Washington

Este 20 de enero de 2018 se parece bastante al de hace justo un año, salvo por la ausencia del boato ceremonial que se organizó entonces para la toma de posesión del -contra todo pronóstico- XLV presidente norteamericano, el millonario y estrella televisiva Donald Trump. Como aquella mañana, el día volverá a ser frío en una ciudad que, 365 días después, conserva casi intacto su perfil horizontal, salvo por algún que otro nuevo bloque de apartamentos fruto del boom inmobiliario, pues pese a los malos augurios de algunos, la economía no se ha hundido. El tráfico y el metro volverán a ser insufribles, y los turistas tomarán de nuevo el corazón histórico de la capital, ese que va del Capitolio al monumento a Lincoln, pasando por la Casa Blanca. Y aquí, aunque en apariencia todo respira un aire similar, algo ha cambiado, como en el resto del país.

En el interior de la residencia presidencial, Trump posiblemente volverá a cumplir hoy con la rutina habitual de su día a día. Despertará al amanecer, sintonizará las noticias en los televisores que tiene repartidos por las estancias, se disgustará con los titulares de los medios que él califica de “fake news”, lanzará un par de tuits incendiarios contra cualquiera que haya osado toserle y por último se encontrará con el equipo de asesores que hace tiempo tiró la toalla en eso de intentar controlar las redes sociales del comandante en jefe. Hoy, sin embargo, para él será un día especial.

“No creo que ninguna administración haya hecho nunca lo que nosotros hemos logrado en nuestro primer año. 2017 ha sido un año de tremendos y monumentales logros”, decía el magnate a modo de balance a los miembros de su gabinete hace una semana, según publicaban los medios norteamericanos. Y no mentía -del todo-. Pocos, en tan corto periodo de tiempo, han llevado a un país a una transformación tan radical.

Cuesta recordar cómo era la vida antes de Trump. En EEUU la mañana solía comenzar con un café, huevos o tostadas, y las noticias de primera hora en la televisión o la radio de camino del trabajo. En general, todas las cadenas y emisoras arrancaban informando del tiempo, de cómo abría la sesión bursátil en Wall Street, de qué tema enfrentaba ese día a republicanos y demócratas en el Congreso o de alguna cuestión internacional. Ahora, en cambio, rara es la jornada que no empieza sobresaltada por un tuit presidencial o por alguna revelación en la prensa sobre la trama rusa o cualquier salida de tono o polémica surgida del Despacho Oval, una oficina que en un año se ha revelado inagotable, pero agotadora.

Una presidencia disparatada

De hecho, no es fácil seguirle el ritmo a Donald Trump, a pesar de que sus polémicas a veces duran escasamente unas horas antes de ser solapadas por nuevos y disparatados acontecimientos.

Por ejemplo, si un grupo de mujeres le acusa de abusos sexuales, pronto quedará desfasado ante el anuncio de la publicación de un libro que revelará que es adicto a la comida basura y que su matrimonio con Melania es un paripé. Pero no se enganche demasiado a esta historia, que en breve una actriz porno saldrá a la palestra confesando haber recibido pagos para mantener en secreto que se acostó con él, eclipsando todo lo anterior… por unas horas. Informaciones, cabe recordar, que hace un tiempo habrían costado una crisis de opinión pública, si no el puesto, a alguno de sus antecesores.

El presidente, con Ivanka Trump en un acto en Pensilvania

El presidente, con Ivanka Trump en un acto en Pensilvania Reuters

A pesar de la sensación de que el país lleva sumido en esta enloquecida dinámica desde hace una eternidad, hace sólo un año que el magnate juró la Constitución a los pies del Capitolio, ante miles de sus incondicionales, desfilando luego por una Pennsylvania Avenue blindada, mientras las protestas incendiaban literalmente las calles de Washington, dando el pistoletazo de salida a un movimiento de resistencia que aún dura. Desde aquel día, la sociedad norteamericana vive fracturada en dos.

