El candidato demócrata a gobernador de Virginia, Terry McAuliffe, tras conocer los resultados.

El candidato demócrata a gobernador de Virginia, Terry McAuliffe, tras conocer los resultados. Reuters

EEUU

La táctica del "miedo a Trump" está agotada y empuja a los demócratas a la derrota de cara a 2022

Si oponerse a Trump pudo ser en algún momento un acicate para los electores, ha llegado el momento de plantearse si esto sigue siendo así.

4 noviembre, 2021 03:15

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Hace exactamente un año, Joe Biden se imponía en el estado de Virginia con diez puntos de ventaja sobre su rival, el presidente Donald Trump. Se mantenía así una tendencia relativamente nueva: de 1968 a 2004, Virginia, uno de los campos de batalla de la Guerra de Secesión, un estado donde la cuestión racial sigue siendo tema de debate, había sido territorio republicano. Desde la victoria de Obama en 2008, las tornas se habían dado la vuelta. Cuatro victorias demócratas consecutivas parecían alinear a Virginia con los estados costeros, algo sorprendente teniendo en cuenta su electorado y su historia.

Asimismo, desde 1982, siete de sus diez gobernadores habían formado parte del partido demócrata. Recientemente, la única excepción había sido Bob McDonnell, elegido justo un año después de la victoria de Obama, en noviembre de 2009. Las elecciones a gobernador en Virginia y Nueva Jersey son especialmente importantes porque son, sistemáticamente, las primeras que se celebran después de las presidenciales. El primer encuentro de los dos grandes partidos con sus votantes y un buen modo de hacerse a la idea de por dónde van los tiros, sobre todo para el partido en la Casa Blanca.

Así, por ejemplo, en 2017, lo que había sido una victoria de Hillary Clinton el año anterior por 5,3 puntos se convirtió en una victoria de Ralph Northam por 8,9. Aunque no conviene en Estados Unidos (EEUU) extrapolar sin más cada resultado electoral al global de la nación -es uno de los pocos países en los que el candidato tiene tanta importancia como el partido por el que se presenta-, muchos vieron entonces el inicio de un problema para el partido republicano en las elecciones de mitad de mandato al Senado y la Cámara de Representantes. De hecho, efectivamente, un año después, el partido de Donald Trump perdía la mayoría en el Senado y quedaba muy cerca de perderla en la Cámara, cosa que se confirmaría definitivamente en 2020.

En ese sentido, si una variación de 3,6 puntos a favor del partido que ya había ganado presagiaba un terremoto, ¿qué decir de lo que ha pasado esta semana, cuando una ventaja de diez puntos se ha convertido en una derrota por casi dos? La victoria de Glenn Youngkin ha supuesto una sorpresa descomunal, teniendo en cuenta que ya un resultado apurado habría provocado ciertas dudas entre los encargados de la campaña electoral demócrata, centrada casi exclusivamente en comparar a Youngkin con Trump y resaltar el apoyo constante del expresidente.

La cuestión racial

Si oponerse a Trump pudo ser en algún momento un acicate para los electores -el famoso voto del miedo que no entiende de fronteras-, ha llegado el momento de plantearse si esto sigue siendo así. Trump hace casi diez meses que no gobierna y sigue siendo la gran figura de la política estadounidense, lo que no habla muy bien del actual presidente. En vez de convertir las elecciones en una consolidación de su gestión en los últimos meses, los demócratas prefirieron convertirla en un referéndum sobre los bulos de Donald Trump y algunos de sus actos más polémicos de la anterior legislatura, como su tibieza a la hora de condenar los actos violentos de Charlottesville que acabaron con la muerte de una persona.

El republicano Glenn Youngkin, ganador de las elecciones para gobernador de Virginia.

El republicano Glenn Youngkin, ganador de las elecciones para gobernador de Virginia. Reuters

Charlottesville es una de las ciudades principales de Virginia y el hecho de que cientos de personas se pasearan durante horas con banderas confederadas e imponiendo su ley por las calles habla a las claras del problema social que sigue habiendo allí. De hecho, la raza ha sido uno de los puntos de debate en estas elecciones: Youngkin prometió acabar con lo que parte de la extrema derecha considera un enfoque racial de la educación, revisionista, que supone poner el foco en los problemas de los ciudadanos negros a lo largo de las pasadas décadas.

Para el partido republicano, o para buena parte del mismo, eso es "adoctrinamiento" o, directamente, una cacería del hombre blanco. El candidato demócrata, Terry McAuliffe, quien ya fuera gobernador del estado entre 2013 y 2017, contraatacó insinuando primero y afirmando después que Youngkin quería acabar con cualquier presencia negra en el currículum, incluyendo obras como Beloved, de la premio Nobel, Toni Morrison. La torpeza de la exageración no le hizo bien en términos de opinión pública y se ve que tampoco ha conseguido rédito electoral alguno.

