El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

Columnas EL PANDEMONIUM

Sánchez no le dará la vuelta a ninguna encuesta: ya le tenemos calado todos

Sánchez ha decidido poner todas sus esperanzas en el magnetismo electoral de un buen enemigo externo (Trump) al que él identifica con Vox, el PP y la ultraderecha, como podría identificarlo con el Betis, la prima de riesgo o el VAR de LaLiga.

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Pedro Sánchez cree haber encontrado por fin su clavo ardiendo.

Sánchez contra Donald Trump. España contra el monstruo naranja.

El palacio de La Moncloa como un Stalingrado de la resistencia global contra la ultraderecha.

Si Zapatero llegó al gobierno a lomos del "no a la guerra" de Irak, Sánchez aspira ahora a un remake histórico de los lemas de esa izquierda que llora por Gaza, pero no sabría señalarla sobre un mapa.

Pero esta vez con Irán, fragatas, bases militares y amenazas de ruptura comercial.

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Sánchez ha decidido poner todas sus esperanzas en el magnetismo electoral de un buen enemigo externo (Trump) al que él identifica con Vox, el PP y la ultraderecha, como podría identificarlo con el Betis, la prima de riesgo o el VAR de LaLiga.

Cuenta para ello con la colaboración de los medios sanchistas, pero también con la de otros que no lo son, pero que no pueden evitar pedir las sales cada vez que Trump (o Ayuso: así de perdidos andan) aparece en televisión.

"Entre Trump y Sánchez, Sánchez", dicen, como si ambos tuvieran una influencia similar en la vida de los españoles.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Reuters

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Yo les recomendaría hacer abstracción de Trump.

A fin de cuentas, también él saldrá algún día de la Casa Blanca.

Pero, sobre todo, les recomiendo NO hacer abstracción de quién es Sánchez y de a qué intereses sirve.

Porque, desde luego, no es a los de los españoles.

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Pero ellos hacen lo contrario. Hacen abstracción de quién es Sánchez, y hablan de Trump como si fuera a ser eterno.

¿De verdad nos conviene enemistarnos, no con Trump, sino con el presidente de los Estados Unidos? ¿Dificultar sus operaciones militares a cambio de nada?

¿De verdad nos conviene alinearnos con Hamás, Venezuela, Irán y China en vez de con la UE?

Y todo ese encabronamiento, para nada: la base de Rota ha visto más actividad en las 24 horas posteriores al "no a la guerra" de Sánchez que en cualquier momento anterior. Por no hablar de esa fragata, la Cristóbal Colón, que se dirige a la guerra de Irán pero no para disparar misiles, sino amor.

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Trump le viene perfecto a Sánchez.

Es caricaturesco, agresivo, teatral, imprevisible y, además, es el presidente de los Estados Unidos, algo que parece tocar nervio entre la extrema izquierda española heredera del antiamericanismo de americana de pana de los años 80.

La izquierda de "OTAN de entrada no", "bases fuera", "yanquis go home" y todas esas banalidades que tanto parecen echar de menos algunos cuarentones prematuramente ancianos, como Gabriel Rufián.

Trump es el antagonista ideal para un guion que ya está escrito: España como conciencia moral de Occidente, un líder progresista que planta cara al imperio y un país que vuelve a las calles indignado gritando "no a la guerra".

Sólo hay un problema: las encuestas no las escribe Netflix. Mucho menos los asesores de la Moncloa (bueno, con la excepción de las del CIS: esas sí las escribe Pedro Sánchez en persona).

Desde que Sánchez vetó el uso de Rota y Morón, dos buques y tres aviones de EEUU han salido rumbo a la guerra de Irán.

Desde que Sánchez vetó el uso de Rota y Morón, dos buques y tres aviones de EEUU han salido rumbo a la guerra de Irán.

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Los sondeos llevan meses contando otra película.

El PSOE encadena malos datos en prácticamente todas las encuestas: desplome en intención de voto, ventaja clara del PP, mayoría aplastante del bloque de la derecha y un espacio a la izquierda fragmentado, desmovilizado y harto de promesas épicas que luego se diluyen en peleas de corral.

Las elecciones en Extremadura y Aragón han sido un auténtico batacazo socialista, con Sánchez perdiendo fuelle y el bloque de derechas en máximos históricos.

