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Xi y Trump escenifican su complicidad: disparan el temor en Taiwán y elevan la presión sobre Irán para reabrir Ormuz

El segundo día de la cumbre de Pekín ha dejado más preguntas que respuestas sobre la negociación en torno a Irán. Washington quiere que China presione a Teherán. Pekín tiene su precio. Y ese precio tiene nombre: Taiwán.

Más información: Trump asegura que China no enviará ayuda militar a Irán y que Xi se ha ofrecido a negociar la reapertura de Ormuz

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Las claves

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Xi Jinping y Donald Trump protagonizaron una reunión de más de dos horas en Pekín, centrada en Irán, Taiwán y el comercio.

Ambos líderes coincidieron en la importancia de mantener abierto el estrecho de Ormuz y evitar que Irán obtenga armas nucleares, aunque sin mecanismos concretos.

China advirtió explícitamente a Trump sobre Taiwán, señalando que el manejo inadecuado del tema podría llevar a un conflicto entre ambos países.

Se autorizó la venta de chips H200 de Nvidia a empresas chinas como gesto concreto, mientras continúan las negociaciones comerciales y tecnológicas entre ambos países.

La reunión bilateral de este jueves en el Gran Salón del Pueblo duró poco más de dos horas. Por parte estadounidense, estaban Marco Rubio, Pete Hegseth, Elon Musk, Tim Cook y Jensen Huang, el CEO de Nvidia, incorporado a la delegación en el último momento en Anchorage.

El comunicado de la Casa Blanca describió la reunión como "buena", recogió que ambas partes coinciden en que el estrecho de Ormuz "debe permanecer abierto" y que Irán "no puede tener nunca un arma nuclear". En otras palabras: nada que China no hubiera dicho ya antes de que Trump aterrizara en Pekín.

Rubio lo admitió sin rodeos ante uno de los peces gordos del MAGA mediático, Sean Hannity, en Fox News: "Los chinos se limitaron a reiterar su postura anterior, pero sin tanta contundencia".

Trump, por su parte, vendió el encuentro con su habitual grandilocuencia: "Al presidente Xi le gustaría que se llegara a un acuerdo. Él mismo se ofreció: 'Si puedo ser de alguna ayuda, me gustaría serlo'".

Es exactamente lo que Trump dice de cada reunión con cada líder, así que conviene no darle más recorrido del que tiene. El problema es que no hay ningún mecanismo concreto, ninguna fecha, ningún nombre, que permita verificar si esa disposición a "ayudar" se traduce en algo real sobre el terreno.

Con todo, lo verdaderamente relevante del día no estaba en el comunicado de Washington, sino en el de Pekín.

Los chinos incluyeron una advertencia explícita sobre Taiwán que la Casa Blanca decidió omitir por completo en su versión: "El presidente Xi subrayó al presidente Trump que la cuestión de Taiwán es el asunto más importante en las relaciones bilaterales. Si se maneja mal, los dos países colisionarán o incluso entrarán en conflicto".

Que cada parte cuente una reunión diferente no es un malentendido diplomático: es la negociación misma. Y lo que dice cada versión —y lo que calla— revela más que cualquier comunicado conjunto.

Al respecto, Xi preguntó en primera persona a Trump si Estados Unidos y China podían evitar la "Trampa de Tucídides", la tendencia histórica a que una potencia emergente y una establecida acaben en guerra.

Es el tipo de pregunta retórica que Pekín reserva para cuando quiere marcar la gravedad del momento sin perder las formas.

Trump no contestó en público. El comunicado chino, en cambio, sí recogió el marco que Xi quiere fijar a largo plazo: "Una relación constructiva de estabilidad estratégica" que sirva de referencia para los próximos tres años.

En otras palabras, el tipo de formulación vaga que China utiliza para fijar una narrativa sin comprometerse a nada en concreto.

El precio de Ormuz

La lógica de la cumbre es sencilla, aunque nadie la pronuncie explícitamente: Washington necesita que Pekín presione a Teherán para reabrir el estrecho —cerrado desde el 28 de febrero, cuando empezaron los bombardeos, con el Brent rozando los 110 dólares el barril y la inflación americana en máximos de los últimos dos años— y Xi tiene un precio.

