Una visitante observando un cuadro de Frida.

Una visitante observando un cuadro de Frida. Cedida

Estilo de vida

Frida Kahlo y Leonora Carrington, en el nuevo templo del arte en Santander: dos iconos y siglos de historia

El antiguo edificio del Banco Santander reúne dos de las colecciones privadas de arte más codiciadas del mundo.

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Santander estrena un lugar nuevo sin necesidad de construirlo desde cero. El antiguo Edificio Pereda, la histórica sede de Banco Santander frente a la bahía, abre de nuevo sus puertas convertido en Faro Santander.

Se trata de un centro cultural que llega con una ambición considerable: reunir en sus salas a Velázquez, Goya, Tiziano, Frida Kahlo, Diego Rivera y Leonora Carrington, entre otros nombres mayores de la historia del arte, y hacerlo además bajo el techo de uno de los edificios más reconocibles de la ciudad. No es poca cosa.

Durante décadas, por estos pasillos circularon banqueros, empleados y clientes. Ahora circularán visitantes, artistas, familias y espectadores. Donde antes se hablaba de dinero, se hablará de arte; donde hubo despachos habrá exposiciones; y donde Santander guardó durante buena parte del siglo XX una parte de su historia económica se abre ahora un proyecto que quiere contribuir a escribir la historia cultural.

El antiguo edificio del Banco Santander se transforma, de la mano del arquitecto David Chipperfield, para acoger este centro cultural.

El antiguo edificio del Banco Santander se transforma, de la mano del arquitecto David Chipperfield, para acoger este centro cultural. Cedida

Faro Santander inaugura su primera temporada con tres exposiciones que funcionan casi como una declaración de intenciones. Obras Maestras de la Colección Banco Santander propone un recorrido por cinco siglos de arte, desde el Renacimiento hasta la creación contemporánea, con piezas de Tiziano, El Greco, Rubens, Velázquez, Goya, Tàpies, Soledad Sevilla o Juan Uslé.

A su lado, México Moderno en la Colección Gelman Santander reúne a algunos de los grandes nombres de la modernidad mexicana: Frida Kahlo, Diego Rivera, Rufino Tamayo, Orozco o Siqueiros. Y El surrealismo sintomático: Leonora Carrington recupera la obra y la particular biografía de una artista que, precisamente, tuvo en la ciudad cántabra uno de los episodios más difíciles de su vida.

La elección no parece casual. Faro quiere abrirse al mundo sin dejar de mirar el lugar en la que está. Arte europeo, modernidad mexicana y surrealismo conviven así con un programa que incorpora cine, música, conversaciones, performances, tecnología y actividades familiares. También habrá espacio para la creación local y para proyectos desarrollados junto a los agentes culturales del territorio.

El proyecto, impulsado por la Fundación Banco Santander, ha encargado el diseño del espacio al británico David Chipperfield, Premio Pritzker 2023 y uno de los nombres más respetados de la arquitectura museística contemporánea (suyo es, entre otros, el Neues Museum de Berlín).

El resultado pretende que la arquitectura no compita con las obras, sino que las acompañe y, de paso, consiga algo bastante más difícil: que un edificio histórico vuelva a formar parte de la vida cotidiana de la ciudad.

Un tesoro bancario

La joya de la corona en la planta cuarta será la Colección Banco Santander, un patrimonio reunido a lo largo de más de un siglo y medio de historia institucional y que hasta ahora había permanecido, en gran parte, fuera del alcance del gran público.

La muestra inaugural, comisariada por la historiadora del arte María Dolores Jiménez-Blanco, propone un recorrido de casi cinco siglos: arranca con una tabla del siglo XVI de Lucas Cranach el Viejo y llega hasta una pieza de 2018 de Juan Uslé.

Entre esos dos extremos cronológicos desfilan nombres que suenan a manual de historia del arte, Tiziano, El Greco, Rubens, Velázquez, Goya, junto a figuras de la vanguardia y la contemporaneidad española, como Tàpies, Chillida, Miró o Soledad Sevilla.

Vista de la exposición Colección Gelman en Faro Santander.

Vista de la exposición Colección Gelman en Faro Santander. Belén de Benito

Un viaje que comienza en el Renacimiento y termina en nuestro presente. Las obras se organizan en torno a asuntos que siguen siendo reconocibles aunque hayan pasado cientos de años: la religión, el paisaje, los objetos cotidianos, el retrato, el cuerpo, la identidad.

Lo interesante, más allá de los nombres propios, es la intención declarada del proyecto: no tratar la colección como un almacén de firmas ilustres, sino como un relato vivo que se irá renovando con el tiempo.

El México privado

Si la colección bancaria representa la tradición europea, la segunda gran exposición inaugural mira hacia el país azteca. México Moderno en la Colección Gelman Santander, comisariada por Marisol Argüelles, directora del Museo de Arte Moderno de México, reúne cerca de un centenar de piezas reunidas por el matrimonio de Jacques y Natasha Gelman entre los años 40 y finales de los 90.

