Nigel Farage reacciona mientras se anuncian los resultados de las elecciones locales, en St Helens, Merseyside.

Nigel Farage reacciona mientras se anuncian los resultados de las elecciones locales, en St Helens, Merseyside. Phil Noble Reuters

Europa

Reino Unido retrocede a la 'era Brexit' con el arrollador triunfo de Farage y la resistencia de los independentistas escoceses

El partido de Nigel Farage, antieuropeo, anti-OTAN y con vínculos claros con Trump y Putin, le gana la partida al laborismo en las zonas industriales y deja, irónicamente, al independentismo escocés como único gran defensor del europeísmo en Gran Bretaña.

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Las claves

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El partido Reform UK de Nigel Farage gana fuerza en Inglaterra, logrando el control de al menos cinco concejos, incluidos bastiones tradicionalmente laboristas.

El independentista SNP de John Swinney resiste en Escocia y seguirá gobernando, aunque pierde la mayoría absoluta tras varios escándalos internos.

Las promesas del Brexit se han visto incumplidas, con una economía británica debilitada y una migración neta que sigue siendo alta.

El auge de Farage se vincula a alianzas internacionales con Trump y posturas polémicas respecto a Rusia, mientras crece la polarización política en Reino Unido.

Reino Unido amaneció este viernes con la política del país fracturada en dos extremos irreconciliables.

Mientras en Inglaterra, el Reform UK de Nigel Farage ganaba las elecciones locales —"un cambio verdaderamente histórico en la política británica", afirmó el ex eurodiputado desde Havering, un suburbio de Londres caído en manos del populismo nacionalista—, en Edimburgo, el SNP de John Swinney resistía a duras penas y gobernará Escocia cinco años más.

Hablamos del mismo hombre que lideró la campaña del Brexit en 2016 y de los mismos independentistas escoceses que quisieron evitarlo: la política británica lleva una década encerrada en un laberinto circular.

Reform UK ganó el control de al menos cinco concejos en Inglaterra: Newcastle-under-Lyme, Essex, Havering, Suffolk y Sunderland. Este último es especialmente simbólico: una ciudad obrera del noreste, feudo laborista durante generaciones, entregada a la derecha populista.

La noche fue catastrófica para el Partido Laborista de Keir Starmer, que perdió cientos de concejales en sus tradicionales bastiones del norte. El diputado Jonathan Brash pidió directamente que el primer ministro "fijara un calendario para organizar su propia salida".

En Escocia, las primeras proyecciones dan al SNP entre 59 y 63 escaños —el Parlamento de Holyrood tiene 129—, lo que le priva de la mayoría absoluta de 65, pero le permite seguir gobernando con apoyo de los Verdes.

Lo notable es que el SNP ha aguantado pese a llegar con varios escándalos a cuestas.

La Operación Branchform —la investigación policial sobre las finanzas del partido— llevó a la acusación formal de Peter Murrell, exdirector ejecutivo y exmarido de Nicola Sturgeon, por ocho cargos de malversación de 460.000 libras, incluyendo el uso de fondos del partido para comprar una caravana de 124.550 libras para uso personal.

Sturgeon fue también investigada y por ello decidió no presentarse.

Que el SNP haya sobrevivido a esa tormenta dice tanto sobre la fortaleza del independentismo escocés como sobre la debilidad de sus alternativas.

Eso sí, la promesa de un segundo referéndum de independencia se diluye al no haber logrado la mayoría absoluta y, muy probablemente, caer en escaños respecto a 2021.

Nicola Sturgeon, ex primera ministra de Escocia.

Nicola Sturgeon, ex primera ministra de Escocia. Reuters

El déjà vu de 2014-2016

Como decíamos, para entender lo que acaba de ocurrir hay que retroceder una década. En septiembre de 2014, Escocia votó contra la independencia por el 55% frente al 45%. En junio de 2016, Reino Unido votó por salir de la UE por el 52% frente al 48%.

Las dos votaciones están conectadas: el independentismo escocés encontró en el Brexit su mejor argumento contra Londres —la mayoría de los escoceses votaron Remain y fueron arrastrados a la salida por el voto inglés— y Farage encontró en la rabia anti-establishment el combustible que lo llevaría primero a la victoria del referéndum y, una década después, al control de ayuntamientos en la antigua base industrial del norte de Inglaterra.

Aunque es muy improbable que el SNP decida pedir un referéndum de independencia esta legislatura al no obtener los números esperados, si el auge de Farage continúa, tiene todos los incentivos para posicionarse como el gran partido proeuropeo de Reino Unido.

Swinney lo anticipó en campaña: un Holyrood dominado por el SNP sería "la voz de Escocia frente a un Gobierno de Westminster cada vez más extremo".