Terremoto ante las 'mid-terms'

Si algo parece haber influido en este vuelco inesperado -y ojo que en Nueva Jersey la cosa sigue en un empate virtual, aunque Nueva Jersey tiene un antecedente republicano más próximo en la figura de Chris Christie, gobernador del estado entre 2010 y 2018- es la indecisión demócrata y la falta de un mensaje esperanzador. En otras palabras, han cedido toda la iniciativa a su oponente político.

McAuliffe no sólo podría haber reivindicado a Biden sino que podría haberse reivindicado a sí mismo. Atacando continuamente a Trump, intentaba obviar el desastre popular que han sido estos últimos años de su compañero de partido Ralph Northam, que ha acabado su mandato en mínimos de aprobación. Recordemos que, en Virginia, el gobernador vigente no puede presentarse a las siguientes elecciones.

Joe Biden haciendo campaña por Terry McAuliffe, candidato demócrata para gobernador de Virginia.

Joe Biden haciendo campaña por Terry McAuliffe, candidato demócrata para gobernador de Virginia. Reuters

Sabedor de que recurrir a Northam no atraía votos, McAuliffe jugó la baza del tremendismo y salió perdiendo. Si los demócratas también acaban perdiendo en Nueva Jersey, el estallido es total. Hay que insistir en que estas carreras electorales tienen importancia solo en lo que apuntan de cara al año siguiente. La mayoría demócrata en el Senado y la Cámara de Representantes es precaria. Si estos movimientos que estamos viendo en varios estados se traduce a las mid-terms, es muy probable que los republicanos se hagan con mayorías sólidas en ambas instituciones, lo que permitiría una oposición durísima contra Joe Biden y Kamala Harris de cara a 2024.

Del mismo modo, la victoria de Youngkin supone un espaldarazo al ala más conservadora del Partido Republicano. Aunque la propaganda demócrata se encargara de repetir lo contrario, Youngkin y Trump no son amigos. Trump no se ha volcado en la campaña de Youngkin y, de hecho, Youngkin ha mantenido a Trump a cierta distancia hasta prácticamente el último momento, cuando, en una llamada telefónica en medio de uno de los mítines de cierre de campaña, Trump se subía al tren y apoyaba sin equívocos al nuevo. Ahora bien, su discurso es muy parecido y su agenda social, casi idéntica.

Lucha contra los consensos

Está claro que, ahora mismo, la estrategia de Trump de cara a 2024 tiene que ser subirse a todos los caballos ganadores. Youngkin es uno de ellos. Ambos comparten una lucha contra determinados consensos que han funcionado en EEUU desde por lo menos los años setenta, tanto con presidentes demócratas como con presidentes republicanos. Sería el equivalente a la lucha contra "la dictadura progre" que tanto se oye en España o, desde el otro extremo del arco parlamentario, la pelea contra "el régimen del 78".

El mensaje que manda la victoria de Youngkin no es sólo que el GOP está de vuelta de cara a 2022 y que los demócratas van a tener que reinventarse con urgencia, sino que no pasa nada por llevar el debate a los límites. Los candidatos más extremos del Partido Republicano tienen un nuevo motivo para mantenerse en ese discurso y ver qué pasa. Lo mismo sucede con los electores, iniciando una deriva que puede ser peligrosa y no sólo en términos raciales o de género. Lo que durante un tiempo había sido prácticamente un cliché -republicanos con pistolas y repitiendo lo mucho que odian todo- ahora se ha convertido en un discurso real y orgulloso. Mucho más con Joe Biden en la Casa Blanca.

O algo cambia radicalmente o en un año, Biden tendrá al Congreso en su contra

En definitiva, aun a falta de algunos resultados definitivos, la tierra ha temblado bajo los pies del Partido Demócrata y habrá que ver cuántos quedan en pie y qué piensan hacer al respecto. Todo el activismo Q-Anon y todo el victimismo respecto al inexistente fraude de noviembre de 2020 podría haber quedado casi enterrado si los republicanos se hubieran dado una torta en estas elecciones. Ha sido todo lo contrario. Es cierto que Youngkin nunca ha defendido la hipótesis del fraude electoral, pero su victoria servirá para elevar los ánimos de candidatos y votantes republicanos en todo el país y de todas las sensibilidades.

O algo cambia radicalmente o en un año, Biden tendrá al Congreso en su contra. Sin la energía que tuvo Obama durante años y con la sensación de que no acaba de cuajar entre el gran electorado, convirtiéndose en algo así como "un presidente por defecto". El que no era Donald Trump, vaya. Si ni eso funciona ahora, los demócratas tendrán que buscar otra manera de conectar con los sectores más progresistas de la sociedad estadounidense. Preguntarse qué manera podría ser esa sería un interesante primer paso de cara a evitar el desastre.