la que no conocía hace un año".
Por dar contexto, Lena Dunham tiene un vídeo con Vanity Fair compartiendo reflexiones sobre el feminismo en el que hace despliegues intelectuales del estilo de "puedes ser feminista con pelo en las axilas". Cuando publicó su libro, Planned Parenthood fue su colaborador en la gira promocional.
En su podcast llegó a decir que nunca había abortado, pero que le gustaría haberlo hecho, porque le daba más legitimidad para participar de la conversación.
Quiero decir, que ya podíamos intuir que Dunham no era Emily Davison arrojándose bajo los cascos del caballo del rey Jorge V para reclamar el sufragio femenino.
'Por qué no soy feminista', de Jessa Crispin.
"Los cambios radicales dan miedo. De hecho, son aterradores. Y el feminismo que yo defiendo es una revolución total. Si sólo quieres una vida cómoda, si sólo quieres ganar dinero, ver los programas que te gustan y que te vaya lo mejor posible en la vida, entonces reconócelo: tú no eres feminista", así llama a la batalla Jessa Crispin en su manifiesto feminista que se titula, paradójicamente, Por qué no soy feminista y del que sólo entiendo algunas cosas.
Lo siento, Crispin, Lena Dunham no ha querido morir en el frente.
Loola Pérez habla en su libro Maldita feminista de la inutilidad de una especie de feminismo pop: "Un 8 de marzo multitudinario llena portadas de periódicos, aumenta la producción de camisetas violetas y airea los trapos sucios entre los partidos políticos, pero, ¿después qué? ¿Hemos conseguido con ello frenar la violencia de género? No. Como mucho nos hicimos un selfi con alguna pancarta, entre amigas, sonriendo".
Ese feminismo pop es el que permitió que muchas mujeres construyeran su carrera como activistas de un feminismo de eslogan que las posicionaba a ellas, pero que hacía poco por los intereses reales de las mujeres.
Como el feminismo de Chimamanda Ngozi, quien después de triunfar diciéndonos que todos deberíamos ser feministas, tuvo a sus gemelos también por gestación subrogada y nos regañó por echárselo en cara.
"Mis niños son tan preciosos para mí, odio que nada referente a ellos haya sido politizado", lamenta Chimamanda.
Amiga, ten vergüenza, que te hiciste famosa hablando de que teníamos que tener más rabia y dando consejos sobre cómo educar a los hijos en feminismo.
Este es otro de los problemas del feminismo pop: queremos que las decisiones de las mujeres sean políticas cuando nos sirven para construir un discurso y estrictamente privadas cuando ese discurso empieza a incomodarnos.
Curiosamente, Loola Pérez sí apoya la gestación subrogada: "El derecho a usar nuestros cuerpos también asume de qué manera usar la propia capacidad reproductiva. La gestación subrogada puede realizarse de forma garantista y con perspectiva de derechos humanos".
Aquí bastaría con que estuviera regulado y con que los motivos de la gestante fueran altruistas.
¿Y los niños? ¿Qué hacemos con un proceso que por muy regulado que esté y por muy altruista que sea resulte imposible hacerlo garantista para los niños?
Explícale tú a un bebé que vive como un duelo la separación de la madre en cuyo vientre lleva nueve meses que las motivaciones son altruistas. Altruistas somos todos.
Quizá de los peores frutos del feminismo pop del siglo XXI ha sido el sentimentalismo tóxico. Las mujeres son buenas porque tienen buenos deseos. Si tienen buenos deseos, sólo pueden hacer cosas buenas.
Y si hacen cosas malas, la culpa es del sistema, nunca de ellas.
Altruistas se han sentido también muchas de las mujeres que componían el jurado de Lindsay Clancy y que fueron incapaces de decidir si una mujer que admitía haber estrangulado uno por uno a sus tres hijos era responsable de sus actos.
Paula Devlin es una de las mujeres del jurado que más entrevistas ha concedido. Escuchándola, una se da cuenta de que esa mujer no sentía la responsabilidad cívica de juzgar según la evidencia presentada, sino que estaba librando una cruzada santa contra la depresión posparto que, como todos sabemos, obliga a miles de mujeres a asesinar a sus hijos todos los días.
"Sabíamos que esto era un punto de inflexión, y esto sería algo que podría cambiar algo para hacerlo mejor para otras mujeres", explica Devlin. De hecho, durante el juicio parece que ya empezaban a preparar su lanzamiento al estrellato: "Creíamos que haríamos una entrevista juntas al salir, porque queríamos hablar del posparto y queríamos empezar esa conversación".
A una se le podría incluso llegar a olvidar que las víctimas de esta historia son tres niños asesinados. Oyendo a Devlin soy capaz de comprender por qué Crispin dice que el mantra del empoderamiento es igual al narcisismo.
Cuando el feminismo consigue que la persona que ha cometido el daño termine ocupando más espacio narrativo que la persona que lo ha sufrido, algo se ha roto. El feminismo ha muerto, ya no es útil.
Y mientras ocurría todo esto, ¿en qué se ha agotado el debate feminista del mes? En si el anuncio de Sidney Sweeney en pelotas para una casa de apuestas es una victoria conservadora o un atentado equivalente a todos los feminicidios de México en un año.
Y en esto sí que estoy de acuerdo con Loola Pérez cuando dice que nos hemos acostumbrado a un feminismo que sólo se indigna, pero que no transforma nada.
'Feminism Against Progress", de Mary Harrington.
Es lo que explica también Mary Harrington en Feminism against progress: "Tras este punto de inflexión, el feminismo abandonó en gran medida la cuestión de cómo pueden convivir mejor hombres y mujeres, y abrazó, en su lugar, un deseo impulsado por la tecnología para liberar a los seres humanos por completo de las limitaciones de la biología".
Así, quienes hicieron carrera como activistas feministas aplican ahora a la maternidad la lógica de la externalización, un ejército de mujeres convierte en mártir a una asesina, una ministra de Igualdad no sabe definir lo que es una mujer y una casa de apuestas se forra mientras tanto.
"Cuanto más nos hemos ido deslizando, como sociedad, hacia la búsqueda de una libertad absoluta dictada por la tecnología, menos nos hemos necesitado unos a otros y más transaccionales, hostiles y nihilistas se han vuelto nuestras relaciones: entre nosotros, con nuestros hijos y con nuestros propios cuerpos", explica Harrington.
El feminismo no ha muerto porque las mujeres hayan dejado de necesitarlo. Ha muerto porque se ha vuelto contra ellas.
Se ha vuelto contra sus cuerpos, cuando les dice que la biología es una cárcel de la que la tecnología debe liberarlas.
Contra sus hijos, cuando convierte cualquier forma de maternidad en una experiencia de consumo con mucho amor de por medio.
Contra su responsabilidad, cuando las buenas intenciones se convierten en un eximente universal.
Y contra su dignidad, cuando dejan de ser ciudadanas a las que se puede exigir algo para convertirse en criaturas a las que sólo se puede validar.
Ojalá el feminismo pop hubiera sido estéril, es lo mejor que nos hubiera pasado. Porque, al final, sólo ha parido aberraciones.