La ironía es que el independentismo escocés siempre ha sido más antiinglés que proeuropeo —la UE es para muchos independentistas sobre todo una vía para liberarse de Inglaterra—, pero las circunstancias han hecho que sea precisamente el nacionalismo quien más defienda una institución supranacional como es la Unión Europea.

Habría que ver cuánto aguantarían si consiguieran la independencia y se aceptara su integración.

Por su parte, Farage llegó a la noche electoral con el mensaje de 2016: Reform UK es "el partido más nacional de todos, competitivo en cada rincón del país… y está aquí para quedarse".

Anunció que su próximo objetivo es Downing Street, sin precisar cuándo ni cómo, lo que es coherente con su trayectoria: pese a llevar dos décadas en primera línea de la política británica, nunca ha tenido que gestionar las consecuencias de sus ideas.

Keir Starmer y su mujer acudiendo a un colegio electoral en Londres.

Keir Starmer y su mujer acudiendo a un colegio electoral en Londres. Hannah McKay Reuters

¿Qué quedó de las promesas del Brexit?

Por ejemplo, en 2016, Farage prometió recuperar la soberanía, reducir la inmigración y destinar 350 millones de libras semanales al NHS.

En realidad, la Oficina de Responsabilidad Presupuestaria concluyó que el Brexit había reducido el crecimiento del PIB y el Centro por la Reforma de Europa calculó en 2023 que la economía británica era 140.000 millones de libras más pequeña de lo que habría sido sin el Brexit.

La migración neta se disparó hasta el récord histórico de 944.000 personas al año en marzo de 2023, con la diferencia de que ahora procedía de fuera de la UE en lugar de dentro, y sólo ha caído hasta los 204.000 actuales gracias a restricciones de visados de los gobiernos conservadores y laboristas que nada tienen que ver con el Brexit.

El propio Farage admitió en BBC Newsnight en mayo de 2023 que "el Brexit ha fracasado" económicamente, achacando el resultado a los gobiernos posteriores… una posición que le permite ser el padre de la criatura sin asumir responsabilidad por cómo creció.

La pregunta es entonces a qué se debe este nuevo triunfo. La respuesta tiene que ver con la inflación, la crisis de la vivienda y una sensación extendida de que el establishment político ha gobernado para sí mismo.

Tal vez, los mismos motivos por los que los discursos en el Parlamento Europeo de un desconocido Farage causaron entusiasmo en las redes sociales afines al 15-M en España.

Reform UK no ofrece soluciones nuevas: ofrece un chivo expiatorio nuevo. En 2016 era Bruselas; en 2026 son los inmigrantes y la "élite globalista". Y funciona porque la gente que lo vota no está eligiendo un programa de gobierno: está enviando un mensaje de protesta a quienes sí tienen que gobernar.

El eje Farage-Trump-Putin

El triunfo de Farage no puede valorarse sin entrar en sus alianzas internacionales. Su relación con Donald Trump es larga y mutuamente beneficiosa: "Para mí ha sido un honor defender al presidente Trump durante diez años", dijo Farage ante el Parlamento a principios de este año.

Trump le invitó a pasar la noche electoral de las municipales en Mar-a-Lago, Steve Bannon lleva años describiendo a Farage como "el rostro del Brexit" y James Orr, asesor cercano al vicepresidente JD Vance, tiene vínculos directos con el entorno de Reform UK.

La Internacional Populista existe, tiene estructura y está muy bien financiada.

La relación con Rusia es más incómoda. Farage cobró aproximadamente 100.000 libras en apariciones en RT, el canal estatal ruso prohibido en Reino Unido, entre 2019 y 2021, y otras 13.775 libras de la agencia Sputnik en 2017.

En 2014 declaró que "admiraba" a Vladímir Putin como "gestor". Su propio partido expulsó a Nathan Gill, exlíder de Reform en Gales, después de que fuera condenado por aceptar sobornos rusos.

El secretario de Defensa, John Healey, le llamó sin ambages "apologista de Putin" en agosto de 2025.

Aunque Farage dice ahora que Putin "es un tipo muy malo", el aislacionismo que predica —escéptico con la OTAN, reticente a apoyar a Ucrania— coincide de manera llamativa con los intereses estratégicos del Kremlin, independientemente de las palabras que use para describirlos.

El resultado de estas elecciones no es un tablero político nuevo sino la versión más radicalizada de uno ya conocido: el mismo Farage que quiso sacar a Gran Bretaña de Europa, ahora con más poder local del que nunca ha tenido, frente al mismo SNP que quiso quedarse, resistiendo en Escocia como bastión de algo que pretende defender el proyecto europeo liberal posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Reino Unido, uno de los pilares de ese proyecto, lleva una semana mirándose en el espejo y viendo dos caras. Lo cierto es que ambas son la suya.