Muchos replicarán que los EEUU llevan décadas divididos entre demócratas y republicanos, entre conservadores y liberales, entre los estados más retrógrados y a veces racistas del sur y el centro, y los más progresistas de ambas costas. Es cierto, pero ni siquiera durante los años de Obama, que crisparon sobremanera a la América rural, blanca y puritana, la tensión alcanzó los niveles de hoy. Y desde luego, no se puede decir que Trump haya hecho algo para remediarlo.

Precisamente por lo difícil de conjugar las dos visiones diametralmente opuestas que existen sobre lo que está pasando, resumir lo ocurrido en los últimos 12 meses resulta una de misión casi imposible, sin mencionar lo complicado de enumerar la ristra de escándalos, controversias y breaking news de la nueva administración.

Para comprobarlo basta con acercarse y preguntar a un estadounidense que resida en Manhattan o Los Ángeles. Sus respuestas nada tendrán que ver con el balance de un granjero de Ohio o un obrero de Alabama. Y aunque la mayoría -según los votos y las encuestas- desaprueba al nuevo presidente, muchos otros -casi un 40% según algunos sondeos- le siguen apoyando y hasta le aplauden.

El ejemplo más reciente de esta visión bipolar está en los exámenes médicos a los que se ha sometido el magnate hace unos días. Si un ciudadano cualquiera conecta con la Fox News, canal afín al republicano, escuchará que Trump ha pasado el test, que está en forma y que incluso podría encarar otro mandato sin problemas. Si por el contrario se elige la CNN, le explicarán con todo detalle que el comandante en jefe tiene sobrepeso, que podría padecer problemas cardíacos y obesidad, y que probablemente mintió a los doctores para superar las pruebas.

De nuevo, esto tampoco es novedad. En los EEUU pre-Trump los medios de comunicación ya dibujaban dos Américas completamente dispares, la que respaldaba a Barack Obama, y otra que lo detestaba hasta el punto de dar pábulo a teorías conspiratorias sobre su supuesto origen africano. Ahora estas dos facciones se han intercambiado los papeles, aunque también se han extremado más, hasta el punto de que en las últimas reuniones familiares por Acción de Gracias bajo esta presidencia, las conversaciones sobre política han quedado vetadas en la mesa. Incluso algunas publicaciones han elaborado guías sobre cómo eludir las discusiones mientras se degusta el pavo.

Pero volvamos a mirar al 20 de enero de hace un año. Aquel viernes todavía se hablaba de la mudanza de los Obama a su nueva mansión en Washington, se especulaba sobre cómo sería la inauguración del nuevo presidente, se debatía sobre cuál sería el papel de Ivanka en el gabinete, las cámaras buscaban con morbo la imagen de la derrotada Hillary Clinton en la ceremonia y nadie, o casi nadie, sabía todavía situar en el mapa a Mar-a-Lago.

La mitad de EEUU aún trataba de asimilar que un personaje como aquel se hubiera hecho con la Casa Blanca, mientras en su discurso inaugural resonaba una y otra vez aquello de America, first un lema al que se ha consagrado la nueva administración estadounidense, con un cambio de rumbo que ha llevado al gobierno a descuidar su papel de primera potencia mundial, cediendo protagonismo a otras potencias como Rusia, a la que ha dejado manejar el final del conflicto de Siria junto a Turquía e Irán.

De la diplomacia a la amenaza

Desde el principio, la vía diplomática de la era Obama fue sustituirla por la estrategia de la advertencia directa. Trump no tardó en poner firmes a los aliados, instándoles a aportar más a la OTAN, a controlar sus flujos migratorios o a renegociar los tratados de comercio internacional que, a su juicio, perjudicaban los intereses norteamericanos. Para las naciones ‘enemigas’, los mensajes eran directamente amenazas, como las dirigidos al líder de Corea del Norte, con el que ha intercambiado insultos e incluso ha competido para ver quién tiene el botón nuclear más grande.

