El presidente turco Recep Tayyip Erdoğan habla tras una reunión del gabinete en Ankara.

El presidente turco Recep Tayyip Erdoğan habla tras una reunión del gabinete en Ankara. Mustafa Kamaci Reuters

Oriente Próximo

La represalia de Irán acerca la guerra a Europa mientras Turquía, Chipre y Azerbaiyán apuestan por la contención

Erdoğan quiere un Irán debilitado, pero no colapsado; Bakú es más hostil con Teherán, pero prefiere evitar el conflicto; y Chipre quiere evitar a toda costa encajar las represalias. 

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Estambul
Publicada

Las claves

Turquía, Chipre y Azerbaiyán han optado por la contención ante los ataques con misiles de Irán, reforzando defensas pero evitando una escalada militar.

Turquía refuerza su defensa y advierte que solo respondería militarmente si hay víctimas turcas o daños a instalaciones estratégicas, evitando pedir apoyo formal a la OTAN.

Chipre, convertido en frontera avanzada de Europa, ha recibido apoyo de Francia y Grecia tras el impacto a una base británica, subrayando el riesgo de implicación europea directa.

Azerbaiyán mantiene una postura hostil hacia Irán, pero prioriza la protección de sus infraestructuras energéticas y la estabilidad regional, evitando acciones que escalen el conflicto.

Cómo evitar escalar la guerra sin llevarle la contraria a Donald Trump. Esta es la estrategia de contención que están siguiendo los países contraatacados por Irán, entre los que se incluyen tanto los del Golfo como los más cercanos a Europa.

Turquía, Chipre y Azerbaiyán han optado por la contención tras los ataques con misiles iraníes lanzados en represalia por la guerra de Estados Unidos e Israel.

Aunque la mayor carga inmediata y las consecuencias globales recaen, por ahora, sobre los países del Golfo y por la disrupción del suministro petrolero a través del estrecho de Ormuz, la reacción de estos tres Estados resulta especialmente reveladora. Su respuesta combina contención, refuerzo defensivo y cálculo geoestratégico.

Ankara, con el mayor ejército de la OTAN en la región, busca evitar el colapso de Teherán más que salvar al régimen, a pesar de haber derribado el lunes un segundo misil iraní con la ayuda de los Patriots españoles en la base de Adana.

Turquía amenazó con actuar ante este nuevo ataque, a lo que el presidente iraní, Masud Pezeshkian, ha anunciado una investigación para esclarecer las acusaciones que ha recibido por parte de Ankara.

Chipre ha pasado de ser un puente regional a una frontera avanzada de Europa y de la OTAN en la guerra. Y Bakú, pese a su hostilidad estructural hacia Teherán, evita prender un incendio que desborde el Cáucaso y dañe su papel energético.

Para Europa y la OTAN habría consecuencias si alguno de estos actores decide pasar de la disuasión al castigo.

Debilitado, no colapsado

Ankara ha endurecido el tono y reforzado su despliegue, pero sigue evitando una intervención ofensiva, y está optando por una disuasión defensiva, no por una guerra abierta, ya que no ha pedido apoyo para aplicar el Artículo 4 de la OTAN, con el que se activarían las consultas para proteger a un estado miembro.

La paciencia de Recep Tayyip Erdoğan depende de una línea roja concreta: que haya víctimas turcas o ataques a instalaciones estratégicas.

Si Irán se debilita, Turquía gana preponderancia en la región, como la que ya ha adquirido en Siria. Pero el equilibrio es delicado, ya que no quiere que se imponga Israel, el motor detrás del ataque de Trump.

Pero si el régimen de los ayatolás colapsa, sería una pesadilla para Turquía. Tendría otra vez en su frontera un vecino hostil, y además una nueva oleada de refugiados (ya hay unos 300.000 iraníes en suelo turco), la entrada de milicias e inestabilidad.

Como indica el analista Sinan Ülgen en Project Syndicate, lo preferible sería "una degradación gestionada" de sus capacidades, evitando una guerra prolongada y la fragmentación del país chií.

La filtración interesada de que Washington mantiene contactos con milicias kurdo-iraníes para atacar al régimen sobre el terreno, entre ellas la PJAK, ha despertado la oposición de Ankara, ya que este grupo tiene contactos con el PKK kurdo-turco, con el que Erdoğan lleva meses negociando un desarme después de décadas de conflicto y más de 40.000 muertos.

En este marco se encuadra la sintonía táctica, que no ideológica, con Pedro Sánchez, cuya oposición al intervencionismo ha sido ampliada por los medios afines al gobierno de Erdoğan, que son la mayoría. Turquía formula su rechazo desde la razón de Estado.

El caso más delicado para Europa

Lo es porque la guerra ya ha rozado territorio europeo. El golpe en Akrotiri convirtió a la isla en un ataque a territorio europeo, aunque fuera en una base británica.

La posición de Nicosia coincide con la mayoría de países que han sido atacados por la contraofensiva iraní: nadie quiere entrar en la guerra y tampoco contrariar a Trump. Por lo que todos están reforzando defensa, inteligencia y diplomacia.

En este marco, Nicosia ha subrayado que el objetivo era la base británica y no la República de Chipre como tal.

Pero el efecto político ha sido enorme: Francia y Grecia acudieron a escenificar apoyo y refuerzo defensivo, y Emmanuel Macron llegó a decir en la isla que un ataque contra Chipre es un ataque contra toda Europa.

