Ted Turner, dueño y fundador de CNN, ante las hectáreas de Yellowstone que adquirió como reserva natural.

Ted Turner, dueño y fundador de CNN, ante las hectáreas de Yellowstone que adquirió como reserva natural.

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La obsesión de Ted Turner, dueño de CNN, con el fin del mundo: grabó un programa para emitir en el apocalipsis

La aguda conciencia ecologista del magnate le llevó a preocuparse por el cambio climático décadas antes de que se volviera 'mainstream' y a volcarse en la conservación del bisonte.

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Corresponsal en EEUU
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Las claves

Las claves

Ted Turner, fundador de CNN, tenía una obsesión con el fin del mundo y preparó un video especial para emitirlo en el apocalipsis.

Turner alertó sobre el cambio climático y el colapso global décadas antes de que fuera un tema común en el debate público.

Donó 1.000 millones de dólares a la ONU y promovió iniciativas como los Goodwill Games y la serie Capitán Planeta para fomentar la cooperación y la conciencia ambiental.

Compró grandes extensiones de tierra en EE.UU., reintrodujo bisontes y especies en peligro, y creó un sistema autosostenible que combina conservación, investigación y negocio gastronómico.

Ted Turner llevaba años pensando en el fin del mundo. Mientras levantaba la primera cadena de noticias 24 horas, en su cabeza rondaba otra idea: que aquello no iba a durar.

Que el problema no era cómo contarlo todo, sino cuánto tiempo quedaba para poder hacerlo.

No hablaba de una posibilidad remota sino de una secuencia: más población, más consumo, más presión sobre los recursos. Y, en algún punto, el final.

Lo hacía, además, cuando casi nadie hablaba de eso. A finales de los ochenta y principios de los noventa, el cambio climático apenas ocupaba espacio en el debate público y la idea de un colapso global sonaba más a exageración que a diagnóstico.

En 2008, en una entrevista en Charlie Rose, uno de los programas de conversación más influyentes de la televisión estadounidense, le puso horizonte. Describió un mundo mucho más cálido en pocas décadas, cultivos incapaces de sostenerse y sociedades que dejarían de funcionar.

Decía que para 2048 la mayor parte de la población desaparecería y que los supervivientes vivirían en condiciones extremas, en estados fallidos, donde la supervivencia podría pasar por el canibalismo.

No lo planteaba como advertencia. Lo trataba como una previsión. Y organizó su vida en torno a esa idea.

Preparó incluso el final de su propia cadena. CNN no dejaría de emitir hasta que el mundo se acabara. Y cuando ocurriera, no improvisaría. Emitiría una grabación ya preparada, identificada internamente como Turner Doomsday Video ('Vídeo del Apocalipsis de Turner).

En el vídeo, una banda militar tocaría Nearer, My God, to Thee, el himno asociado al hundimiento del Titanic.

Demasiada gente, demasiado sistema

Su punto de partida no era tecnológico ni económico, sino demográfico. El problema para Turner no era cómo producíamos, sino cuántos éramos. "Somos demasiados", repetía.

Defendía limitar el número de hijos. Uno o dos como máximo. No como una cuestión moral, sino material. Menos población significaba menos demanda. Menos demanda, más margen.

Con el tiempo, esa lógica se volvió más dura.

No actuar frente al cambio climático era “suicida”. Mantener arsenales nucleares, también. Dos riesgos distintos con la misma estructura: sistemas que podrían sostenerse durante décadas sin cuestionarse… hasta que dejasen de hacerlo.

Ese razonamiento lo llevó a la política. Criticó el gasto militar estadounidense —más de 500.000 millones de dólares anuales— y su incapacidad para resolver conflictos como Irak. No veía una contradicción. Veía un desajuste.

La conclusión era simple. Los problemas ya no cabían dentro de un solo país. Por eso, donó 1.000 millones de dólares a Naciones Unidas, la mayor aportación privada de la historia en ese momento.

No financió un programa concreto. Financió la institución. En un territorio donde la ONU suele generar recelo, defendía lo contrario: que sin estructuras globales, problemas como el clima, la población o el riesgo nuclear no tenían solución posible.

