El mitin de Vox en Las Rozas y Pablo Iglesias llegando al debate en taxi nos dieron en la tarde del martes la fotografía exacta de los extremos patrios. Llovía, o chispeaba, y al entender de Iván Espinosa de los Monteros éramos unos "progres" de libro los que no estábamos en la plaza de toros cubierta. Los que pusimos la televisión. Los rojazos...

Vox contraprogramó el debate y congeló la difusión de su mitin, con entrada limitada a todo aquel sospechoso de no ser plumilla y con esos trucos de la España viva que defienden. Por ellos viven aún Don Pelayo y Manolo Escobar, Dios los guarde.

Lo que en TVE fue sobriedad, fue barro en Telesoraya. Y sin embargo, Pablo Iglesias se vistió como de niño bien de los Escolapios con su jersey y su escudito republicano. España vio que Iglesias llegaba en taxi a la tele como vio que Lolita, muchos años antes, se casaba entre multitudes en Marbella. Si Iglesias recurría al -caro- transporte público, García Ferreras y Ana Pastor hacían como que bautizaban en esto del periodismo a Vicente Vallés

Lo fundamental, no obstante, es que Iglesias llevaba un jersey negro, de marca republicana y registrada, que iba de árbitro de segunda y que en el debate se reafirmó que era un árbitro casero que aspira a todo. Tan blando, tan dulce que se diría todo de algodón: hasta que llegó su hora e Iglesias habló. Habló y sacó su pasado de profesor universitario, y fue cuando a Carmen Calvo le temblaron las enaguas vicepresidenciales. 

El VAR

España conoció también que contra las fake news y los agujeros negros estaba el VAR de Ferreras, una cosa que llamaron "sala del tiempo" con cronómetros y unas chicas de espaldas a las que solo -ay- vimos el cogote. Si Vallés fue el periodista que fue, Pastor fue más Pastor que nunca, y al Príncipe de las Tinieblas le salió muy barato hacer el sábado noche -y el agosto- en un martes de Pascua. Los puso a berrear y ardieron las redes.

Por lo demás, a Sánchez se le atragantaban unas greguerías malas que citaban películas peores -AzulOscuroCasinegro, Daniel Sánchez Arévalo. España, 2006. 105 minutos-. La voz hueca y honda de Sánchez se escuchó, acaso, en las interrupciones a Rivera. Con el sonido distorsionado creí oír a Matías Prats, pero no, era Sánchez hablando de unas "primarias de la derecha" y otros trucos del montón con los que, a fecha de hoy, Iván Redondo ha pasado a mejor vida; desgastado por algo tan viejo como un televisor. 

Por Sant Jordi

A Pablo Casado le bajaron las revoluciones en el debate y no hay más tutía que la de la que la campaña acabó en martes y en San Sebastián de los Reyes. Casado estuvo tranquilo, sí. Muy tranquilo. Como si el último debate fuera un trámite más de la renovación y esas reanimaciones que los populares, angelitos, quieren hacer de un PP que Rajoy hizo cenizas para largo tiempo.

Y qué decir de Pedro Sánchez, adelgazado desde que la JEC le tumbó el invento de meter a Vox en la Santa Compaña de su derecha "trifálica" (Lola Delgado dixit). Un presidente que sirvió bien a su casa -Planeta- y que por Sant Jordi y por Cervantes regaló en primetime el célebre libro de Dragó y Abascal a Rivera. Ese libro en el que Dragó pregunta, se responde, se repregunta y hasta cita a Unamuno.

Entretanto quedaba Albert Rivera, que cantó las verdades del barquero cuando pudo; como una centralidad que la España pipera no pide/quiere un debate de vísceras. Sin embargo, el liberalismo existe y en España en la noche del martes hubo un cambio de cromos entre Sánchez e Iglesias. Lo malo es que a Sánchez la preocupación por los parias de la Tierra -como a Iglesias un jersey- le queda como a un Cristo dos pistolas.

El Parnaso

Sobre el feminismo llovieron los reproches, las críticas, las excusas no pedidas y las acusaciones manifiestas. Sánchez no respondió a la pregunta de si indultará a la manada o a los golpistas. O a la manada de golpistas y a esos gudaris pisasetas (Otegi y los del trullo) que piden hoy su voto, aunque sea por cariá.

Podría haber sido un debate de altura sin Sánchez y sin Pastor, pero las cosas en el grupo multimedia de referencia van así: un circo con cuatro pistas y un cronómetro que le dieron a los becarios para medir la nada.

Quedémonos con que Pedro Sánchez elevó al Parnaso literario a Santiago Abascal. Compañero necesario de armas y de letras. Y así en los luceros como en los sondeos.