Ese precio no figura en ningún comunicado ni se negocia en rueda de prensa, pero las piezas están a la vista de todos: el paquete de venta de armas a Taiwán de unos 14.000 millones de dólares que la Casa Blanca ha retrasado deliberadamente para no enturbiar la visita; y la frase de Trump, pronunciada antes de subir al Air Force One, que encendió todas las alarmas entre los aliados de Washington: "Al presidente Xi le gustaría que no vendiéramos armas a Taiwán, y lo hablaré con él".

Xi fue tan directo como se puede ser en diplomacia: la independencia de Taiwán y la paz en el Estrecho "son tan irreconciliables como el fuego y el agua". Rubio intentó sostener que la política estadounidense "no ha cambiado", y aseguró que las ventas de armas a Taipéi "no figuraron de manera prominente en la discusión de hoy".

El secretario del Tesoro, Scott Bessent, fue más críptico en declaraciones a la CNBC: "El presidente Trump entiende perfectamente los asuntos relacionados con Taiwán y es muy, muy firme en sus respuestas". Una formulación que, precisamente por su vaguedad, no tranquiliza a nadie.

Los analistas del Center for Strategic and International Studies tampoco tienen dudas sobre quién lleva las de ganar en esta cumbre: "China llega a esta reunión mucho más segura que en 2017, cuando al menos podía temer una pequeña subida de aranceles. En el último año, Xi ha logrado neutralizar buena parte de las acciones de Trump".

Mientras tanto, el mismo miércoles que el Air Force One aterrizaba en Pekín, Irán autorizaba el tránsito de un superpetrolero de bandera china con dos millones de barriles de crudo, varado en el Golfo Pérsico desde principios de marzo.

El gesto no fue casual, sino que supone un recordatorio más de que los canales entre Pekín y Teherán siguen activos al margen de las negociaciones con Estados Unidos, y de que China tiene una influencia sobre Irán que Washington no tiene.

El desbloqueo de los chips

En la parte comercial y tecnológica, la noticia del día fue el desbloqueo de semiconductores. Washington autorizó el jueves la adquisición por parte de unas diez empresas chinas de los chips H200 de Nvidia, los segundos más potentes de la compañía, aunque los modelos más avanzados siguen con restricciones.

El historial de este expediente es una montaña rusa: Trump prohibió el H200 en abril de 2025, lo volvió a autorizar en julio, licenció el H200 en diciembre... y ninguno había llegado a exportarse porque Pekín no había permitido a sus empresas comprarlo.

El desbloqueo mutuo del jueves es, de lejos, la concesión bilateral más concreta de toda la cumbre, y no es casualidad que Jensen Huang estuviera sentado en la sala cuando se tomó la decisión.

En el resto de la agenda comercial, poco nuevo. Ambas partes discutieron el aumento de las compras chinas de soja, carne y aviones Boeing, y el avance hacia una "Junta de Comercio" bilateral.

El interés mutuo en prorrogar la tregua arancelaria de Busan, firmada en octubre de 2025, está sobre la mesa, aunque los datos de aduanas chinos muestran que las exportaciones de tierras raras siguen un 50% por debajo de los niveles de abril del año pasado.

En resumen, Pekín mantiene el grifo a medio abrir. Es su manera de recordar que la tregua no es gratis. Xi también pidió a Trump que "abra China" a la inversión americana —uno de los mantras del presidente— pero sin comprometerse a nada específico sobre restricciones tecnológicas, que es exactamente lo que Washington quería escuchar

La única fecha concreta que salió del encuentro fue la de la visita de Xi a la Casa Blanca, fijada para el 24 de septiembre. Con esa cita en el calendario, ambas partes tienen razones para no romper la baraja en el corto plazo.

La imagen de la jornada la puso el propio Trump en el Gran Salón del Pueblo, al presentar a su delegación empresarial ante Xi: "Pedimos a los 30 mejores del mundo que vinieran aquí y todos dijeron que sí. Solo quería a los líderes, no al número dos o tres de cada empresa".

Xi, imperturbable, tomó nota. Como lleva haciendo desde que empezó esta partida, dejó que Trump hablara. Y esperó.