No parece, precisamente, el punto de partida de un líder al borde de una gran remontada histórica, sino el de un presidente que busca desesperadamente cambiar de tema.

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Y ahí entra en escena Trump, el regalo inesperado.

Bastó con que el presidente estadounidense amenazara a España con represalias y recortes para que en Moncloa se activara el modo nostalgia: resucitar el "no a la guerra", invocar el trío de las Azores, Aznar, las armas de destrucción masiva y el terrorismo internacional.

Luego, Sánchez se rajó y dijo "digo" donde antes decía "Diego".

Algo especialmente cínico si se tiene en cuenta que el presidente que ahora presume de patriotismo es el mismo que ha vendido la soberanía española al mejor postor cada vez que ha necesitado aprobar en el Congreso alguna de sus medidas indefectiblemente divisivas, destructivas y/o inconstitucionales.

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La puesta en escena de Sánchez del pasado martes, con gestos graves, ceño fruncido, apelaciones al Derecho internacional, tono de estadista sitiado y retórica pacifista de saldo parece diseñada para una sola cosa: forzar al español medio a revivir emocionalmente 2003, como si no hubieran pasado veintitrés años desde entonces.

Pero han pasado. Y vaya sí se notan.

En 2003, la extrema izquierda española salió a la calle a decirle al Gobierno de Aznar "no en mi nombre". No era toda la sociedad española, pero sí una parte especialmente ruidosa de ella.

En realidad, y conviene recordarlo, quien sacó al PP del Gobierno no fueron esos pacifistas de salón, sino los terroristas de Atocha.

Esos terroristas, convenientemente pastoreados por cierta nación vecina que pretendía vengarse de cierta afrenta reciente, les dijeron a los españoles "rendíos" y los españoles contestaron "claro".

El resto es histeria (sic). Una vez más, el rumbo ascendente de España se truncó… por voluntad de los propios españoles.

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En 2026, la historia es diferente. Los españoles andan comparando ofertas de hipotecas, renegociando su alquiler o buscando un segundo empleo.

El "no a la guerra" movilizaba en 2003 porque se sumaba a una sensación expansiva: todos éramos jóvenes, había margen de futuro, la UE era promesa y no burocracia, y eso del mundo nos quedaba a todos muy lejos.

¡Aislacionismo, autarquía y vuelo gallináceo!

¡Que les metan bombas a otros!

Un avión militar con 171 españoles repatriados de Omán por la guerra en Irán, este jueves a su llegada a Madrid.

Un avión militar con 171 españoles repatriados de Omán por la guerra en Irán, este jueves a su llegada a Madrid. Efe

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Hoy, el país acumula década y media de golpes encadenados: crisis financiera, austeridad, pandemia, mentiras, inflación, inmigración masiva, delincuencia, okupación, guerra.

El agotamiento y el odio a Pedro Sánchez son los sentimientos dominantes.

Sánchez quiere un nuevo 11-M emocional, pero la sociología de hoy ya no responde a las mismas teclas. Aquellas manifestaciones eran la expresión de una ciudadanía que creía estar cambiando España.

Hoy, muchos ciudadanos son conscientes de que en 2004 le vendieron España a intereses extranjeros y que Rabat no paga a traidores. El resultado de esa traición está a la vista.

Pero esa es la España de hoy. A disfrutar de lo votado, señores.

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Entonces, al otro lado de la colina había un paraíso.

En 2026, echar o salvar a Sánchez se percibe, entre la izquierda, como dos formas de la misma precariedad.

El intento de convertir la confrontación con Trump en columna vertebral de la política española tiene, además, un problema elemental de credibilidad.

España es una potencia media. Y eso, siendo generosos.

La idea de un Sánchez encabezando la "resistencia global" frente al imperialismo americano suena bien en ciertos entornos fanatizados de locas goyescas con los ojos inyectados en sangre que murmuran maldiciones contra Ayuso, le hablan a la tele como el abuelo de los Simpsons le chilla a las nubes y creen que Susan Sarandon es "una reina" por decir que el presidente es "alto y guapo".

Pero eso es sólo una fantasía un poco cursi, un poco obscena y un poco cutre.

