.

. Tomás Serrano

Columnas NEWSLETTER

Sánchez o cuando la impotencia se disfraza de heroísmo

Apúntate y recibe cada jueves esta newsletter para leerla antes que nadie y no perderte la información más relevante.

Publicada

Treinta y cinco días. Ese es el tiempo que ha necesitado Pedro Sánchez para dar explicaciones en el Congreso de la invasión de Ceuta por cerca de 80.000 personas.

Es un retraso incomprensible si tenemos en cuenta la gravedad de un hecho que el propio presidente del Gobierno definió como "violación de la integridad territorial de España".

Durante todo ese tiempo en el que Sánchez estuvo de vacaciones y todavía hoy, los ceutíes viven sumidos en un confinamiento de facto: sin poder ir a la playa en pleno verano, con los niños pendientes de cuándo podrán empezar las clases, las mujeres obligadas a salir acompañadas por temor a sufrir agresiones y un miedo generalizado incluso para realizar tareas tan cotidianas como ir a la compra o sacar dinero del banco.

Por eso, que el presidente arrancase su discurso más de un mes después de la crisis asegurando que acudía al hemiciclo "pensando en la ciudadanía ceutí" provocó carcajadas en no pocos escaños.

Lejos de asumir responsabilidades o admitir fallos de previsión en un episodio sin precedentes, Sánchez desplegó un ejercicio de escapismo.

Para no señalar a Marruecos como responsable de la invasión recurrió a una frase casi cantinflesca: "Lo que está pasando en Ceuta es algo complejo y poliédrico. Estamos ante un episodio en el que confluyen numerosos actores e intereses y varias cuestiones sociales, tecnológicas y geopolíticas".

Pero lo más grotesco del discurso fueron sus pinceladas melodramáticas ensalzando la decisión de los agentes españoles en la frontera de negarse a detener por la fuerza la marea de inmigrantes que asaltaban la ciudad.

"Tuvieron que elegir entre garantizar momentáneamente la estanqueidad de la frontera o defender la vida humana. Y eligieron defender la vida humana", dijo.

Ese relato heroico con el que Sánchez contrapuso lo que debe hacer "un Estado democrático" que prioriza la "empatía" y la "dignidad" para "construir un mundo mejor", frente a "la Europa ultraconservadora que vivimos", es una farsa.

No hubo una decisión ética por parte de los agentes. No hubo opción de elegir entre "estanqueidad" y "defensa de la vida humana". Fue simple impotencia. Enfrente de la avalancha humana había exactamente nueve efectivos: seis policías y tres guardias civiles.

Sánchez insistió en encuadrar el asalto como un problema puramente migratorio y no como una maniobra de desestabilización impulsada por Marruecos, alegando que "no hay pruebas".

La única amenaza y el único reproche de su intervención no fueron dirigidos hacia Mohamed VI sino hacia los agentes del Centro Nacional de Inmigración y Fronteras (CENIF). ¿Su delito? Haber redactado el informe judicial que prueba cómo la incursión fue guiada por la gendarmería marroquí.

Sánchez, que no admitió un solo error ni responsabilidad política alguna sí dijo que tratará de esclarecer por qué los agentes no compartieron "con sus superiores y con el Gobierno" el contenido de un informe "con potenciales implicaciones para la Seguridad del Estado".

Tras inventar el relato del lawfare para victimizarse ante las investigaciones que afectan a su entorno, preparémonos para el próximo capítulo: el lawfare policial.

Amenazar a los policías que han firmado el informe que señala a Marruecos demuestra la prioridad del Gobierno: no es proteger la frontera, es proteger su relato.