Ilya Ehrenburg, corresponsal de 'Izvestia', Ernest Hemingway y el brigadista alemán Gustav Regler en España en 1937. Ernest Hemingway Collection
Cuando la guerra se hace palabra
¿Cómo no soñar, cuando uno es reportero y escritor, con esa alquimia que transforma el plomo de las guerras en el oro de la novela?
Arturo Pérez-Reverte, de 74 años y natural de Cartagena, es uno de los grandes escritores europeos de la actualidad.
Así lo creo desde La Reina del Sur, la novela que narra la ascensión de Teresa Mendoza, una joven mexicana pobre y acorralada, convertida en reina del narcotráfico.
Lo creo aún más desde El pintor de batallas, ese relato metafísico donde un antiguo fotógrafo de guerra, retirado en una torre y dedicado a pintar en sus muros el fresco de las guerras que ha vivido, ve resurgir a un personaje al que le había tomado una foto icónica, y que acude a pedirle cuentas por haber comerciado y alcanzado la gloria a costa de su sufrimiento.
Pero ahora publica Línea de fuego (Gallimard), y es su obra maestra.
La historia transcurre en 1938, al comienzo de la batalla del Ebro, que fue la más larga, la más sangrienta y una de las últimas batallas de la Guerra Civil española.
Nos encontramos en un pueblo imaginario, Castellets del Segre, que se asemeja a todos esos pueblos de España cuyo nombre nadie habría sabido pronunciar la víspera, y a los que la guerra convierte, de pronto, en el centro del mundo.
Arturo Pérez-Reverte en Bosnia en 1993 junto a dos 'cascos azules' españoles. Ejército del Aire
Apenas unas cuantas casas. Una calle mayor. Colinas peladas. Dos cerros. A ambos lados de la línea que los separa, mujeres y hombres que avanzan, retroceden, toman unas ruinas, las pierden y se matan entre sí por unos palmos de polvo.
Y seiscientas páginas de una epopeya bélica en torno a una batalla minúscula, casi anónima, cuya aparente insignificancia multiplica por diez, como en Bajmut o Pokrovsk, en Ucrania, su importancia estratégica y lo que está en juego.
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Pérez-Reverte no es el primero en contar esta guerra, pero sabe muy bien qué gigantes le preceden.
Está Malraux, por supuesto, con La esperanza, del que reencontramos esos diálogos donde, en pleno fragor del combate, aún se debate sobre el fascismo y el comunismo, sobre el romanticismo y las ilusiones revolucionarias, sobre el sentido que puede tener morir y la fraternidad de los hombres que caen.
Está Hemingway y su Por quién doblan las campanas, del que resuenan el chasquido seco de las armas, el de los proyectiles que llueven desde las colinas, las balas y las piedras que rebotan, los abejorros de acero que pasan silbando y el clac-clac de las Remington en las que los dobles de Martha Gellhorn teclean sus despachos.
Y luego está Max Aub que, con su Laberinto mágico en seis volúmenes, es el ilustre pionero del que Pérez-Reverte se siente más próximo.
Bernard-Henri Lévy con los militares del Ejército ucraniano Ucrania
De él toma prestado este método "unanimista" que le permite pasar constantemente de un bando a otro, entrecruzar voces y puntos de vista, dar cabida tanto al cobarde como al héroe, tanto al falangista como al comunista, tanto a aquel que sabe por qué lucha como al valiente soldado Švejk español que sólo piensa en huir del campo de batalla.
Pérez-Reverte, en efecto, entrelaza estos estilos. Son las ideas de Malraux y la carne de los personajes de Hemingway perdidas en la multitud de Max Aub.
Pero él las capta a ras de suelo, con un sentido único del detalle que nos regala páginas de una verdad alucinante sobre el polvo que se mete en los ojos y se pega a los labios, las columnas de humo que enrojecen bajo los rayos del sol poniente, la sed que enloquece o la ametralladora que ha disparado tanto que los hombres tienen que mear en su cañón para enfriarlo.
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Sin duda, tenía motivos personales para apasionarme por esta novela.
La propia biografía del autor, que antes de novelista fue corresponsal de guerra.
¿Cómo no percibir, a lo largo de unas páginas en las que los hombres avanzan a tientas sobre una tierra seca y quemada, el eco de las guerras de Sudán que cubrí después de él?
¿Cómo no ver en las casas destripadas y en esa calle de la Iglesia que se cruza a la carrera bajo el fuego de los francotiradores, el reflejo de la guerra de Bosnia, donde nuestros caminos se cruzaron?
Y ¿cómo no soñar, cuando uno mismo es reportero y escritor, con esa alquimia milagrosa que transforma el plomo de las guerras reales en el oro de la novela verdadera?
Esa Guerra Civil española que es mi escena primigenia y que, a lo largo de toda mi existencia, no he dejado de intentar reencontrar: ¡cuántas veces he dicho "nuestra" guerra de España!
¡Cuántas batallas ucranianas he contemplado a través del prisma desesperado de aquellas batallas españolas que no se libraban para vencer, sino para ganar tiempo y agotar al enemigo!
Y la sombra de ese padre heroico —mi propio padre— alistado, a la misma edad de los héroes adolescentes de Pérez-Reverte, en las Brigadas Internacionales que acudieron a combatir el fascismo.
Y además, en el capítulo de las obsesiones, esos dos cerros rocosos, Lola y Pepa, que constituyen el corazón de la novela y que los republicanos tardan seiscientas páginas en intentar escalar, verticalmente, bajo el fuego enemigo: me resulta imposible no ver en ellos la sombra del Faito y el Majo, los dos últimos riscos de Montecasino donde mi padre combatió y se distinguió junto a una unidad de "judíos indígenas" del ejército de África, en condiciones muy similares.
Pero dejemos a un lado las reminiscencias y los fantasmas. Nos queda Línea de fuego: una de esas rarísimas y grandiosas novelas que logran atravesar el estruendo de las armas para transfigurar la guerra en Literatura.