No hablaba de mejorar el sistema. Hablaba de reducir su escala —menos población, menos consumo— antes de que dejara de sostenerse.

Un intento de fabricar la paz

Y para eso hacía falta hablar. En plena Guerra Fría, a mediados de los ochenta, cuando Estados Unidos y la Unión Soviética evitaban incluso coincidir en los Juegos Olímpicos, decidió crear otros.

Fueron los Goodwill Games: una competición pensada para reunir a atletas de ambos bloques en un mismo espacio cuando sus gobiernos no estaban dispuestos a hacerlo.

El proyecto nunca funcionó como negocio. Perdió dinero desde el principio y lo siguió perdiendo durante años, pero Turner lo mantuvo igualmente. Su lógica era distinta: si los gobiernos no se encontraban, alguien tenía que construir el lugar donde ese contacto fuera posible.

No era diplomacia oficial, pero tampoco era solo deporte. Era una estructura paralela, financiada por un empresario que asumía que el aislamiento aumentaba el riesgo. Esa misma lógica no se quedó ahí.

A finales de los ochenta impulsó Capitán Planeta, una serie de animación distribuida a escala global que introducía conceptos como el cambio climático o la contaminación a un público infantil en un momento en el que apenas formaban parte del discurso público.

No era entretenimiento neutro, sino una forma de intervenir antes de que las decisiones estuvieran tomadas. Y en los 2000 trasladó ese mismo planteamiento al ámbito nuclear.

Se implicó en iniciativas de desarme con una idea clara: no había que gestionar el riesgo, había que eliminarlo. Para Turner, acumular capacidad de destrucción no era equilibrio, sino una anomalía que el sistema había terminado por normalizar.

No hablaba en términos estratégicos, sino en términos de riesgo. Y, mientras el problema era global, decidió empezar por un lugar concreto: el interior de Estados Unidos.

El experimento con tierra y bisontes

Allí compró tierra. Más de 800.000 hectáreas repartidas por Montana, Nebraska y otros estados, en zonas degradadas que habían dejado de ser productivas.

Suelos sobrepastoreados, sin vegetación... En uno de sus primeros ranchos, la tierra estaba tan compacta que no era capaz de absorber agua. Pagó millones por ese terreno, a pesar de las advertencias de sus asesores y del escepticismo de los ganaderos de la zona, que lo tomaron como una excentricidad.

En lugar de introducir ganado, introdujo bisontes. Hoy son más de 50.000, el mayor rebaño privado del mundo. A diferencia del ganado, el bisonte se desplaza, rompe el suelo con las pezuñas y permite que el agua penetre, de modo que su forma de pastar favorece la regeneración del terreno en lugar de agotarlo.

En pocos años, zonas que habían sido áridas empezaron a recuperar vegetación.

El modelo no se limitaba a los animales. Turner incorporó investigación científica al funcionamiento de sus ranchos —seguimiento de manadas mediante GPS, estaciones meteorológicas y monitorización continua del suelo y la vegetación— con un objetivo doble: mantener el ecosistema y entender cómo se regeneraba.

Ese mismo enfoque incluía a los depredadores. Pumas, coyotes y osos forman parte del sistema y su presencia regula las poblaciones, restableciendo dinámicas que habían desaparecido con la ganadería intensiva.

También incorporó programas de recuperación de especies. El lobo mexicano, reducido a unas pocas decenas de ejemplares, y la tortuga del desierto, con poblaciones en declive, encontraron en esos terrenos espacios de cría y reintroducción.

Pero nada de eso podía sostenerse sin dinero. Turner decidió que el sistema tenía que ser viable por sí mismo y creó una cadena de restaurantes —Ted’s Montana Grill— en la que el bisonte se convirtió en el centro del menú.

No era solo una apuesta gastronómica, sino una forma de generar demanda para una carne que casi no tenía mercado. El modelo se cerraba sobre sí mismo: los animales que pastaban en sus ranchos alimentaban ese negocio y ese negocio, a su vez, hacía viable mantener y ampliar los ranchos.

Comer bisonte no era una contradicción, sino parte del funcionamiento. Turner pasó décadas intentando evitar el fin del mundo. Y, al mismo tiempo, dejó preparado cómo iba a contarse.