Bad Bunny en la Super Bowl.
Cómo os la ha colado Bad Bunny, ¿eh, amigos?
Paradójicamente, ha hecho más Donald Trump por preservar la cultura latina criticando a Bad Bunny que todos aquellos que le defienden.
No hace falta ser un experto en música latina o haber escuchado cien veces del derecho y del revés el Siembra de Willie Colón y Rubén Blades o el Indestructible de Ray Barretto para saber que la música de Bad Bunny tiene de "latino" lo mismo que el Telepizza de comida italiana.
Quiero decir que Bad Bunny cantando en el intermedio de la Super Bowl para rascar puntos de audiencia entre el público latino (el anglosajón lo tienen garantizado) puede colar si crees que el reggaetón lo inventó un campesino montubio ecuatoriano.
Pero difícilmente lo hará si conoces algo de la verdadera música latina.
Desconocer el contexto musical de Bad Bunny no es un problema menor.
Primero, porque, como a los indígenas que recibieron a los primeros conquistadores españoles, se te hipnotizará fácil agitando una quincalla de colores frente a tus ojos.
Y segundo, porque vas a convertirte, sin saberlo, en arma del mismo proceso de destrucción cultural que tú crees estar evitando cuando defiendes a Bad Bunny.
Bad Bunny es un producto arquetípicamente estadounidense que no podría existir sin Estados Unidos, pero que lo haría sin problemas si América Latina se hubiera hundido hace 500 años en el océano.
Bad Bunny es, ya desde su nombre, una caricatura del latino "homologable".
Porque la música de Bad Bunny es urbana, no popular, que no es lo mismo, y bebe del reggae, el dancehall y el rap, no de la salsa, el vallenato, las rancheras o cualquier otro género 100% latino.
Mucho menos del folclore popular hispanoamericano.
Ningún problema, por supuesto. Los híbridos musicales existen y la música evoluciona a golpe de influencias ajenas. Pero el problema es que Bad Bunny está siendo vendido como el portavoz de las esencias de la cultura latina frente al monocultivo cultural anglosajón.
Y ese rollo que se lo cuenten a otro.
El reggaetón y el trap latino, las bases de la música de Bad Bunny, son una evolución de los ritmos y estructuras del reggae y el dancehall jamaicano, el hip hop estadounidense y el dembow dominicano.
Esas son las fuentes de las que bebe Bad Bunny.
Cuando Bad Bunny explota globalmente, gracias en buena parte al papel clave de Rafael Jiménez Dan (ex viceministro chavista) en la creación del sello Rimas Entertainment, el reggaetón ya ha sido profundamente moldeado por la lógica del hip hop estadounidense.
Y de ahí la estética de Bad Bunny, idéntica a la de cualquier otro artista de hip hop o trap americano, e indistinguible de la de Drake, Future o Travis Scott, por mucho que se vista de Zara.
Bad Bunny, el Gran Homogeneizador.
En Bad Bunny, en fin, la etiqueta "música latina" funciona más como categoría comercial pensada para los premios Grammy que como descripción precisa de sus influencias musicales, que beben sobre todo de la música negra estadounidense.
Y no es precisamente casualidad que el reggaetón haya pasado de estar dominado en sus inicios por figuras afrolatinas (Tego Calderón, Ivy Queen, El General) a estar hoy en manos de artistas blancos como J Balvin, Maluma, Bad Bunny o la propia Rosalía.
Es en ese proceso de blanqueamiento y de "suavizado" de las aristas del reggaetón para hacerlo más digerible a los oídos de las élites progresistas de la Ivy League donde Bad Bunny ejerce un papel clave.
Bad Bunny es el multimillonario puertorriqueño que lima las escasas espinas latinas de su música, le añade la hipersexualización típica del hip hop negro americano que hace que los blancos se sientan un poco "sucios" y "perversos", pero en entornos controlados, y lo barniza todo con la laca globalista justa y necesaria para que lo engulla el público occidental.
En el artículo The Erasure of Blackness in Reggaeton ("el borrado de la negritud en el reggaetón") se explica cómo la conversión de Bad Bunny en portavoz del género forma parte de ese proceso: la industria prefiere, para vender globalmente, un rostro blanco o "aceptable para los blancos" que haga digerible una música originariamente negra y de barrio.
Y sólo hay que escuchar una canción como I Like It para entenderlo. Bad Bunny se apropia de un sample vintage (I like it like that) y le añade un ritmo adaptado al gusto del mainstream adolescente.
La presencia de Cardi B y la maquinaria de Atlantic/Warner hacen que el tema funcione menos como producto de escena caribeña y más como "single global de pop urbano", donde lo "latino" es un decorado de cartón piedra, casi de dibujos animados, dentro de un formato 100% estadounidense.
Luego, sólo hace falta envolver el producto en un relato bobalicón al gusto de las modas ideológicas del momento para convencer al público global de que ese producto plástico, capitalista hasta el tuétano y diseñado con algoritmo, supone una revolución cultural que hará temblar los cimientos del fascismo.
Nada, en cualquier caso, que no hayamos visto antes.
Porque todos los géneros musicales nacen en los márgenes, se popularizan luego entre los snobs y acaban siendo adoptados por la gran masa indistinguida cuando la industria se lo vende en formato de papilla.
Pero conviene distinguir claramente esas tres fases para que no te vendan motos. Y Bad Bunny es la tercera fase, no la primera.
Ayer dije en EL ESPAÑOL que el show de Bad Bunny en el intermedio de la Super Bowl me parece un éxito involuntario de la ultraderecha. Lo dije medio en broma, medio en serio, porque a la ultraderecha real Bad Bunny le importa una higa. Pero de tener como objetivo la erradicación de la cultura popular latina, Bad Bunny sería uno de sus principales activos. ¿Para que vas a destruir algo si puedes diluirlo, hacerlo inofensivo y venderlo como "producto"?
Y eso sin entrar en el mensaje político, que explica muy claramente este vídeo:
Patriota cubano se hace viral por destruir con su mensaje, al progre Bad Bunny en tan solo 2 minutos.🔥 Estoy totalmente de acuerdo con este patriota ¿y tú?. pic.twitter.com/IHMqDiGtXi
— Eduardo Menoni (@eduardomenoni) February 10, 2026
Paradójicamente, ha hecho más Donald Trump por preservar la verdadera cultura latina criticando a Bad Bunny que todos aquellos que le defienden.
Pero ey, si el objetivo es acabar con un híbrido musical único que haga que todo suene a lo mismo, hueco de creatividad, de talento y de personalidad, en el punto justo del mínimo común denominador de los gustos de la masa global indiferenciada, a medio camino de todos los géneros musicales previamente existentes, entonces Bad Bunny es la leche.
Larga vida a la mente colmena y los productos masa.