A pesar de las pistas que Trump dio en aquel primer discurso, algunos todavía confiaban en que el poder y el ‘establishment’ acabarían domesticándolo. Pronto se dieron de bruces con la realidad, cuando el magnate dejó claro que no tenía intención de adquirir un tono más presidencial ni de cerrar su cuenta de Twitter, una atalaya desde la que ha vigilado y disparado a todo aquel que se atreviera a contradecirle.

Desde esta plataforma ha acusado a Obama de grabar sus conversaciones ilegalmente, ha amenazado con encarcelar a Hillary Clinton, ha defendido a grupos de extrema derecha supremacista, ha apoyado a un candidato a senador acusado de abusar de menores, ha insultado a la alcaldesa de San Juan por pedir ayuda para reconstruir la isla tras el huracán María, ha atacado a los deportistas por protestar mientras se entona el himno, ha insinuado que el primer edil de Londres era blando con los terroristas, ha arremetido contra republicanos, demócratas, jueces, musulmanes, presentadores, periodistas, el FBI, la CIA… Los ha llamado repugnantes, locos, psicópatas, gordos, inútiles, débiles y mil calificativo más. Con su retórica, ha llegado a inmunizar a una sociedad, antes puritana, que ya casi no se escandaliza de que la primera autoridad del país use este lenguaje grosero.

Trump ha hecho del lenguaje incendiario su sello personal

Trump ha hecho del lenguaje incendiario su sello personal Reuters

Riesgo de guerra

Algunos expertos temen incluso que la imagen de la institución que representa no pueda recuperarse tras el paso de Trump. “Vemos a la Presidencia total y completamente transformada de una manera que no creo que hayamos visto desde antes de la Guerra Civil”, afirma en el New York Times Jeffrey A. Engel, director del Centro de Historia Presidencial en la Universidad Metodista del Sur. “Realmente no puedo pensar en ningún precedente similar”.

Otros, por contra, ven en su estilo la clave de su victoria. “Ha hecho del Despacho Oval y de nuestra cultura política algo más auténtico a lo que estábamos acostumbrados con los políticos”, sostiene en el mismo rotativo Andy Surabian, asesor principal de Great America Alliance, un grupo alineado con el presidente. “Creo que por primera vez tienes a alguien en la Casa Blanca que no parece plástico. Uno escucha todo el tiempo que no es presidencial, pero creo que por eso precisamente ganó”.

El cambio radical de estilo en Washington es innegable. La etapa Obama, en la que por primera un afroamericano llegaba al poder, estuvo marcada por la corrección política. Durante sus ocho años EEUU había legalizado el matrimonio igualitario, extendido la cobertura sanitaria a toda la población, permitido la entrada de transexuales en el Ejército, apostado por las energías renovables y suscrito acuerdos medioambientales internacionales. Ahora, el gobierno está en manos de un deslenguado multimillonario, sin experiencia previa en el servicio público, paradójicamente encumbrado por las clases obreras desencantadas por años de infructuosas políticas laborales demócratas.

Promesas incumplidas

De hecho, la primera orden que firmó a las pocas horas de tomar posesión del cargo iba dirigida a demoler el legado Obama. Sin embargo, ni controlando el gobierno y el Congreso, en manos conservadoras, fue capaz de cumplir la que debía ser su medida inaugural: derogar y reemplazar a Obamacare, que pese a los continuos tijeretazos, sigue en vigor con alguna de las disposiciones más importantes, como la prohibición de discriminar a los asegurados por padecer afecciones preexistentes. Lo que no ha sobrevivido es la obligatoriedad del seguro, por lo que de aquí a 2027 se calcula que 13 millones de personas dejarán de contar con protección sanitaria.

Con la comunidad LGTB, ha tenido gestos desiguales. Así, mientras respetaba la protección legal contra la discriminación en la administración, también daba un fuerte golpe al colectivo transexual, al anunciar vía Twitter, y sin conocimiento previo del Pentágono, que “no aceptará ni permitirá que estas personas sirvan en el ejército”.