Es decir, aunque Chipre quiere mantenerse fuera, Europa ya lo está tratando como frontera avanzada de la crisis en tanto que plataforma británica, europea y mediterránea.

Azerbaiyán, más hostil

Bakú mantiene una relación mucho más hostil con Irán que Turquía, pero tampoco le conviene una guerra regional, a pesar de la "escalada suicida" de Teherán en el Cáucaso, como explica Joseph Epstein.

"Teherán pasó meses señalando públicamente que Azerbaiyán estaba en el punto de mira, advertencias que los analistas occidentales descartaron en gran medida", señala este experto.

Este país fronterizo con el norte de Irán parte de una base muy distinta: las relaciones ya estaban deterioradas por el ataque a su embajada en Teherán en 2023, por la estrecha relación entre Bakú y Tel Aviv, y la rivalidad geopolítica en el Cáucaso.

No obstante, incluso después de haber denunciado con dureza complots atribuidos a la Guardia Revolucionaria y amenazas contra infraestructuras críticas, su respuesta sigue siendo de blindaje y contención.

Azerbaiyán desconfía de Irán, pero no quiere inmolar el corredor energético ni incendiar su entorno.

Un ataque serio de Irán al Corredor Meridional de Gas, al que Bruselas atribuye un papel crucial en la seguridad energética europea, afectaría menos a Europa que la actual disrupción en Ormuz, pero el golpe dañaría una de las pocas rutas que Europa ha impulsado precisamente garantizar su seguridad energética y para diversificar su suministro de Rusia.

El suministro de gas a la UE a través de esta vía fue 12,5 bcm en 2025, un 53,8% más que en 2021.

Además, el oleoducto Baku-Tbilisi-Ceyhan (BTC), cuya capacidad ronda 1,2 millones de barriles diarios, conecta el Caspio con Turquía y el Mediterráneo sin pasar por Rusia ni por Irán. Bakú dijo el sábado haber frustrado un supuesto complot iraní para atacarlo.

La UE perdería esos volúmenes y además seguirían encareciéndose seguros, transporte y mercados en un momento en que la guerra ya ha disparado los precios energéticos y ha puesto nerviosa a Europa por inflación.

El daño sería especialmente sensible para el sur y sudeste europeo, donde el gas azerí pesa más como fuente de diversificación que como volumen absoluto.

Consecuencias

Las relaciones previas con Teherán explican buena parte de la reacción de estos tres países. Turquía llega a esta crisis desde una rivalidad cooperativa: competía con Irán, pero comerciaba con él.

Azerbaiyán llegaba desde una desconfianza estructural, apenas maquillada por tímidos intentos de distensión, como la visita del presidente iraní Pezeshkian en abril de 2025.

Chipre, que no era un rival directo, era una pieza útil para la diplomacia regional y cada vez más relevante para Occidente. La guerra ha puesto estas posiciones bajo presión.

Si Turquía contraataca en el caso de que se produzcan muertos o se destruyan instalaciones estratégicas, el problema para la OTAN sería político, pero no arrastraría automáticamente a la Alianza a una guerra contra Irán.

Lo más probable sería una secuencia de consultas, refuerzo defensivo y fuerte presión aliada para evitar una escalada mayor, y la principal cuestión para los socios sería si quieren acompañar a Ankara a lo que seguramente sería una represalia quirúrgica diseñada por Erdoğan para no aparentar debilidad.

La respuesta más plausible de Ankara sería escalonada, no masiva. Antes de llegar a las manos, la secuencia incluiría consultas con la OTAN, refuerzo antimisiles, golpes selectivos y quizá una respuesta híbrida o asimétrica.

Europa y la OTAN, en riesgo

Una escalada que implique a Turquía, Chipre, Azerbaiyán, o una respuesta más dura por parte de los Estados del Golfo, que también muestran contención, supondría más incrementos en el precio de la energía y los seguros marítimos, por la disrupción de Ormuz y por el tráfico de gas natural.

Implicaría también la militarización del Mediterráneo oriental y desataría divisiones entre aliados. La guerra podría no tocar Berlín ni París de forma directa, y aun así alterar la seguridad europea de lleno.

En la jerarquía del impacto sobre Europa y la OTAN, una contraofensiva de Turquía tendría el mayor peso, por ser miembro de la Alianza, por el control de los estrechos de los Dardanelos (Mediterráneo) y del Bósforo (mar Negro), por su peso militar y por albergar activos aliados clave.

Chipre también está en esa tesitura, porque conecta el conflicto con territorio europeo y británico.

Azerbaiyán es relevante sobre todo por energía y por estar en el Cáucaso, pero no tiene el mismo impacto sistémico e inmediato que los ataques contra Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Catar, Kuwait, Baréin, Jordania, Omán y la región del Kurdistán iraquí.

Lo que parece claro transcurridos más de diez días de guerra y superados los 100 dólares del barril de crudo por el cierre de Ormuz, es que la región no quiere otra Irak, otra Siria ni otra Libia.

Los países contraatacados por Irán no abrazan una lógica de guerra expansiva, por eso predomina una contención interesada. Nadie quiere regalar a Irán la victoria, pero tampoco heredar una desintegración regional de consecuencias imprevisibles.