El presidente ruso, Vladimir Putin, junto al general Valery Gerásimov en Moscú el pasado diciembre.

El presidente ruso, Vladimir Putin, junto al general Valery Gerásimov en Moscú el pasado diciembre. Reuters

Europa

Tomar el Donbás antes de marzo: el (inalcanzable) objetivo que Putin habría impuesto a Gerásimov

Putin pone a prueba continuamente a sus generales para poder atribuirse sus éxitos y echarlos a los leones cuando llegan los fracasos.

18 enero, 2023 02:29

Siempre se ha dicho que no es bueno cambiar de caballo a mitad del río y menos lo es cambiar de responsable de una operación militar dos veces en menos de tres meses. El nombramiento de Valery Gerásimov como nuevo responsable de las tropas rusas en Ucrania, en sustitución de Sergei Surovikin, quien a su vez había reemplazado a Alexander Dvornikov, fue recibido con verdadero estupor por parte de los expertos militares de todo el mundo, aunque en realidad los matices entre ellos son escasos: los tres tienen en común su gusto por la brutalidad y su experiencia en la guerra de Siria. Los tres se estrenaron en el cargo con bombardeos criminales sobre la población civil ucraniana.

En ese sentido, no se puede hablar de giros drásticos, sino de una continuidad con distintos nombres. Ya afirmaba en octubre el medio opositor ruso Meduza que Putin no quería que ningún general sobresaliera ni se hiciera especialmente popular. Para él, eso supondría un peligro grave. El ejército debe entender que sólo depende de él y sólo a él debe lealtad. Como si se tratara de la Roma imperial, el miedo de Putin a que aparezca un militar carismático que lo expulse del Kremlin es palpable.

Aparte, el presidente ruso tiene que lidiar con las feroces guerras intestinas de su entorno. En principio, el nombramiento de Surovikin se interpretó como una cesión al ala de los halcones, encabezada por Prigozhin (propietario del Grupo Wagner) y Kadirov (líder de la República Popular de Chechenia)... pero también como una prueba de fuego: Surovikin debía revertir el rumbo de una guerra que se torcía cada vez más para Rusia o de lo contrario pagaría las consecuencias. En las 12 semanas que ha estado al mando del ejército, Rusia no ha avanzado un solo kilómetro. Al contrario, ha perdido Jersón, la única capital de provincia en su poder.

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Tan desesperado se ha visto Surovikin durante este período que prácticamente todo lo ha dejado en manos del Grupo Wagner y su panda de asesinos en serie sacados de las prisiones rusas. Esta confianza ciega en la banda de mercenarios sólo ha servido, en la práctica, para convertir el entorno de Bakhmut en una trituradora de carne. La reciente toma de parte de Soledar se ha vendido como una enorme victoria cuando se trata de una ciudad de 11.000 habitantes antes del inicio de la guerra con limitadísima utilidad estratégica.

El Donbás completo, para marzo

Cabe pensar que a Surovikin se le pedía un imposible precisamente para poder luego enfatizar su incapacidad. Igual que Stalin purgaba altos mandos del ejército rojo, hasta el punto de convertirlo en una marioneta en manos de los nazis durante la invasión de 1941, Putin pone a prueba continuamente a sus generales para poder atribuirse sus éxitos y echarlos a los leones cuando llegan los fracasos. Tal vez por eso, según Andriy Yusov, portavoz de la inteligencia ucraniana, Putin habría impuesto a Gerásimov un nuevo objetivo imposible: hacerse con todo el Donbás llegado el mes de marzo.

Vehículos militares conducen hacia el Donbás.

Vehículos militares conducen hacia el Donbás. Reuters

Aunque, obviamente, se trata de una información de parte que hay que cuestionar, cuadra con la manera de actuar de Putin. Quedado Surovikin en el olvido, y con él, las demandas de cambio en la cúpula de Defensa por parte de su aliado Prigozhin, al Kremlin tampoco le viene mal poner en el disparadero a uno de los suyos, al jefe del Estado mayor, ni más ni menos, el cargo más importante en la estructura militar detrás de Sergei Shoigú, ministro de defensa. Comoquiera que Shoigú es íntimo amigo de Putin, no hay que descartar que todos estos movimientos sólo busquen afianzarle frente a las feroces críticas que está recibiendo en los últimos meses.

El caso es que, si de verdad Putin ha pedido que el Donbás -es decir, la totalidad de las regiones de Donetsk y Lugansk- esté en manos rusas para marzo, Gerásimov lo tiene casi imposible. No hay nada que indique que el frente este se pueda mover en favor ruso. Con el equilibrio actual de fuerzas, lo mejor que le puede pasar a Rusia es que la línea de suministro Svatove-Kreminna-Lisichansk aguante los envites ucranianos. De lo contrario, es posible que se produzca otro colapso parecido al que vimos en Járkov o el sur de Jersón.

Las improbables alternativas rusas

¿Qué tendría que pasar para que la situación cambiara de manera tan drástica en apenas dos meses? De entrada, una movilización masiva que permitiera mandar más y más hombres al frente. El problema es que esa decisión no sólo sería muy impopular en Rusia, sino que tampoco solucionaría demasiado a tan corto plazo: a esos movilizados habría que formarlos y equiparlos, uno de los tradicionales problemas del ejército ruso desde el inicio del conflicto.

Aparte, esa superioridad en número tendría que venir acompañada de un incremento en las armas desplegadas. El problema para Rusia es que la tendencia es a la inversa: por rápido que trabajen las fábricas armamentísticas rusas y por muchos drones que les mande Irán, la sensación es que Ucrania tiene más margen para rearmarse porque le basta con conseguir acuerdos con sus aliados de Occidente, que les mandan la mejor tecnología disponible al instante, lista para utilizar, y que, además, está formando, en Alemania y Reino Unido, a decenas de miles de soldados de élite, listos para entrar en combate.

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Puede ser que Putin entienda que la caída del Donbás se producirá como efecto colateral de un nuevo intento de invasión desde Bielorrusia. Es extraño porque ya ha visto cómo esa estrategia fracasaba cuando realmente tenía opciones de éxito, es decir, cuando Ucrania se encontraba aislada y militarmente en paños menores. Por mucho que el propio Shoigú haya anunciado la ampliación del ejército ruso, no se vislumbran medidas de efecto inmediato que provoquen el fin de una guerra que, en el Donbás, no dura 11 meses sino ocho años.

Para hacerse una idea de la ingente tarea que tiene Rusia por delante, hay que insistir en que, desde febrero de 2022, los avances han sido mínimos y buena parte de ellos han acabado en retiradas. En estos dos meses, Gerásimov, su Ejército y sus aliados tendrían que echar hacia atrás a los ucranianos de las inmediaciones de Kreminna, recuperar Limán, tomar de una vez Bakhmut, probar una pinza que acabara con la resistencia del núcleo Sloviansk-Kramatorsk y avanzar hacia Oleksandrivka, junto a la frontera con la región de Zaporiyia.

Uno de los últimos ataques rusos sobre el Donbás, en la ciudad de Bakhmut.

Uno de los últimos ataques rusos sobre el Donbás, en la ciudad de Bakhmut. Reuters

Es un objetivo muy poco realista que el propio Institute for the Study of War descartaba en uno de sus informes de la semana pasada. Un objetivo condenado al fracaso. Tal vez, precisamente, lo que busca Putin como excusa para mantener una guerra constante que le permita controlar aún más a su ciudadanía.