Otro golpe de timón lo dio con Cuba, desandando la política de acercamiento iniciada por Obama en sus últimos tres años. Con China, en cambio, pese al tono duro que mantuvo en la campaña, las relaciones han mejorado. El gigante asiático es ahora casi un socio, especialmente en el frente que EEUU tiene abierto con Corea del Norte, cuyas pruebas balísticas y tono belicista ha llevado al Ejército a movilizar su flota del Pacífico y a barajar seriamente un enfrentamiento armado. Quizá uno de los logros de este primer año de Trump sea precisamente ese, que nadie haya pulsado el botón rojo, uno de los temores que afloraron cuando se oficializó la victoria del millonario.

Pero no todos entraron en pánico con la elección del republicano. Numerosos analistas apostaban por que el magnate no cumpliría el primer año en el Despacho Oval y que posiblemente un ‘impeachment’ lo sacaría a patadas de Washington, dejando el poder en manos del vicepresidente Michael Pence, político ultraconservador, pero más predecible. Esta percepción fue creciendo a medida que iban apareciendo informaciones sugiriendo que su equipo electoral había estado confabulado con altos funcionarios del gobierno ruso para influir en los comicios.

'Impeachment' en el horizonte

De momento, y a pesar de que la investigación del Departamento de Justicia va cercando cada vez más al entorno presidencial por los contactos con el Kremlin, el ‘impeachment’ no ha llegado, aunque si algo ha demostrado este primer año es que en cualquier momento una revelación inesperada puede cambiarlo todo.

Trump, en los pasillos de la Casa Blanca

Trump, en los pasillos de la Casa Blanca Reuters

Desde luego, el número de ex leales al presidente dispuestos a cooperar con las autoridades va creciendo, como se ha evidenciado con el general Michael Flynn o el consejero electoral George Papadopoulos, ambos ayudantes ahora de los investigadores del ‘Rusiagate’. Steve Bannon, quien fuera mano derecha del magnate, tampoco le ha guardado especial fidelidad, tras desvelar los secretos de la Casa Blanca en el libro ‘Fire and Fury’, de Michael Wolff, que por cierto retrata a Trump como un presidente inmaduro, adicto al Twitter, a los programas de televisión, obsesionado por lo que se comenta de él y enganchado a la comida basura, entre otras lindezas.

Mientras, las pesquisas siguen, la opinión pública se mantienen vigilante, pese a las dificultades. Un ejemplo es la cadena de radio pública NPR, que sobrevive en parte gracias a las donaciones de los oyentes y que cuenta con un observatorio de seguimiento de las promesas del presidente, donde se puede constatar que en este primer año, algunos de sus compromisos siguen sin cumplirse, como el anuncio de hacer públicas sus declaraciones de impuestos, disolver la fundación de su empresa o donar los gastos que hagan los gobiernos extranjeros en sus hoteles al Tesoro. Otras medidas parecen más encaminadas, como la de cobrar sólo un dólar al año y entregar el resto de su sueldo a servicios públicos, dejar la gestión de sus negocios o vender sus acciones bursátiles.

Salvado por la economía

En lo que a gestión se refiere, el balance es desigual. La primera hazaña legislativa de este año ha sido sacar adelante el proyecto de rebaja tributaria por 1,5 billones de dólares firmado en diciembre. Aunque cuenta con detractores, la gran mayoría de los economistas confirman que habrá más dinero en el bolsillo de los estadounidenses y se reactivará la creación de empleos. La reciente decisión del gigante tecnológico Apple de pagar 31.000 millones en EEUU tras la reforma fiscal supone un espaldarazo para la Casa Blanca.

En el plano medioambiental, hubo sorpresas. La inesperada decisión de sacar a EEUU del Acuerdo Climático de París puso a buena parte de la opinión pública mundial contra el presidente, pese a sus argumentos de que ese pacto suscrito por Obama perjudicaba la economía, especialmente en aquellos estados industriales que llevaban años viendo cómo cerraban sus fábricas y que depositaron su confianza en el republicano.