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España depende del comercio y de la inversión de Estados Unidos, de la OTAN, y de la coordinación de inteligencia y militar con Washington y (lo siento) con Israel.

No somos Cuba con sol y AVE, aunque muchos en España lo querrían.

Somos un país endeudado, abierto, profundamente dependiente de las sinergias que Trump amenaza.

Convertir esa vulnerabilidad real en teatrillo de resistencia es un ejercicio delicado.

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Sánchez cree que podrá presentarse ante sus votantes como el hombre que se plantó ante la superpotencia y le arrancó respeto.

Pero le saldrá mal, y el resto de la UE avanzará mientras deja atrás a los españoles.

Sánchez será el presidente que jugó con fuego geopolítico para intentar rascar tres puntos en las encuestas… y que acabó alimentando una crisis económica.

No es exactamente la épica que pide la clase media española.

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Resulta especialmente irónico que todo este relato se vista de "dignidad nacional".

Es decir: se apela al orgullo de país para seguir gobernando de la mano de quienes quieren destruir el país. Terroristas, golpistas y desquiciados por la ideología.

El mismo Gobierno que ha normalizado una política de bloques asfixiante, una polarización permanente y un continuo giro táctico, pretende ahora encarnar la serenidad moral frente a Trump.

Y en esa pirueta, el riesgo no es que la gente no entienda el mensaje, sino que lo entienda demasiado bien.

El votante medio anda demasiado saturado de "últimas batallas decisivas" como para emocionarse con otra.

Cada ciclo electoral de la última década se ha vendido como un momento histórico definitivo. La nueva transición, la lucha contra la ultraderecha, el freno al fascismo, la defensa de la democracia.

Ahora añadimos "la resistencia ante Trump".

¡Y los tecnoligarcas! No nos olvidemos de los tecnoligarcas.

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Mientras tanto… vivienda imposible, salarios estancados, precios disparados, servicios públicos tensionados y un Parlamento que funciona a golpe de debates grotescos.

No es que a los españoles no les importe la geopolítica (en realidad, nunca les ha importado demasiado porque España es una burbuja de irrealidad y en ella se vive demasiado bien).

Pero es que ya no se la creen como sustituta de la política cotidiana.

La diputada del PP, Cayetana Álvarez de Toledo, y la periodista Masih Alinejad, durante la celebración de la jornada ‘8 de marzo' en el Congreso de los Diputados.

La diputada del PP, Cayetana Álvarez de Toledo, y la periodista Masih Alinejad, durante la celebración de la jornada ‘8 de marzo' en el Congreso de los Diputados. Europa Press

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El humor negro de todo esto es que, para que la estrategia de Sánchez funcionara, necesitaría algo que nadie en Moncloa se atrevería a confesar en voz alta: una escalada de tensión que elevara el miedo lo suficiente como para provocar un cierre de filas en torno al Gobierno.

Es decir, que cuanto más cerca estemos de la III Guerra Mundial, mejor para Sánchez, al que le importan un rábano tanto los iraníes, como los gazatíes, como los españoles.

Pero la esperanza es vana. Israel y Estados Unidos ya han ganado la guerra contra Irán y su dominio aéreo es absoluto, aunque Irán todavía tenga capacidad de hacer daño lanzando los últimos restos que quedan en sus almacenes contra blancos de oportunidad.

Otra cosa es el cambio de régimen.

Ahí los iraníes tendrán mucho que decir (y hacer) dentro de pocas semanas.

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Hay quien sostiene que la apuesta de Sánchez aún puede dar la vuelta a los sondeos. Que un par de golpes de efecto bien medidos pueden recuperar el clima emocional perdido.

Yo no lo creo. Creo que el recurso a un eslogan que ya sonaba viejo en 2003 es la prueba de que en la Moncloa ya no quedan ideas.

La realidad es que Sánchez es un presidente desgastado y que no puede salir a la calle sin que la ciudadanía le abuchee. En la prensa internacional ya es habitual reírse de él y caricaturizarlo como un personaje grotesco. Como un estafador de la política al que no le funcionan los trucos.

España está mirando el extracto bancario. Y ahí el enemigo no es Trump, ni Vox, ni Elon Musk, ni Netanyahu, sino Pedro Sánchez.

Sólo Pedro Sánchez.