No busquemos más. El perfecto hombre deconstruido, posmoderno, poscapitalista y pospatriarcal ya está aquí. Se llama Harry y es duque de Sussex, hermano del futuro rey de Inglaterra y un egregio calzonazos.

El príncipe Harry, el día de su boda con Meghan Markle.

El príncipe Harry, el día de su boda con Meghan Markle. Reuters

 

En la sombra, el libro autobiográfico de Harry, sale a la venta hoy martes 10 de enero. Tiene 560 páginas y pesa 834 gramos. 809 corresponden al peso de los lloriqueos derramados en él. En medidas españolas, cuatro cañas de lloros. En medidas británicas, dos pintas de sollozos. Y eso multiplicado por los dos millones y medio de ejemplares impresos. Suficiente para llenar de lágrimas una piscina olímpica. 

Los 25 gramos restantes del libro corresponden al peso de las almas de los 25 talibanes que Harry dice haber matado. Un gramo por alma. El mito dice que el alma de un ser humano pesa 21 gramos, pero la de un talibán debe de pesar bastante menos. 

Es de suponer que ese código masculino, el de no fanfarronear sobre los tipos a los que has matado en la guerra, es uno más de los que Harry deconstruye en el libro. Quizá debería haber dejado intacto ese código en concreto. Porque romperlo le acerca más a los talibanes a los que ha matado que a un hombre blanco hetero del siglo XXI. 

La prensa británica ha publicado durante la última semana algunos fragmentos de En la sombra. Gracias a ello hemos sabido que el siete machos que dice haberse bajado a 25 talibanes se queja con amargura del guantazo que su hermano William le sopló un día en el Nottingham Cottage, una casa en los terrenos del Palacio de Kensington de la que la Familia Real dispone libremente para uso particular. 

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¿El motivo del guantazo? Harry siendo Harry. O, como se suele decir en inglés, fuck around and find out, que traducido al español quiere decir algo así como si la buscas, la encuentras. En realidad, el motivo es lo de menos. Todos nos identificamos con William. 

En el libro, Harry se queja también de que William le rompió el collar. Porque sí, los miembros de la realeza también llevan collares. Lo imagino de cuero, hecho con semillas de huayruro, quizá regalo de alguna aristócrata británica a la vuelta de su retiro espiritual en Goa, donde ella se hizo fotos con los elefantes.

Portada de 'En la sombra', del príncipe Harry.

Portada de 'En la sombra', del príncipe Harry.

También explica Harry que perdió la virginidad en un prado con una mujer madura aficionada a los sementales (equinos). Que esta le montó como "a un joven potrillo" y que los clientes de un pub cercano "quizá" pudieron verlos.

Que si se disfrazó de nazi en una fiesta fue porque William y Kate Middleton le convencieron de ello. Lo que, de ser cierto, diría mucho más de su falta de personalidad que del humor negro de William y Kate. 

Y que se enamoró de Meghan Markle cuando vio una foto de ella con "orejas y morro de perro". "Y eso es comprensible" (dice un periodista británico) " porque Harry no deja de ser un aristócrata inglés". Yo lo veo más una muestra de infantilismo que de gustos sexuales bizarros. Pero, como dicen en Inglaterra, it takes one to know one, así que me quedo con la versión del periodista británico, que conoce mejor el percal. 

Harry tiene un problema. Existen pocos arquetipos sociales más repulsivos que el del aristócrata que reniega de sus privilegios para convertirse en un adalid de la justicia social. Justicia social ejercida al modo que la suele ejercer la aristocracia, claro. Subido a un jet privado para clamar en Egipto contra el cambio climático. Medrando en cenas con estrellas de Hollywood a 50.000 dólares el cubierto. Jugando a la ingeniería social como lo haría una María Antonieta del siglo XXI: "Ni pan ni pasteles, que coman insectos". 

Como las causas absurdas de los aristócratas suelen ir en pack, intuyo que Harry y Meghan serán también partidarios del decrecimiento poblacional. Como la chiflada de Jane Goodall, que no por casualidad es también británica y aristócrata. A fin de cuentas, Harry y Meghan han escogido California, el epicentro de las modas ideológicas más mentecatas jamás inventadas por el hombre, como lugar de residencia. 

El hombre que renegó de la Familia Real británica se suele quejar de la falta de privacidad que comporta su condición de hermano del futuro rey de Inglaterra. Lo explica, además de en su libro, en un documental de Netflix de seis capítulos por el que ha cobrado 100 millones de dólares y cuyo contrato incluye además documentales, películas, programas de TV y shows infantiles.

Es el mismo documental en el que Meghan Markle se burla de las reverencias que debía hacer frente a la reina. Una reverencia que docenas de estrellas americanas del mundo del espectáculo han hecho antes sin tanto drama, quizá porque lo han entendido como lo que es, una señal de respeto y no de sumisión. 

El libro, por su parte, es el primero de los cuatro a los que se ha comprometido con la editorial Random House. Harry cobrará por ellos 40 millones de dólares.

El concepto de "privacidad" de Harry es, en fin, peculiar. 

En En la sombra, Harry explica que su padre le suplicó que no convirtiera los últimos años de su vida en un "calvario". Para ahorrarle ese calvario, Harry describe sus dudas y las de su hermano sobre Camilla, las bromas de Carlos III sobre las infidelidades de Diana de Gales y la palmada en el culo que le dio la antes mencionada mujer madura al acabar la coyunda con el soplagaitas real.

Resulta difícil saber si lo de En la sombra es una venganza de Harry contra su familia, una venganza de Meghan contra Harry, una venganza de ambos contra no se sabe qué, un sacacuartos o sólo la obra de un inmaduro sin personalidad a la sombra de su madre, su padre, su hermano, la mujer de su hermano y su propia mujer. 

Cuando visité el barrio judío ultraortodoxo al sur de Williamsburg, en Brooklyn (Nueva York), conocí la comunidad Satmar, una de las más cerradas y estrictas del judaísmo jasídico. Me contaron que cuando uno de sus miembros reniega y huye de la comunidad, el resto de la dinastía, incluida su propia familia, lo repudia y finge no haberlo conocido nunca. Me contaron también que la historia muy pocas veces tiene final feliz. La dificultad de encajar en una sociedad liberal hace que los huidos de Satmar suelan acabar en tierra de nadie, como extraños entre los neoyorquinos seculares y como apestados entre los suyos. Solos hasta el fin de sus días.

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Pero la soledad de Harry es aún más solitaria que la de los renegados Satmar. Y sus esfuerzos por encajar en el mundo que Meghan Markle desea para ella, humillantes. Y digo para ella y no para él porque no hace falta ser muy inteligente para saber que un miembro de la Familia Real jamás encajará entre plebeyos por muy multimillonarios que sean. Millones, a fin de cuentas, puede ganarlos casi cualquiera. Pero a miembro de la Familia Real sólo se llega por la vía de la sangre. 

En su libro, Harry se describe como "marido, padre, activista humanitario, veterano militar, defensor de la salud mental y ambientalista". No se deja un solo cliché atrás. Llama la atención el orden de los factores, que en este caso sí altera el producto. Es el mismo orden que habría escogido su tío abuelo Eduardo VIII

Harry firma su libro como "el príncipe Harry". Es justo lo que haría, nótese la ironía, alguien que pretende huir de su pasado e integrarse en una sociedad que sólo le valora por la cantidad de millones que puede generar la exposición de la cesta de la ropa sucia de su familia. Lo de calzonazos, en fin, no va por Meghan Markle, sino porque nunca antes un miembro de la realeza había rentabilizado con tan escasa autoestima la exhibición de sus gayumbos.