Y si en algo está cumpliendo su palabra Trump, es en la línea dura que prometió contra la inmigración ilegal. Las deportaciones se han multiplicado, la policía tiene más libertad para expulsar a los indocumentados, se están eliminando gradualmente los programas de protección de grupos nacionales como los salvadoreños, y se ha cancelado la Acción Diferida para los Llegados en la Infancia o programa DACA, por sus siglas en inglés, que evitaba que los irregulares que llegaron de niños al país, los conocidos como ‘dreamers’, fueran devueltos.

Este será uno de los grandes retos de este 2018. Trump ha dejado en manos del Congreso dar una solución en los próximos meses a las más de 750.000 personas acogidas a esta orden de Obama. Además, se anuncian cambios en los criterios de aceptación de nuevos residentes en el país, primando más la cualificación del aspirante que sus lazos familiares. Básicamente, esta nueva política podría resumirse en atraer a EEUU más noruegos y a menos habitantes de “países de mierda”, citando la desafortunada expresión que se le atribuye al presidente.

Por contra, le quedan asignaturas pendientes. Aún no ha podido levantar el muro con México ni deportar a dos millones de indocumentados que prometió, ni tampoco ha podido restringir, como pretendía, la llegada de personas procedentes de zonas de riesgo de terrorismo -países de mayoría musulmana-, ya que los tribunales han ido frenando sus intentos por establecer un veto migratorio.

La batalla de las 'Fake News'

De todas las fijaciones del presidente, su guerra contra los medios de comunicación que no le bailan el agua ha sido la que más tiempo le ha robado. Frente a los “hechos alternativos” que aporta la Casa Blanca, periódicos como el New York Times y el Washington Post o cadenas como la CNN han emergido como auténticas barreras contra las mentiras del equipo de Trump. La reacción del público, en contra de lo que el magnate podía esperar, ha dado esperanzas a una profesión azotada también aquí por los despidos y el cierre de cabeceras.

El diario neoyorquino, que cuenta con seis periodistas y un equipo de investigación cubriendo la Casa Blanca, ha visto cómo el número de abonados se disparaba en el primer trimestre del año en 644.000. Mientras, el Post incrementaba el número de suscriptores en un 75% sólo durante 2016. Y la tendencia al alza sigue, con campañas publicitarias de suscripción, recabando apoyos en la lucha contra los bulos presidenciales.

Mención aparte merece la CNN, blanco de muchos de los ataques del millonario, que se ha convertido en un auténtico ring de combate cada vez que un miembro de confianza de Trump pisa el plató para ser entrevistado.

Por supuesto, no todos comparten esta visión. Las bases ‘trumpistas’ han asumido plenamente el mensaje de su líder y ovacionan cada embestida que éste propina a sus enemigos periodísticos, especialmente cuando pone en evidencia los fallos de los medios -que los hay-, como ha ocurrido esta semana con la concesión simbólica de los Premios ‘Fake News’ por parte del presidente a aquellos periodistas que cometieron errores durante sus cobertura de la actividad presidencial.

En cualquier caso, la prensa, vaca sagrada en EEUU, seguirá vigilando durante los próximos tres años a un Donald Trump que, a su vez, no quitará ojo cada mañana a las portadas del día, consciente de que en cualquier momento puede llegar el golpe de gracia en forma de titular. Entretanto, aún le quedan tres aniversarios más por celebrar, tiempo suficiente para demostrar que los que vaticinaban el fin del mundo con su victoria se equivocaban. En su universo, el objetivo es ganar, como en los reality shows que hace poco protagonizada, y sobre todo dejar patente que nadie como él es capaz de “hacer América grande de nuevo”. Mientras, buena parte del país seguirá aguantando la respiración a la espera del próximo tuit, del próximo escándalo, mirando alrededor sin acabar de comprender que pese a las apariencias, aquí ya nada es igual.

Trump, durante un acto en Pensilvania

Trump, durante un acto en Pensilvania Reuters