La historia detrás de esa colección merece un artículo aparte. Jacques Gelman, judío ruso que había huido de la Alemania nazi, se instaló en México y encontró su fortuna gracias a un golpe de intuición.

Una noche, en un teatro de la plaza Garibaldi, descubrió a un cómico, Mario Moreno, más conocido como Cantinflas. Gelman lo convirtió en estrella de cine y fundó junto a él la productora Posa Films. Con las ganancias empezó a comprar arte casi de forma compulsiva.

Su gran obsesión: inmortalizar a su propia esposa. Encargó retratos de Natasha a los artistas más importantes, entre ellos Diego Rivera.

Aquí las obras tienen biografía. No son solamente cuadros de alguien que compró y almacenó. Muchas nacieron de relaciones personales, encargos, amistades y encuentros.

El cuadro de Frida Khalo, 'Diego en mi pensamiento'.

El cuadro de Frida Khalo, 'Diego en mi pensamiento'. Belén de Benito

Frida en escena

Entre todas esas piezas están también los célebres autorretratos de Frida Kahlo, que entonces era 'poco más' que la esposa de Rivera y a la que los Gelman se anticiparon décadas antes de que el mundo la elevara a categoría de mito. La colección conserva hasta 18 obras de la pintora mexicana.

En la exposición, ella no aparece aislada. Está rodeada de Diego, Tamayo, Siqueiros, María Izquierdo y otros artistas que construyeron la identidad de un país. Eso permite recuperar algo que la imagen pop de la artista ha tendido a borrar: que detrás de la mujer convertida en icono había una artista profundamente conectada con un movimiento cultural, político y estético mucho más amplio.

El misterio Carrington

Si hay una exposición que va a generar más conversación, y probablemente más 'incomodidad', es El surrealismo sistemático: Leonora Carrington. Y no solo por la calidad artística de la pintora británico-mexicana sino por lo que su regreso a Santander significa para la propia ciudad.

Británica por nacimiento, mexicana por elección y surrealista por afinidad, la artista pasó por la ciudad en uno de los episodios más traumáticos de su vida. En 1940, huyendo del avance nazi en Francia tras la detención de su pareja, el también artista Max Ernst, Carrington sufrió una crisis mental en Madrid que su propia familia interpretó como locura.

Fue entonces cuando su padre ordenó su internamiento en el sanatorio del doctor Luis Morales, en Santander.

Carrington relató después, en su libro Memorias de abajo, los meses de encierro, las correas, la desnudez forzada y las dosis de cardiazol, un fármaco usado en la época para inducir convulsiones.

Leonora Carrington, Down Below, 1940. Private Collection, Mia Kim.

Leonora Carrington, Down Below, 1940. Private Collection, Mia Kim. Courtesy of Gallery Wendi Norris, San Francisco © 2026 Estate of Leonora Carrington, ARS, NY and DACS, London.png

Ese sanatorio se encontraba en lo que hoy es un parque público que los santanderinos conocen como el Parque de la Vaca, aunque su nombre oficial sigue siendo, con cierta ironía histórica, Parque del Doctor Morales: el médico que la trató conserva el reconocimiento, mientras que ella sólo cuenta con una placa conmemorativa instalada hace un par de años.

La experiencia dejó una huella en su trayectoria y aparece como una de las claves para entender el proyecto que Faro dedica ahora a su figura. Habrá un paseo sonoro por el parque; una pieza teatral sobre su internamiento y una jornada inmersiva que reunirá voces académicas y artísticas.

Más que exposiciones

El centro parece no limitarse a ser un contenedor de tres muestras inaugurales. Contará con espacios pensados para proyectos colaborativos con el tejido cultural cántabro, una zona de experimentación dirigida al público familiar, instalaciones que cruzan arte y tecnología y una terraza gastronómica con vistas panorámicas a la bahía, una especie de último cuadro después de las exposiciones: el paisaje real de Santander.

Todo ello, según ha señalado su director, Daniel Vega Pérez de Arlucea, con la voluntad de convertir el edificio en un punto de encuentro. Una forma de romper con esa vieja idea del museo como templo donde hay que bajar la voz. Faro quiere ser otra cosa. Quiere conversación, movimiento, familias, artistas. Y también quiere territorio.

Después de atravesar cinco siglos de arte europeo, entrar en el México de los Gelman y perderse en los mundos de Carrington, el visitante vuelve al presente y encuentra la bahía delante. Ahí se entiende mejor el nombre.

Y es que este edificio ya tiene memoria. Antes de ser una de las sedes emblemáticas del banco, fue hotel y club de regatas y, desde comienzos del siglo XX, formó parte de la historia de la entidad financiera. Ahora empieza su tercera vida. Quizá por eso el nombre resulte apropiado. Un faro no es un destino. Es una señal.